Esas tropelías de las que usted me habla
Cuenta Lorenzo Silva que una vez le preguntaron a Franco por la muerte del general Campins en los comienzos de la Guerra Civil española y él respondió tan panchamente: “Lo fusilaron los nacionales”. Como si aquella atrocidad no tuviera nada que ver con él, como si él no hubiera tardado demasiado en imponerse como el caudillo, el generalísimo, el jefe indiscutible de los llamados “nacionales”.
Durante esta Semana Santa, he leído Con nadie, la excelente biografía de Lorenzo Silva del general Campins, un militar africanista que tuvo la mala suerte de encontrarse al frente del Ejército de la ciudad de Granada en julio de 1936 y que arrastró los pies a la hora de sumarse al golpe de Estado que Franco ya encabezaba en el protectorado español en Marruecos, Queipo de Llano en Andalucía y Mola en Navarra. Nadie le había informado de la conjura y su primer impulso fue legalista: obedecer al Gobierno del Frente Popular salido de las urnas. Queipo se lo haría pagar sin tardanza: ordenó a los golpistas granadinos que lo detuvieran, lo trasladó a Sevilla y lo fusiló en las tapias de la Macarena.
Recoge Lorenzo Silva en su libro las gestiones que hizo Franco para intentar detener el impulso homicida de Queipo: al fin y al cabo, Campins había sido su compañero de armas en las campañas marroquíes y luego su adjunto en la dirección de la Academia Militar de Zaragoza. Pero no son estas peticiones de clemencia, más bien tímidas, lo que llama la atención en el comportamiento de Franco en el caso Campins, lo auténticamente revelador es la cínica frialdad con la que se auto absolvió de aquel crimen. A Campins lo fusilaron “los nacionales”, una abstracta tercera persona tercera ajena por completo a él.
Nueve décadas después, encuentro ecos de esa amoralidad en la vida política de la España contemporánea. Por ejemplo, en la desfachatez con la que el PP de Feijóo proclama que no tiene nada que ver con el PP de M. Rajoy que, primero, protagonizó una corrupción sistemática y, luego, utilizó al mismísimo Ministerio del Interior para obstaculizar la investigación de sus escándalos y arrojar basura sobre sus adversarios políticos. Es ese mismo PP actual que pretende que el hecho de que Aznar incorporara a España a la guerra contra Irak de George W. Bush es un asunto muy viejo y para nada comparable a la agresión a Irán de ahora.
No son asuntos tan viejos, son contemporáneos, la gran mayoría de los españoles los hemos vivido. Y, sin embargo, yo veo a los señores Aznar y Rajoy en los cónclaves del PP organizados por Feijóo y contemplo con asombro cómo la militancia conservadora los aplaude con fervor. Esos señores siguen siendo santones oficiales de las derechas españolistas. Y aún estoy esperando declaraciones públicas del PP reprobando las conductas de los suyos en Irak, la Gürtel, la Kitchen y demás sucios mangoneos de ego, poder y dinero.
Que quede claro: yo no responsabilizo a nadie de los pecados de sus padres y sus abuelos, de las tropelías de sus amigos y conocidos. Pero, cuando esos pecados y esas tropelías son evidentes, y la judicial no es la única evidencia posible en un mundo mínimamente moral, sí espero de aquellos próximos a sus autores una rotunda condena de los hechos y el alejamiento de los podridos.
¿Lo que estás diciendo, Javier, vale solo para las derechas? No, en absoluto. A los progresistas que nunca hemos babeado ante Felipe González, y hay cientos de miles, por no decir dos o tres millones en esta España de 2026, no nos asombra la deriva derechista del personaje porque jamás hemos olvidado que su presidencia bendijo el enriquecimiento fácil, y su corolario, la corrupción, y la guerra sucia contra ETA de los GAL. Jamás lo tuvimos por trigo limpio.
Pero existe una diferencia entre las derechas y las izquierdas ante los asuntos manifiestamente apestosos: las primeras tienen a obviar y hasta exculpar los desafueros contra las arcas públicas y las leyes de los suyos; las segundas suelen hacérselos pagar en las urnas con la abstención o el voto a terceros. El periodista Marhuenda llama despectivamente a eso “la superioridad moral de la izquierda”. Pues sí, y que los dioses nos la conserven.
Veo difícil que los progresistas a uno y otro lado del Atlántico aceptaran con naturalidad lo que aceptan tantos conservadores estadounidenses: que un tipo como Trump se jacte de que él podría disparar a la gente en la Quinta Avenida y los suyos seguirían votándole. Trump llamó a eso lealtad, yo lo llamaría fanatismo. Pero, en fin, para volver al núcleo de esta reflexión: no descarto que algún día, cuando Trump esté totalmente acabado, el Partido Republicano de Estados Unidos se refiera a él como “ese señor del que usted me habla”.
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