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Opinión - Cómo estar en política sin estar. Por Esther Palomera

¿Quiénes son los verdaderos antisistema?

Rosa Paz

La Real Academia Española (RAE), que no suele ser muy ágil en la aceptación de términos nuevos, ha incluido en la vigésimo tercera edición del Diccionario la palabra antisistema. No es una muestra de diligencia, porque llevamos toda la vida utilizando ese vocablo no reconocido oficialmente, pero a lo mejor los señores académicos han querido demostrar que no son ajenos a la que está cayendo. Antisistema, según recoge ahora el Diccionario de la RAE, significa “contrario al sistema social o político establecidos”. Breve y sencillo, pero quizás insuficiente. Porque habría que preguntarse si no debiera incluir una segunda acepción: “Los que se aprovechan del sistema para su beneficio personal”. Porque, ¿quiénes son los verdaderos antisistema? ¿Lo son únicamente los que quieren acabar con el sistema democrático por la vía violenta o incendiaria, o lo son también aquellas personas que, aparentando defenderlo, lo exprimen hasta dejarlo extenuado, infringen las normas que están obligadas a cumplir y a preservar y no respetan a los ciudadanos, de quienes se burlan, tanto en su faceta de contribuyentes como en la de votantes?

Afirmar que los que así se comportan son una minoría de los representantes públicos puede interpretarse como una ingenuidad cuando no como una ofensa. Pero todavía parece ser la verdad, aunque sea difícil de creer cuando han estallado escándalos como el de las tarjetas opacas de Caja Madrid, con las que se han comprado las voluntades y tapado las bocas de consejeros de todos los partidos, de los sindicatos y de la patronal, que estaban en ese consejo de administración para velar por el interés general. Algo que, por lo que se está viendo, olvidaron en cuanto les dieron la oportunidad de utilizar con impudicia un pedazo de plástico que ocultaba a ojos de todo el mundo –salvo de quien se las daba– sus pequeñas y grandes tentaciones. No son muchos, son 82, pero por su actuación parece que la corrupción sea general.

Es evidente que llueve sobre mojado, que en los juzgados se están instruyendo casos gravísimos de corrupción como la Gürtel, Bárcenas, los ERE, los Pujol o Urdangarin, que han irritado a la ciudadanía, aunque no tanto como ha cabreado descubrir en qué y cómo se gastaron ocho decenas de elegidos a dedo los sobresueldos en negro que les llegaron vía tarjeta black, con qué insensibilidad y con qué ceguera lo hicieron respecto a lo que ocurría a su alrededor. La estafa de las preferentes, por ejemplo, que se perpetró mientras ellos estaban deslumbrados por todo el dinero gratis total que se podían gastar.

Pero hay más actitudes antisistema además de las que tienen que ver con el aprovechamiento de lo público para beneficio personal. También provocan rechazo al sistema –al sistema desnaturalizado– los representantes públicos que, incapaces de asumir sus responsabilidades, les echan la culpa de sus errores a los más débiles o directamente a las víctimas. Es el caso del consejero de Sanidad de Madrid, Javier Rodríguez, que, todo hay que decirlo, ha pedido perdón por escrito al marido de Teresa Romero por haber acusado a la auxiliar de enfermería, contagiada de ébola, de mentir sobre su estado de salud. Pero que ahí sigue, sin dimitir o sin ser destituido por su impresentable comportamiento.

Entre las obligaciones de los políticos, los sindicalistas e incluso de los representantes de los empresarios está ser respetuosos con quienes representan y ejemplares en su proceder. No parece que los casos citados sean un modelo de ejemplaridad, más bien todo lo contrario, pura actitud antisistema.

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