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Bienvenidos a la muerte de la era de la razón
“Welcome to the death of the age of reason.” — House of Cards
Hay frases de ficción que describen una época mejor que muchos editoriales. Esa línea no habla de un futuro distópico, sino del presente que ya habitamos: un mundo donde la verificación, la prueba y la responsabilidad han dejado de ser los criterios que deciden quién tiene razón.
La era de la razón —heredera de la Ilustración— se basaba en una idea sencilla: el poder debía justificarse mediante hechos, leyes y responsabilidad pública. Los gobiernos podían equivocarse, pero tenían que explicar; los medios podían errar, pero debían corregir; las instituciones podían ser imperfectas, pero estaban obligadas a rendir cuentas. Ese pacto se ha roto.
Hoy, una pequeña élite económica concentra un poder material superior al de muchos Estados. No se trata solo de riqueza, sino de capacidad estructural: control de plataformas digitales, influencia directa sobre legisladores mediante financiación política, captura regulatoria y dominio de los grandes conglomerados mediáticos. Cuando unos pocos actores privados pueden decidir qué se ve, qué se financia y qué se silencia, la deliberación pública deja de ser soberana. La razón ya no controla al poder: el poder decide qué cuenta como razón.
Esto es visible también en la política internacional. El llamado “orden basado en reglas” ya no funciona como un sistema jurídico común, sino como un régimen de excepción selectivo. Gobiernos occidentales han impuesto sanciones personales, congelaciones de activos y prohibiciones de viaje a individuos sin condena judicial ni proceso contradictorio. Jueces internacionales, periodistas, académicos y analistas han sido incluidos en listas negras administrativas por motivos políticos. El debido proceso deja de ser un límite y pasa a ser un estorbo.
El mismo mecanismo domina el espacio mediático. En los grandes conflictos geopolíticos no se debaten hechos, sino lealtades. No se evalúan pruebas, sino alineamientos. Economistas y analistas que durante décadas han sido habituales en los grandes medios —como Prof. Jeffrey Sachs o Prof. John Mearsheimer — desaparecen del espacio público cuando sus diagnósticos dejan de coincidir con la narrativa oficial. La información deja de corregir al poder: pasa a servirlo y a excluir la disidencia.
No estamos ante una simple crisis de desinformación. Estamos ante una mutación del sistema de legitimidad. Hemos entrado en una era post-racional, donde la autoridad ya no se gana demostrando, sino imponiendo un relato y donde quien disiente es tratado como una anomalía.
La frase de House of Cards era una advertencia. Recuperar la razón no es una cuestión ideológica, sino una condición mínima para que la democracia siga existiendo.
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