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Coronavirus: Hay otra respuesta a la brujería que la de La Santa Inquisición

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Escribo las presentes palabras porque no puedo seguir escuchando a mi gente sufrir el confinamiento de esta manera. Yo, por fortuna, no sé lo que es estar más de un mes encerrado en una casa. Yo emigré a Austria en 2008. Aquí todo se vive de manera bien distinta.

En Salzburgo el confinamiento está siendo mucho menos riguroso que en las zonas más afectadas de la propia Austria (Tirol se cerró completamente desde el primer momento y, poco después, la región de esquí de Pongau y Pinzgau, donde vinieron a parar muchos aficionados cuando encontraron cerradas las estaciones de Italia). En Salzburgo la gente está de manera permanente en la calle disfrutando la anticipada primavera. Si bien es cierto que en las primeras semanas se practicaba mayormente el paseo corto y en solitario (o junto a las personas con las que vives); cada vez más se ven pequeños grupos de afinidades cercanas que se disponen a pasar toda la tarde (o todo el día) juntos pero sin tocarse en algún lugar agradable.

Y aun así los índices de nuevos contagios no paran de descender. ¿Cómo es posible? No lo sé. Tengo mis teorías y observaciones, pero no las lanzaría abiertamente y sin haberlas contrastado; lo que a su vez me distraería de lo que ahora me ocupa.

Baste por decir que sí me atrevo a afirmar rotundamente que el SARS-CoV-2 no es una especie de bicho que se encuentra agazapado en cualquier esquina esperando a su presa, un descerebrado transeúnte, para asaltarle y morderle el alma.

Cuando hablo de esto con mis allegados me contestan algo así como “que esto es España, que si rebajas la guardia tienes una fiesta montada en cada esquina”. Tiendo a aceptar este pesimismo sobre mis compatriotas, pero es aquí dónde me pregunto ¿dónde está la capacidad cívica de las comunidades de vecinos y otros agentes sociales que siempre están ahí? De nuevo escucho el sarcasmo de mis contertulios, “está en la policía de balcón y en esa chusma que deja anónimos”.

Lo admito, cuando me enteré de esto lo primero que sentí fue un retortijón que me provocó una alucinación aterradora a la par que clarividente; manadas de dedos acusadores y a un público celebrando con júbilo la quema de una nueva bruja. Pasadas las primeras nauseas es cuando me digo, ¿no será este el momento de darnos una lección antes de que sea demasiado tarde? ¿No son estas manifestaciones un síntoma de todos los males que la cuarentena nos está por traer por sí misma?

La cuarentena también es mórbida. Quizás no sature UCIs pero todo apunta a que va a dejar una gran mella en la sociedad. A nivel psicológico y físico. Algún estudio hay. ¿No es esta una razón suficiente para ponerse manos a la obra y encontrar la fórmula de hacer ésta menos estricta allí donde fuera posible?

A mi juicio, la rigidez y multas de las primeras semanas estaban entonces más que justificadas con los datos que se tenía. Tocaba darse cuenta de que esta vez sí iba en serio. Pone a la sociedad en su sitio y le hace tomarse el mensaje en serio. Pero, pasados ya más de 20 días sin sintomatología junto a medidas profilácticas, ¿no es tal vez ya momento de depositar en los ciudadanos un poco de confianza?

La confianza no se regala, y menos en situaciones críticas. De esto no me cabe la menor duda. La confianza se construye. Salir sólo en bici, a correr o a dar un paseo guardando las distancias no son motivo de contagio. El problema es coordinarlo para evitar abarrotamientos. Y aquí es donde está la posible lección que antes apuntaba. ¿No sería posible que los distintos agentes sociales de una comunidad se coordinen para, siguiendo unas pautas generales elaboradas por expertos, planteen escenarios de salidas a la calle por esa necesidad tan fundamental del ser humano como animal que es el aire fresco y el Sol de primavera? Me refiero a salidas a parques en horarios organizados por zonas o bloques de vivienda. Me refiero a zonas donde poder correr o ir en bici. Me refiero a planes que tienen en cuenta la realidad de cada zona y que vuelven a ser revisados antes de su aprobación. Me refiero a usar las fuerzas de seguridad y otros agentes sociales para ayudarnos a entender los riesgos y a protegernos mejor colaborando en vez de multando. No toda España es la Gran Vía de Madrid. ¿Es arriesgado? Sí, pero también es aquí donde tenemos mucho que ganar como sociedad. Estamos ante una oportunidad de articular nuestro civismo en vez de lamentarlo.

Otro confinamiento es posible.

¡Salud y ánimo!

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