Indefensión y miedo
Día 24. No sé por qué mierda lloro. Por el confinamiento, por el enfado con mi hijo, por el aburrimiento o por todas estas mierdas juntas. Porque hoy este virus me está tocando mucho los ovarios y, entre el hastío y la pena, no encuentro fuerzas para ser optimista. Nunca existió un guion capaz de crear una situación tan retorcida como ésta. Describieron pandemias en el cine y en la literatura, pero en ellas se sabía contra lo que se luchaba y, para empezar, había síntomas. Hoy, como en nuestra peor pesadilla, este puto virus contagia sin saber ni dónde ni cómo. Puede llegarte a través de la mano de un niño asintomático o del pomo de tu puerta de casa, ese que ha tocado alguien que convive contigo y no imaginas que lo tiene. Esto nos bloquea. Martin Seligman lo explicó en 1967, cuando observó que la única salida de los perros torturados con descargas aleatorias era quedarse inmóviles, como muertos. Hicieran lo que hicieran, no las paraban. Es la “indefensión aprendida” y nos pasa cuando tenemos la sensación de no poder hacer nada para cambiar algo aversivo. Aunque evitemos alguna circunstancia desagradable e incluso consigamos recompensas positivas, la situación no cambiará lo suficiente como para escapar. Eso es exactamente lo que sentimos ahora, mucha indefensión. Viene acompañada de otra enemiga terrible, la incertidumbre, y de su colega inseparable, el caos. Solo logramos evadirnos de ella cuando no pensamos y nos dejamos llevar por los chistes en las redes, que nos aportan sentido del humor y nos provocan la risa, tan necesaria. También cuando nos zambullimos en esos aplausos diarios para los héroes y heroínas sanitarios. Sirven para sentir que estamos haciendo algo útil. Realizamos tareas domésticas para las que ahora que sí tenemos tiempo, el que no teníamos en la vida rápida de antes, como cocinar y limpiar. Ahora podemos hacerlas con la calma necesaria, cuando nos apetece. Pero disfrutar se convierte en una maldita obligación que señalamos con una alarma y eso ya no mola porque no es algo espontáneo, libre. Este virus nos ha robado nuestra forma de vida inflada e hinchada, llena de vanidades. Nos ha mostrado nuestra vulnerabilidad y nos ha inoculado grandes dosis de humildad a través de un atacante invisible, diminuto y cabrón. Nos está enseñando a base de silencio y terror, que no somos más que biología y que la naturaleza no nos ha perdonado los siglos de porquería que le hemos derramado encima. No podemos hacer nada para vencerlo, porque ni siquiera la ansiada vacuna curará esta herida. El cambio será tan brutal que pensar que esto pasará y la humanidad volverá a ser la misma es un truco de nuestra mente para no caer en la locura. Este virus tiene cuerda para rato, al menos para un año y medio más, pero eso no es todo.
Luego viene algo peor que la indefensión, el miedo. En la indefensión, nos paramos y no hacemos nada, pero con el miedo nos agitamos y destruimos. A menudo, también matamos. Las personas con miedo hacen mucho daño. El miedo hará que los gobiernos antes democráticos terminen siendo autoritarios. Por evitar las revueltas por la escasez de enseres básicos, pueden llegar a acabar con las libertades. Imagino que, para evitar que el virus vuelva, organizarán una vacunación masiva de la gente asintomática durante la cuarentena. Antes, habrá una prueba que demuestre si tienes anticuerpos del virus. Si los tienes, ya estarás inmunizado y si no, vacuna. Incluso con estas medidas, nada nos garantizará que el virus no vuelva. Habrá personas sin vacunar, otras que mientan, el test podría ser defectuoso y, con toda probabilidad, no llegará a todas las personas. Es entonces cuando levantaremos el telón del segundo acto y llegará al globo la siguiente parte de esta distopía real que acabará con el modelo capitalista insostenible y suicida que abrazábamos. Desde que el ser humano empezó a recorrer su loca carrera hacia la tecnología y dejó atrás su naturaleza finita, animal, para convertirse en lo más parecido a un ente virtual que no conocía límites, no hemos sabido parar. El progreso llegó para transportarnos de un lugar a otro, para ver lo lejano, interactuar en las distancias y crear máquinas increíbles. Pero no vimos lo inmediato, lo cercano, lo emocional, la inmensidad de nuestra naturaleza humana. Esa carrera nunca terminaba de satisfacernos ni siquiera con las hazañas que lográbamos. En este segundo acto, desconfiaremos todas y todos de las otras y de los otros. Los modelos de trabajo habrán cambiado tanto en dos años que quien más y quien menos andará luchando por poder comer, por sacar beneficios y por salir delante de forma más o menos similar a la de antes del virus. Esa desconfianza se trasladará a las ideologías, que comenzarán a alimentar políticas peligrosas, que serán cada vez más odiosas y odiadas, con gestores mediocres de algo que, sinceramente, no se podrá gestionar ni bien, ni mal, sólo de forma regular, y a ratos. La geopolítica cederá ante las presiones de las millonarias fortunas que habrán visto desplomarse el mundo que habían creado y que verán peligrar su hegemonía dentro del fenómeno de la globalización. Será entonces cuando nuestro miedo, el de la gente, el de nosotras y de nosotros, dejará de ser importante y el que importará será el miedo de esa minoría que maneja nuestras vidas desde sus poltronas de poder forradas con incontables millones de dinero. Cuando ellas y ellos tengan miedo, ese miedo será el que nos ha de preocupar, porque nos puede matar. Ya no importará el virus, ni la indefensión, ni nuestros propios temores, sino el pavor de las élites al ver cómo se derrumba el mundo que crearon. Luego, lo desconocido. Si cae Internet, caen nuestras esperanzas. Si cae la comida, cae la paz social. Si caen las fronteras, se rompe nuestro espejismo de estabilidad y civilización. Si es con una guerra, las armas se usarán contra lo que sea, dará igual. Será una horrenda y estremecedora guerra de tipo desconocido, haya caído el poder en las manos de quien haya caído. No es nada nuevo, la guerra, pero esta vez lo novedoso será el por qué lucharán, ya que no será por territorios o ganancias, por seguir estando, por estar más o por las ansias de poder. Esta vez se luchará por la posibilidad de la humanidad de desaparecer por completo de la faz de la tierra. Ya no habrá certezas y reinará un caos desconocido.
Corríamos tanto hacia la perfección, que ni siquiera nos dio tiempo a alcanzar esa singularidad tecnológica que quizá también nos hubiera matado, pero más lentamente. Hoy tal vez suene excesivamente melodramático y pesimista lo que escribo, pero, créanme, estamos comprobando en nuestras carnes que la realidad siempre supera cualquier futuro imaginado.
Si hemos empezado a convivir con muertos y a ver cadáveres de forma habitual, cambiaremos del todo y para siempre. Y, después del horror, nos sentaremos a esperar indefensos a que llegue el miedo y sucedan todas estas barbaridades que hoy se me han pasado por la cabeza.
Sobre este blog
En este blog publicamos los artículos y cartas más interesantes y relevantes que nos envíen nuestros socios. Si eres socio/a puedes enviar tu opinión desde aquí. Consulta nuestras normas y recomendaciones para participar.
0