Lamento el fallecimiento de Fátima Báñez, pero no participo en el duelo parasocial
La tradición de no hablar mal de los muertos se popularizó con la fórmula latina “De mortuis nil nisi bonum (”De los muertos, nada salvo lo bueno“), que viene a ser el antecedente de la costumbre de destacar las virtudes del fallecido o fallecida y omitir las críticas a su figura y/o trayectoria.
Si la persona fallecida es una figura pública, los medios de comunicación y las redes sociales contribuyen, además, a que se extienda lo que, en el ámbito de la psicología mediática, se denomina “duelo parasocial”, una especie de pesar colectivo entre todos aquellos que, de alguna manera, han desarrollado un vínculo emocional con ese personaje público, aunque nunca lo hayan conocido en persona, como puede ser un artista musical, un actor o actriz o un autor literario
El caso de los políticos y, en particular, de los que han ocupado cargos públicos, el escenario es distinto, porque su actividad ha podido resultar satisfactoria y elogiable para unos e insatisfactoria y rechazable para otros.
Hago todo ese preámbulo para referirme al fallecimiento, en el reciente y trágico accidente ferroviario, de Fátima Báñez, la que fuera ministra de Empleo y Seguridad Social entre 2011 y 2018, que ha generado una enorme atención mediática y una oleada de elogios a su figura política y personal.
En primer lugar, lamento, sinceramente el fallecimiento de Fátima Báñez, producido de esa manera inesperada y trágica, como el del resto de las 69 víctimas mortales de ese horrible accidente.
En segundo lugar, no conocí personalmente a Fátima Báñez, pero, no me consta ningún rasgo negativo de su perfil humano, por lo que entiendo que ha fallecido, esencialmente, una buena persona, lo que redobla mi sentimiento de pesar por su fallecimiento.
Pero, en tercer lugar, mi apreciación sobre el balance de la trayectoria y la labor de Fátima Báñez como ministra española, es negativa, ya que considero que las medidas de gobierno de las que fue responsable y sus consecuencias resultaron dañinas para una buena parte de los ciudadanos españoles, especialmente los de la clase trabajadora. Por señalar lo más significativo, la ministra Báñez fue la responsable de la nociva Reforma Laboral de 2012 y de la igualmente nociva normativa de revalorización de las pensiones de 2013.
Como resultado de aquella reforma laboral, se facilitó y se abarató el despido, desprotegiendo a los trabajadores y posibilitando a las empresas reducir costes despidiendo empleados; por otro lado, se debilitó la negociación colectiva y, con ello, el poder negociador de los representantes de los trabajadores, facilitando, además, que en bastantes situaciones las empresas pudieran desvincularse de las condiciones pactadas en los convenios. También se debilitó, de forma notable, la protección de los trabajadores en paro, reduciendo las prestaciones por desempleo y endureciendo las condiciones para recibirlas.
Esas modificaciones de las condiciones laborales, que precarizaron notablemente el empleo en España, se hicieron, además, sin consenso social, atendiendo, esencialmente, a los requerimientos de los empresarios, que quedaron tan satisfechos con su labor que, poco después de salir del Gobierno a consecuencia de la moción de censura a Rajoy, Fátima Báñez fue recompensada con su incorporación a la CEOE como asesora de su presidente, Antonio Garamendi y nombrada Presidenta de la Fundación CEOE, cargo en el que se ha mantenido hasta su trágico fallecimiento.
En cuanto a revalorización de las pensiones, la reforma que introdujo Fátima Báñez, en 2013, suprimió la actualización vinculada al IPC e implantó otro índice de revalorización, que llevó durante varios ejercicios a subidas del 0,25%, lo que hizo que, los pensionistas perdieran varios puntos porcentuales de poder adquisitivo. También se diseñó, en su ministerio, el llamado “factor de sostenibilidad” de las pensiones, con el que se pretendía ajustar la cuantía inicial de las nuevas pensiones a la evolución de la esperanza de vida. Afortunadamente, la moción de censura y la llegada de Pedro Sánchez a la Moncloa, a mediados de 2018, abortaron la iniciativa e impidieron que ese factor de sostenibilidad llegara a aplicarse.
Por todo lo anterior, insisto en que lamento sinceramente el fallecimiento de Fátima Báñez, pero, con todo respeto, he de decir que no me une ningún vínculo emocional con ella y soy crítico con su labor política, por lo que sería un hipócrita si dijera que participo en su “duelo parasocial”.
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