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El Maestro dormido

Lola Eugenia Rodríguez Rodríguez

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Dormidos. Estamos dormidos. Cansados, exhaustos, comprometidos, pero en un sueño latente. No podemos, no nos dejan despertar.

Hace unos días asistíamos al desmesurado abandono de responsabilidades por parte de la ministra de Educación, Isabel Celaá. No solo no presentaba una ley orgánica que regulase cuestiones reales sobre práctica docente en todo el estado español, sino que se limitó a dar libre albedrío a las comunidades autónomas para proporcionar las instrucciones que mejor les convenga. Eso sí, basándose en una especie de aprobado general para evitar las desigualdades de los niños y niñas españoles.

Irónico que en el preámbulo (capítulo III) de la actual ley de educación, la LOMCE, aparezcan estas palabras: “No hay mayor falta de equidad que la de un sistema que iguale en la desidia o en la mediocridad”.

Un despropósito. Soy maestra de Educación Primaria y Lenguas extranjeras. Pertenezco a ese colectivo que solo enseñamos tareas de lápiz y goma, con un horario fácil, dos meses de vacaciones y una carrera universitaria que cualquiera podría sacarse en sus ratos libres. Entiéndase la ironía.

Desde el primer momento que me embarqué en eso de la docencia escucho la finalidad de la Educación Primaria como si de un mantra se tratara: La formación integral del alumno.

Y aquí, es donde viene la primera controversia. ¿Acaso no debemos entender dicha formación como un conjunto de capacidades que el alumno adquiere para adaptarse al medio que le rodea, con todo lo que eso conlleva?

Por eso, un maestro no solo enseña tareas calificables. Un maestro es un amigo capaz de mirar a vuestros hijos y escucharles con el corazón. Un facilitador de armas, de escudos para que se protejan de inocentes crueldades infantiles. Un comunicador, que lee emociones e inquietudes y adapta su discurso para las más diferentes maneras de pensar. Un lector de intenciones, las cuales abraza y aplaude, y en otros casos las direcciona para que lleguen a buen puerto. Un arquitecto, que construye un proyecto. Nuestros proyectos, con todos los respetos. Vuestros hijos son el proyecto de la Educación Primaria, y nosotros los artífices; pero nos tienen dormidos.

Dormidos y aprisionados. Porque no nos dejan hacer nuestro trabajo. No dejan que acompañemos a los alumnos emocionalmente y que les demos las herramientas para que entiendan que esta pandemia, ahora y durante algún tiempo, es el medio que les rodea. Es innegable que sufriremos durante bastante tiempo las consecuencias de esta desgracia en todos los ámbitos de la vida cotidiana.

Estamos aprisionados en una jaula de continúas instrucciones que solo contemplan contenidos académicos, metodologías digitalizadas, plataformas online para poder hacer llegar las tareas, la insulsa burocracia y las evaluaciones absurdas; que por cierto, “La Evaluación en tiempos de Coronavirus” es otro peliculón que contaré si tengo la oportunidad una vez que se me pase el estupor.

Aquí nadie se entera que trabajamos con personas, y no hay dos personas iguales. Dos proyectos iguales. Por supuesto que me importa la educación académica de mis escolares, pero permítanme que me dé el lujo de considerar a mis alumnos como personas que sienten, sufren y con un pensamiento crítico aún por construir. Los maestros damos las herramientas y guiamos para que el alumno pueda construir su propio pensamiento, fiel a su realidad y su manera de sentir, respetando siempre su intimidad. Y esta absurda función del maestro no se practica a través de actividades evaluables.

Y aquí seguimos, los “bien-mandaos”, cumpliendo instrucciones y directrices, llenando bandejas de correo, agobiando a padres y madres, evaluando castillos en el aire, y luchando en la primera línea de fuego de la Educación. Pero con ganas. Con ganas porque sabemos que despertaremos y abrazaremos a nuestros proyectos, vuestros hijos, nuestros estudiantes.

De momento se han olvidado de nosotros y de quienes somos, pero volveremos.

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