Maslow, la libertad y unas cañas en el bar
Decía Sabina que “las niñas ya no quieren ser princesas / y a los niños les da por perseguir / el mar dentro de un vaso de ginebra” (“Pongamos que hablo de Madrid”, 1980). Si cambiamos el mar por la libertad bien podríamos decir que esos niños ahora buscan la libertad en unas cañas en la barra de un bar. El concepto de libertad puede ser complejo o tan simple como salir de copas con los amigos. Es todo cuestión de perspectiva.
Hablaba Julio Anguita sobre la libertad en términos algo más profundos. Decía que es asumir que se tiene la conciencia libre para decidir. Que para decidir hay que estar bien formado y bien informado. Pero que, si no se tiene qué echar a la boca, un techo donde guarecerse, una ropa que ponerse ni las necesidades más elementales satisfechas, no se puede ser libre. Si como ocurre hoy, no hay trabajo, se está en ERTE, se tiene el pequeño negocio cerrado o restringido por la pandemia o se tiene que trampear para sobrevivir, no se es libre ni se puede votar libremente.
Entonces, ¿qué es la libertad? ¿Es tener conciencia o poder tomarse una caña en un bar? ¿Las dos? Todo depende de las necesidades inmediatas de cada cual. De esto, Abraham Maslow sabía bastante. El psicólogo estadounidense planteó un modelo en forma de pirámide que mostraba la jerarquía de las necesidades humanas. En la base, las fisiológicas (sobrevivir, comer, reproducirse), que una vez satisfechas dan paso a la necesidad de seguridad: seguridad económica, laboral, de salud. Solo si estas quedan satisfechas aparecen las que Maslow denomina necesidades de filiación: la amistad, las relaciones familiares, sentimentales, etc. Por encima de estas se sitúan las necesidades más intangibles: el reconocimiento o las relacionadas con los valores o con conceptos más abstractos como la ideología, la libertad o los valores democráticos. Cuanto más arriba en la pirámide, menos tangibles y menos urgente será la satisfacción de esas necesidades.
Además de Maslow, los equipos de campaña de Ayuso y de Vox también parecen haber comprendido cómo funcionan las necesidades humanas. Hay que reconocer que han entendido en qué nivel de la pirámide están los deseos de gran parte de la población, al menos en estos momentos de incertidumbre que ha creado la pandemia. La incertidumbre hace que las personas se replieguen y busquen respuestas a su necesidad básica de seguridad. Si no la encuentran ni tienen respuestas son más proclives a abrazar soluciones tangibles e inmediatas, que les ayuden a superar o a olvidar los problemas del día a día, al menos por un rato. La derecha más ultra ha bajado un peldaño en la pirámide. Ha cogido las necesidades inmediatas, las ha disfrazado de libertad y las ha servido en la barra de un bar.
La izquierda en cambio no ha sabido bajar de las alturas. Con la amenaza de Vox y la pasividad de Ayuso, se ha quedado en los pisos superiores de la pirámide y han utilizado en campaña conceptos abstractos muy poco tangibles. Han avisado que viene el lobo de la ultraderecha y el peligro que supone para la democracia, para la igualdad, la diversidad, la pluralidad y la libertad. Pero no han tenido la respuesta que querían. La libertad de la que hablaban no era la libertad de pega que ha vendido Ayuso. Era la Libertad en mayúsculas, la libertad de conciencia de la que hablaba Anguita. Han propuesto el ansiado cordón sanitario, pero a destiempo. Con la situación de ahogo y agotamiento del virus, lo último que la ciudadanía pedía era utopía y cordones sanitarios. Menos libertad de conciencia y más libertad de horarios. La izquierda ha equivocado el discurso. Ha querido asaltar los cielos de la Comunidad de Madrid con grandes valores y como a Ícaro, se les han chamuscado las alas.
Como siempre, hay quien solo ve la espiga en ojo ajeno y busca dar lecciones de moral. algunos se dedican a menospreciar el voto de una buena parte del electorado que vive en las zonas del “cinturón rojo de Madrid” y que ha votado a Ayuso y a Vox. Quizás votarles no ha sido lo más acertado desde una perspectiva de largo plazo. La mayoría absoluta de las derechas en Madrid no traerá libertades en mayúsculas, sino que les dará vía libre para tirar para adelante sus políticas de desmontar aún más la sanidad y educación públicas o hacer política neoliberal. El electorado ha hecho uso de su libertad de conciencia, pero estaba condicionado por el presente y por una falta de información o de interés preocupantes. El voto del 4M no pedía utopía, pedía salir de la crisis, de la pandemia, de los toques de queda y del cansancio por la situación y por los políticos. No era el momento de grandes valores sino de solucionar grandes necesidades más reales.
El pueblo ni es sabio ni es estúpido. El pueblo piensa en sus necesidades más presentes que futuras y vota en consecuencia. Eso no significa no sean sensibles a los valores de igualdad, a los derechos, a la tolerancia y al diálogo. Al aburrimiento por los políticos se ha sumado que tampoco era el momento de metas tan altas. Vivir al día es un comportamiento muy humano que unos políticos olvidan y otros utilizan en beneficio propio. La izquierda ha cometido el gran error de no saber verlo ni planteárselo. Mientras, la derecha superviviente de los comicios ha sido mucho más práctica y ha sabido sacar provecho consiguiendo la mayoría absoluta de la Asamblea de Madrid.
Volviendo a Anguita, para que de verdad haya libertad de conciencia y se vote de acuerdo con ella, hay que informar y también formar. Hay que enseñar a confiar en el largo plazo, pero primero hay garantizar seguridad en el empleo, la subsistencia económica y tener estabilidad en el presente. Probablemente, cuando la situación de crisis por el virus pase se vuelva a la preocupación por asuntos “más elevados”. Mientras la derecha ofrece pan y bares, la izquierda ya debería ir pensando menos en asaltar los cielos y bajar para conocer mejor las necesidades más básicas de su electorado.
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