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Pepa Pig contra los neoluditas

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Vuelve el debate sobre el impacto de las nuevas tecnologías en los niños: hoy, un artículo habla de si el cociente intelectual de las nuevas generaciones se estanca o desciende por su culpa. Convencido de que necesitamos una perspectiva conjunta, me he decidido a aportar mi punto de vista como profesor de secundaria en Francia y padre de cinco hijos.

Lo primero, no tengo la impresión de que la inteligencia de los adolescentes haya bajado. Día a día constato casos que superan con creces lo que vi en mi época. Mis alumnos no son una población particularmente privilegiada: estamos en zona rural y las familias son variadas, y no tienen menos potencial que los niños con los que compartí pupitre de niño. Se manejan en varios idiomas, tienen inquietudes que sobrepasan las de mi época (como montar un laboratorio), conocen otras culturas, tienen acceso a fuentes de información inéditas, han viajado mucho más de lo que soñé en su día...

¿Qué pasa entonces con todas esas anécdotas, como lo de no saber rellenar una hoja de cálculo, la dificultad para leer textos de dos párrafos, entender los enunciados o saber cómo funciona Internet? ¿Idiotizan las nuevas tecnologías?

Para mí, el quid es que la cuestión no está bien planteada. No son estas, sino el entorno, quien genera el problema. En cierta manera, es como el chocolate: en sí no es malo, pero si en vez de tener una buena despensa, preparar comidas adecuadas y mostrar con tu ejemplo cómo se come bien, lo único que haces es comprar chocolate, al final tus hijos tendrán un problema.

Las nuevas tecnologías son absorbentes y atractivas. Como las luces de feria. Están pensadas para captar nuestra atención y sumirnos en un placentero estado de desconexión. Tetris, Buscaminas, Solitario... o las versiones más elaboradas de hoy. Las redes sociales funcionan con el mismo principio, también las páginas de venta on-line o las series. Lugares donde posar los ojos y sentirse bien un rato. No es muy distinto a mirar el fuego en una chimenea o el oleaje del mar.

Y del mismo modo que no podemos demonizar la naturaleza por haber hecho tan atractivo el fuego, no debemos juzgar las nuevas tecnologías como un todo.

Podría pasar horas viendo cómo el viento agita las ramas del árbol frente a mi ventana. Es un espectáculo hermoso, hipnótico. Relajante. Pero he descubierto que si me adentro en el bosque, encuentro maravillas aún mayores.

Con la tecnología ocurre lo mismo. No soy experto en Neurociencia, pero he comprobado que el intelecto se alimenta. El problema no es que existan las nuevas tecnologías, sino cómo, quién, por qué y cuándo alimentamos el intelecto de nuestros niños. Con nuevas tecnologías y sin ellas.

Es la misma mecánica que une la comida basura y la pobreza. Si no tienes tiempo ni recursos para nutrir el intelecto de los niños que te rodean (alumnos, hijos, sus amigos), las golosinas digitales se comen el terreno.

La inteligencia de las nuevas generaciones no es menor. Pero se enfrentan a tentaciones muy fuertes y, peor aún, aceptadas por la sociedad. ¿Cómo le dices a un crío agotado por una jornada demasiado larga que no encienda la pantalla?

No nos llevemos a engaño: desde que la legislación sacó a los menores del mercado laboral, han sido convertidos en consumidores y futuros engranajes de la maquinaria, aparcados a la espera. Y al igual que una comida precocinada es más rápida y barata que una cena en condiciones, se ponen ante los adultos soluciones en bandeja para «poder estar un rato tranquilos». Un abono a Netflix en cada habitación y un móvil en cada bolsillo. Paz de consumo low cost.

El problema no es si tienen la inteligencia o no, sino en qué la invierten y por qué. Del mismo modo que no podemos aceptar las ratios que tenemos en las aulas si nuestro objetivo va más allá de estabular niños, como padres tampoco podemos callar frente a una sociedad que no da tiempo ni para respirar y nos apacigua con parches de soma. Si en los '80 no hacía falta tener unas Reebok the Pump para ser guay, ahora no necesitan a Pepa Pig para hacer amigos; lo que sí necesitan son adultos que digan y demuestren que es posible otra relación con la pantalla.

Porque hay alternativas. Gracias al sistema social francés, he podido tener cinco hijos, quedarme en casa hasta que fueron escolarizados. Ha sido determinante para que aceptaran otro modo de vivir, prescindiendo del móvil, por ejemplo. Señalo esto porque es importante no culpar al último eslabón. Echar la bulla a una madre soltera que llega a las tantas por poner un rato la tele a su hijo es tan injusto como hacer responsable a los proletarios del siglo XIX del alcoholismo por su laxa calidad moral, como se hizo en la época. Es la estructura social la causa última. No lo perdamos de vista.

Las nuevas tecnologías tienen un potencial extraordinario. Tenemos que darnos las condiciones para disfrutarlo.

Tengo una alumna que domina el español gracias a las series. Mi hijo mayor, estudiante modelo, es un experto estratega gracias a videojuegos que han estimulado su amor por la Historia. Mi cuarta ha mejorado sus dibujos con modelos que encuentra por Internet y con nueve años hace diaporamas sobre felinos para su clase. En la mía, mis alumnos descubren España de un modo inédito. Y yo no solo consigo llevar una editorial desde otro país, sino que estoy ampliando mi propia cultura sin límites y a mi ritmo. Jamás tuvimos las fuentes del conocimiento tan al alcance de la mano. No, no está en los medios digitales el problema, sino en su uso.

Aunque se tienda a plantear el debate como una confrontación entre Pepa Pig y los neoluditas, lo cierto es que no es la tecnología (el dedo) lo que tiene que captar nuestra atención, sino todas las circunstancias que vician la relación de la gente con la misma y que son la raíz de los problemas de aprendizaje que estamos constatando. Ahí está la Luna. Ahí es hacia donde tenemos que mirar.

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Publicado el
14 de junio de 2021 - 20:28 h

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