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La salud mental en el día después

Miguel Angel Castejón Bellmunt

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En algunos países ya se empieza a pensar en el día después. Ese día en que volveremos al trabajo los que aún lo conservemos y cuando todos, masivamente, recuperemos la vida social y la convivencia. Ese día en que nos tocará iniciar la reconstrucción económica y reforzar nuestra organización sanitaria, tras la lección aprendida. Ese día en que tendremos que elaborar lo acontecido y explicarnos juntos el sufrimiento de los últimos meses que todavía persiste.

Hoy, la situación es dramática en los hospitales, donde las personas enfermas luchan por su vida y, quienes no lo logran, terminan sus días solas, acompañadas de un personal sanitario que suma a su pericia técnica unas caricias y abrazos que humanizan los instantes finales. Profesionales sanitarios que en ocasiones no pueden evitar lágrimas de impotencia, de cansancio y de miedo a contagiarse y a contagiar a los suyos. Dolor en los familiares y pesadumbre entre otros trabajadores que arriesgan su salud por cuidarnos al resto. Y malestar y desazón en todos los demás, sanos de momento, pero detenidos en la casa, abrumados con la experiencia y nerviosos por el futuro incierto. Todos debemos procesar lo mejor que podamos las emociones que estamos viviendo y que no se reducen a gráficas, explicaciones científicas o normas dictadas por las autoridades.

Afortunadamente, aunque sin demasiada coordinación ni consistencia técnica (porque la salud mental sigue siendo la hermana pobre de la salud), en aquellos escenarios sanitarios donde más viva está la muerte y la angustia circula campante, se han puesto en marcha intervenciones de primera ayuda psicológica (PAP). Estas ofrecen una “respuesta humana, de apoyo a otro ser humano que está sufriendo y que puede necesitar ayuda”. La PAP incluye factores de ayuda para la recuperación de las personas a largo plazo, como hacerles sentir seguras y esperanzadas, conectadas con otros, en calma y capaces de ayudarse a sí mismas. La PAP puede proporcionar ayuda tanto a niños como a adultos y con el único requisito de que sea aceptada cuando se ofrece a la persona. Ya sea de inmediato, tras el acontecimiento traumático, o semanas después dependiendo de cuánto ha durado o de lo grave que ha resultado ser para cada persona.

Este servicio vital sólo requiere movilizar y coordinar a los excelentes profesionales de salud mental que existen en España, formados y con experiencia en contextos de emergencias, facilitándoles un lugar con intimidad para desarrollarlo. El Ministerio de Sanidad y el Consejo General de la Psicología de España ha implantado una versión telefónica dirigida a sanitarios, familiares y fuerzas y cuerpos de seguridad que, con más de 300 llamadas diarias, habla por sí misma de lo imprescindible de una intervención que debería estar ya en marcha, de forma presencial en, al menos, todos los ámbitos sanitarios donde ahora mismo está en juego la vida de personas.

Respecto al resto de la población, los datos son concluyentes al mostrar las consecuencias psicológicas negativas, descritas por la psicología clínica como depresión, ansiedad, estrés postraumático, … para la salud mental en una crisis por contagio y tras un confinamiento como el que estamos viviendo. Destaca la revisión que publicó en enero la prestigiosa revista científica Lancet sobre 24 estudios de cuarentenas previas (SARS, Ébola, MERS o gripe A) en la que se aporta evidencia suficiente sobre las consecuencias negativas para la salud mental de la población general que llegó a mostrar síntomas de estrés postraumático hasta tres años después de finalizar el confinamiento impuesto por alguna de las cuarentenas. Precisamente, por la repercusión demorada de los episodios traumáticos en nuestra vida emocional, es por lo que resulta necesario que el PAP se ofrezca a largo plazo y en diferentes ámbitos sociales y de salud a medida que pasa el tiempo.

Además de esta intervención de PAP y a fin de no patologizar todo lo que no va bien en nuestra vida, es imprescindible facilitar la elaboración colectiva de la experiencia vivida. Reflexionar juntos, en vecindad, lo experimentado para otorgarle algún sentido y llegar a encontrar el significado que tiene para nosotros y nuestras comunidades. Poder desentrañar qué condiciones de vida y qué valores y prioridades nos han traído a esta situación. Descubrir qué necesidades concretas se ocultan tras la tristeza, la opresión en el pecho y la falta de aire que muchos podremos llegar a compartir. Señales que, lejos de ser síntomas de enfermedades o trastornos son formas de expresión de un sufrimiento humano natural en la situación vivida. No necesitaremos prioritariamente psiquiatras y psicólogos después de la pandemia. Nuestro dolor y pesar no será, inicialmente, de su competencia. Por el contrario, sí que será responsabilidad de los profesionales de la salud mental, pensárselo dos veces antes de aceptarnos como pacientes y prescribir de forma inmediata fármacos o psicoterapias.

Pero, esta pandemia no solo se ha encontrado en España con un sistema sanitario débil y un sistema nacional de salud pública ausente, sino que también nos ha encontrado desconectados, curiosamente, pese a tanta red social. Pero, ¿cuándo debatir si nunca nos encontramos para hablar?, ¿cómo reflexionar si siempre aceptamos que “las cosas son así, sin remedio”?, ¿cómo rebelarnos, si hemos relegado nuestro yo a los likes?, ¿dónde encontrarnos, si no hay espacios en nuestra comunidad que nos convoquen a actividades participativas?...

No todo era maravilloso. No todos éramos tan felices. Tanta positividad vacía había acabado con nosotros ya antes de que el Covid-19 llegara. Estábamos ya desactivados y “moribundos”. Pero si esta crisis sirve para reanimarnos, quizás tanta desgracia, tanto dolor, no haya sido para nada. No podemos permitirnos desaprovechar esta oportunidad que se abrirá justo el día después, cuando todo vuelva a empezar.

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