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Cada vez más hogares, cada vez más pequeños: el enemigo silencioso de la eficiencia energética

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Cuando el Gobierno presenta sus avances en eficiencia energética, los números parecen razonables. Los hogares españoles consumen menos que hace veinte años. Las bombas de calor se multiplican, los electrodomésticos mejoran, la conciencia ambiental crece. Todo apunta en la dirección correcta. Y, sin embargo, algo no cuadra.

Entre 2006 y 2023, el consumo energético residencial en España solo bajó un 6,71 %. Una cifra modesta para casi dos décadas de inversión tecnológica, subvenciones y campañas de ahorro. ¿Qué ha estado frenando el avance? La respuesta no está en los edificios ni en las facturas: está en cómo hemos cambiado la forma de vivir.

España es hoy un país de hogares pequeños y envejecidos. Desde 2001, el número de hogares ha crecido un 30%, muy por encima del 16% de crecimiento de la población. Hay casi cinco millones más de hogares que hace veinte años, y cada vez son más pequeños: el tamaño medio ha caído de 2,88 a 2,56 personas. Uno de cada cuatro hogares está formado hoy por una sola persona, lo que equivale al doble que en 1980. Y muchos de esos hogares unipersonales los encabeza una persona mayor de 65 años.

Esto importa porque la energía no se reparte de forma lineal. Calentar un piso: lo ocupe una persona o cuatro personas, cuesta prácticamente lo mismo. Cuando una familia se separa en dos hogares, el consumo total no se divide: se multiplica. Es lo que los economistas llaman pérdida de economías de escala, y en el caso de la energía residencial española, esa pérdida ha sido enorme.

Un estudio recién publicado en la revista Energy and Buildings (https://doi.org/10.1016/j.enbuild.2026.117250) lo cuantifica por primera vez con rigor. La tecnología y los cambios de comportamiento lograron reducir el consumo en un 17,91 % durante ese periodo. Pero los cambios demográficos, más hogares, más pequeños, más viejos, lo aumentaron un 10,07 %, borrando de un plumazo más de la mitad del esfuerzo. El resultado neto: esa reducción de apenas el 6,71% que las estadísticas presentan como un logro.

Lo más preocupante no son los números pasados, sino lo que anuncian sobre el futuro. España camina hacia una sociedad todavía más envejecida. Las proyecciones del INE apuntan a que en 2050 habrá más de tres millones de personas mayores de 80 años viviendo solas. Sin una respuesta política específica, la fragmentación de los hogares seguirá erosionando silenciosamente cualquier ganancia de eficiencia que logremos con la tecnología.

Y esa respuesta política, hoy por hoy, no existe. El Plan Nacional Integrado de Energía y Clima, el documento que marca la hoja de ruta energética de España hasta 2030, no desagrega el sector residencial por tipo de hogar. Trata a todas las familias como si fueran iguales, cuando no lo son en absoluto. Una persona mayor que vive sola en un piso sin calefacción centralizada en el norte de España no tiene nada que ver, en términos de consumo y vulnerabilidad, con una familia joven en un bloque nuevo de València.

¿Qué se puede hacer? La investigación apunta tres vías. La primera es urbanística: hay que promover viviendas más pequeñas y modelos de covivienda que permitan compartir espacios y recursos sin renunciar a la autonomía personal. No es una idea nueva en el norte de Europa, pero en España sigue siendo marginal. La segunda es social: garantizar que los hogares de menor renta, especialmente los de personas mayores, puedan acceder a sistemas de calefacción eficientes. La energía es un derecho, y el 16% de hogares en situación de pobreza energética que registraba España en 2020 es una cifra que no puede normalizarse. La tercera es comunicativa: los mensajes de ahorro energético dirigidos a personas mayores funcionan mejor cuando hablan de salud y confort que cuando hablan de facturas o medio ambiente.

Nada de esto es imposible ni extraordinariamente costoso. Lo que sí es costoso es seguir diseñando políticas energéticas como si la demografía no existiera. Cada año que pasa sin integrar estos factores en la planificación es un año en el que los avances tecnológicos se evaporan antes de llegar a la factura.

Los hogares españoles han cambiado profundamente. La política energética, todavía no.

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