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Australia: 5 años, 5 primeros ministros

Ante semejante inestabilidad, la reacción de la población australiana no sorprende

Aunque Australia está en nuestras antípodas, no se ha librado del descontento que predomina en muchas otras democracias avanzadas

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La bahía de Sidney en en una imagen de archivo EFE

Cuando aterricé en Australia en febrero de 2013, lideraba el gobierno la laborista Julia Gillard desde 2010. En 2007, el también laborista Kevin Rudd era el primer ministro. Durante 2009, las encuestas indicaban que Rudd no iba muy bien y los laboristas podían perder las elecciones de 2010. Gillard y varios diputados convocaron un ‘leadership spill’, el mecanismo por el que el liderazgo del grupo parlamentario queda vacante y, por tanto, disponible para que un nuevo líder lo ocupe. Ese fue el caso: en junio de 2010 Gillard derrocó a Rudd y meses después, Gillard se convirtió en la primera Primera Ministra en la historia de Australia. Sobre los ataques que recibió Gillard por parte de los conservadores por el hecho de ser mujer escribí esta entrada en 2013.  

El mandato de Gillard, sin embargo, no fue lo que podamos llamar tranquilo. Dejando de lado las complejidades que entraña gobernar, Gillard tuvo que enfrentarse a tres ‘spills’. El primero lo convocó el propio Rudd en 2012 que seguía como Ministro de Exteriores. Rudd perdió; dejó el gabinete; pero se mantuvo como diputado. El segundo, en marzo de 2013, tampoco prosperó. Pero en el tercero Gillard perdió y Rudd volvió a tomar las riendas del gobierno en junio. En septiembre llegaron las elecciones y los conservadores liderados por Tony Abbot ganaron 90 de los 150 escaños en juego en la Cámara baja. Australia, siguiendo la estela italiana, tuvo tres Primeros Ministros en tres años.

Con esa cómoda mayoría cabría suponer que las dificultades de Abbot serían las habituales que tienen los gobiernos.  Sin embargo, siguiendo el comportamiento de los laboristas en los años anteriores, el fuego amigo no tardó en presentarse. El mandato del gobierno en Australia es de tres años. Abbot entró en septiembre de 2013 y en febrero de 2015, enfrentó su primera votación interna. Igual que Gillard, la superó. Sin embargo, en septiembre, la perdió ante su colega Malcolm Turnbull quien se convertiría así en nuevo líder y primer ministro. Con Turnbull a la cabeza, los liberales llegan a las elecciones de 2016 y las vuelven a ganar aunque por un margen más estrecho que en 2013: 76 de 150. Los laboristas aumentan en 14 escaños y consiguen 69.

Dentro del partido liberal, Turnbull vendría a representar el ala más moderada. Su ideario, a mi entender, se centraría en una baja fiscalidad y en posturas bastantes liberales en lo que a los asuntos morales se refiere. Un ejemplo es el plebiscito sobre el matrimonio gay. Turnbull era partidario de aprobar dicha ley pero se encontró la oposición del grueso de los diputados de su partido. Como solución, convocó el plebiscito, los australianos dieron su parecer y el matrimonio gay se aprobó. Y probablemente Turnbull pase a la historia por esta victoria y por la siguiente derrota: la reforma energética.

Los partidos en Australia llevan años intentando llegar a un acuerdo sobre las emisiones de carbono –y así cumplir los acuerdos de la cumbre de París- a la par que controlar los incrementos en los costes de la energía que en los últimos tiempos se han disparado. Parecía que el Partido Liberal ya había conseguido una posición común cuando, el ministro de inmigración Peter Dutton, lidera la primera rebelión. La excusa, más que el argumento, es que la ley de energía no es la apropiada. La realidad: Turnbull va por detrás de las encuestas y (dicen) el partido liberal está perdiendo su base.

Respecto a lo primero, las encuestas, es cierto que Turnbull iba por detrás. Pero no es menos cierto que entre él y el candidato laborista, los votantes le preferían mayoritariamente. El segundo argumento es más importante. Según algunos en el partido liberal, parte de su base se ha perdido por las políticas más centristas de Turnbull y esto lo ha aprovechado por el populista y conservador One Nation, liderado por Pauline Hanson. Según esta forma de pensar –otra cosa son los datos- Dutton representaría el llamar a las cosas por su nombre y no tener complejos. (Cualquier parecido con la realidad española no es pura coincidencia).

Turnbull salva el primer spill. Pero se da cuenta de que su tiempo se ha terminado: le convocan un segundo spill durante la misma semana.  Turnbull no quiere permitir que Dutton se haga con las riendas. Su argumento es claro: las ideas de Dutton están equivocadas y los movimientos en su contra se han instigado, entre otros, desde importantes conglomerados mediáticos (Sky, del magnate Rupert Murdoch). Cuando se convoca el segundo spill, Dutton se enfrenta a otros dos ministros -Morrison (Tesoro) y Bishop (Exteriores) la única mujer en el gabinete. Gana Morrison.

Quedan tres preguntas por responder. La primera: ¿cuán probable es que el nuevo líder se mantenga como primer ministro? Morrison se ha impuesto por un estrecho margen a Dutton y es probable que el último intente desestabilizar de nuevo. Es más, si en 2019 los liberales no renuevan la mayoría, es posible que Morrison se las vea y desee para mantenerse en el cargo. Algunos comentaristas, incluidos muchos que apoyan abiertamente a los liberales, apuntan a que el anterior primer ministro Tony Abbott podría estar detrás de toda esta operación.

La segunda es: en caso de una victoria laborista en 2019, ¿les puede suceder de nuevo a los laboristas? En principio, no. ¿Por qué? La última vez que Kevin Rudd se convirtió en primer ministro deponiendo a Julia Gillard, impuso una condición. El grupo parlamentario se debía comportar de una manera diferente a la anterior. Hasta entonces, tan solo con que la mitad más uno de los miembros del congreso que pidieran reunirse con el líder del partido en el congreso, dicha reunión se debía celebrar y si en el orden del día se incluía la votación para cambiar de líder, se debía de votar. Rudd decidió, y el partido aceptó, cambiar esa norma. En primer lugar, no solo valen la mitad más uno de los miembros del congreso que pidan la reunión sino el 60%. En segundo, y más importante, se necesita la mayoría del voto de la militancia. Como se entiende este cambio hace mucho más complicado que se pueda deponer a un líder del partido en una semana. Hace unos pocos días, el mismo Rudd urgía al Partido Liberal a hacer una reforma de igual calado que la del partido laborista que dirige Bill Shorten desde 2013.

La tercera: y a todo esto, ¿qué piensan los australianos? El sentimiento general, siguiendo algunas encuestas, es de vergüenza. Merece la pena transcribir parte de la intervención del líder de los verdes en el Senado, Richard di Natale: “El 100% de Nueva Gales del Sur padece una sequía severa. La Gran Barrera de Coral está al borde del colapso. Tenemos inundaciones en la India; una cría de 12 años que se ha quemado en Nauru; y a niños en estado catatónico porque se les ha encerrado en lugares infernales. ¿Y qué hace el Partido Liberal? Centrarse en la venganza. Centrarse en sí mismo. Hay muchos australianos que no pueden pagar sus facturas médicas, muchos mendigos, jóvenes que no pueden estudiar por los tasas y mujeres que tienen miedo de volver a casa porque cada semana una mujer es asesinada por su pareja. ¿Y qué tenemos? Este espectáculo. Esta desgracia. Deberían estar avergonzados de ustedes mismos.”

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