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Spain is different? A veces

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Australia está casi en las antípodas de España, tiene algo menos de la mitad de población, es catorce veces más grande y casi todo va al revés: cuando en España es invierno, allí es verano; conducen por la izquierda y tienen koalas (que duermen 20 horas al día). Echan al Gobierno laborista -que estaba en coalición con los verdes-, que llevaba seis años en el poder, con una tasa de desempleo oficial del 5.8% y después de que la crisis, que tan duro azota en el sur de Europa, apenas les haya rozado. Y, sin embargo, muchos elementos de la política australiana son comunes a la española. Sin ser exhaustivo, presentaré algunos de ellos y también algunas diferencias.

El Partido Laborista lleva dividido varios años. En 2007, Kevin Rudd se impone al conservador John Howard y nombra a Julia Gillard como su mano derecha. Rudd lleva a cabo sus políticas -con la firma del protocolo de Kyoto- iniciando la política de reconciliación con los aborígenes y aplicando políticas de estímulo que logran que en Australia la crisis apenas afecte. Sin embargo, una serie de errores contribuye a que en las encuestas su estrella empiece a apagarse. Ante los oscuros augurios, Gillard decide presentarse y Rudd dimite. En Australia se vota cada tres años. Llegan las elecciones de 2010 y los laboristas gobiernan en coalición con los verdes. A pesar de mejoras en educación, sanidad y pensiones, y el anuncio de algunas políticas -como un impuesto al carbón para afrontar el agujero de la capa de ozono-, una férrea oposición hace que las encuestas arrojen un panorama sombrío; los miembros del Congreso deciden votar y eligen de nuevo a Rudd. El diario The Guardian clasifica esta división como una de las más duras en la historia de la política australiana. A partir de ahora, el liderazgo se disputa entre Tony Albanese y Chris Bowen en las recién introducidas primarias del Partido Laborista.

Los errores y los aciertos. En un artículo reciente, Gillard considera que uno de los errores más importantes del Partido Laborista ha sido fijarse demasiado en las encuestas y en su propia supervivencia mucho más que en el propósito por el que se está en política. Eso es fundamental por algo muy simple: los partidos progresistas deben estar al servicio de los ciudadanos. El escrito de Gillard plantea tres preguntas. La primera, de cuánto de lo realizado desde el Gobierno hay que sentirse orgulloso y cuánto hay que rechazar. La segunda, de las propuestas realizadas en la campaña electoral, cuáles hay que mantener y propulsar y de cuáles hay que deshacerse. La última de las preguntas que Gillard afronta en dicho artículo es cómo refrescarse desde la oposición. Hay una parte muy clara que resuena al proceso en el que se encuentra el PSOE (especialmente lo que conlleva de las propuestas) -y otros partidos y movimientos ciudadanos tanto en España como en Europa-, pero otra muy alejada, sobre la organización interna y el proceso de renovación.

Mentiras, negatividad y miedo. La campaña electoral ha conllevado una cantidad de mentiras y negatividad importante. Para mentiras en campañas electorales, la última española es un ejemplo rampante. Rajoy y el PP han incumplido, una a una, todas las promesas que hicieron durante la campaña electoral: pensiones, sanidad, educación... Pero los australianos tampoco van muy desencaminados. Algunos anuncios electorales han sido brutales tanto de los conservadores como de los laboristas: los primeros diciendo que el país no podía permitirse tres años más de fracasos laboristas mientras que los segundos apelaban al miedo de los recortes. Durante la campaña, los conservadores proclamaron insistentemente cuánto iban a cambiar la política fiscal de los laboristas. Ahora que gobiernan, las diferencias -de momento, en el papel- son de sólo un 0.4%. La respuesta de los laboristas fue la del miedo: si gobierna la derecha, harán recortes en sanidad, educación, pensiones, etc. No funcionó. Si hacemos memoria, el PSOE en la campaña de 2011 utilizó esta estrategia, en especial con algunos vídeos, pero tampoco tuvieron mucho éxito.

La televisión pública es de y para todos. A diferencia de una televisión pública al servicio del poder, el grado de independencia de los medios públicos es admirable. Un ejemplo: semanalmente se emite un programa, Q&A, en el que el público pregunta y repregunta al invitado. Durante los meses previos a las elecciones, comparecieron varios ministros y los ministros en la sombra de la oposición debatiendo y respondiendo a las preguntas de los ciudadanos. Cuando no lo hacían, el periodista les decía que no lo habían hecho y repetía la pregunta. Cuando el político no se ajustaba a la verdad, el periodista se lo decía y le ponía en evidencia. Ni que decir tiene que comportamientos como los de Maria Dolores de Cospedal o las no explicaciones plasmáticas de Rajoy ni se conciben ni se aceptan (menos aún dentro del mismo partido). 

Por último, no quiero olvidar un asunto muy relevante que me ha sorprendido para mal. El machismo imperante en la política, que sólo es un reflejo del machismo imperante en la sociedad. Al igual que muchas ministras de Zapatero tuvieron que soportar barbaridades que en ningún caso se les habrían hecho a hombres -el ejemplo del alcalde de Valladolid sobre Leire Pajín es uno de tantos-, la primera ministra Julia Gillard tuvo que soportar muchas otras porque se casó tarde y optó por no tener hijos. Aunque suene a broma, un periodista dijo que como el marido de la primera ministra era peluquero, era gay. A diferencia de la piel de toro, el grupo mediático desde el que se emitió la entrevista suspendió al periodista. El motivo para la suspensión fue lo irrelevante y lo irrespetuoso de los argumentos. El nuevo primer ministro, el conservador Tony Abbott -quien llegó a preguntarse "si los hombres, por filosofía o temperamento, estaban más adaptados para ejercer la autoridad o tomar el liderazgo"-, ha conformado un Gobierno con 19 ministros: en él hay una mujer.

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