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Madrid cainita

La capital y la Comunidad medirán a todos los líderes y sus partidos en las elecciones de mayo. El riesgo de las batallas de la izquierda no está en la división interna, irresoluble ya, sino en que se extienda a otras partes

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Podemos cumple cinco años sumido en una de sus peores crisis tras el desafío de Errejón a Iglesias

El pasado enseña que esta batalla en Madrid que ha puesto a la izquierda a afilar sus cuchillos ya se vivió antes sin remedio. Y ahí está otra vez, como siempre, envuelta en las apelaciones morales con las que la izquierda rodea los debates de posición, de poder. De personas. La escalada en Podemos es tal que no pueden apearse de las palabras gruesas e hirientes y se llaman lo mismo que Pablo Casado llama a Pedro Sánchez, acaso con más odio. Traidor, se oye que se dicen. Lo otro que llama Casado a Sánchez es cobarde y eso aún no ha saltado a las conversaciones sobre Errejón e Iglesias. A las conversaciones públicas.

El consejo ciudadano de Podemos constató la hondura del cisma, pero el propósito de aquella reunión no era arreglar la ruptura, ni siquiera disimularla. Hubiera sido demasiado y además es imposible. Al menos por ahora. Lo que trataron de conjurar los territorios era el riesgo real de que la crisis madrileña se expandiera a otras partes en este curso electoral. Trataron de asegurar sus expectativas y de paso sus cabezas. O sea, que la desmovilización no cunda en aquellas autonomías en las que los gobiernos dependerán de unos cuantos miles de votos, que pueden ser todas ellas. 

Resulta curiosa la manera en que cuanta más participación necesita la izquierda, según acaba de aprender en Andalucía, más abstencionistas fabrica. De ahí que los primeros en reaccionar en Podemos fueran los dirigentes territoriales convocados en Toledo, donde dicen las guías que convivieron las tres culturas. Saben que el riesgo de Madrid no es solo Madrid, acostumbrado a la guerra interna, sino que el cainismo se practique en otros rincones de la organización, a cargo de Pablo Echenique. 

Madrid es, a la vez, donde tropezará el PSOE según auguran las encuestas. La de Telemadrid dejaba incluso a los socialistas por detrás de Vox en la capital. En esas, anunció el PSOE la candidatura de Pepu Hernández, seducido por la discutible premisa de que la popularidad basta para sacar a los votantes de sus casas el último domingo de mayo. Por ese razonamiento, Casado se enfrentó al PP de Cantabria para imponer a Ruth Beitia hasta que la atleta renunció.

Aquí Pedro Sánchez olvida todas las cosas que defendía cuando era el candidato en primarias contra el aparato y se ríe de la neutralidad que predicaba. “Se me ilumina una sonrisa cuando me preguntan por Pepu”, contó mientras acariciaba un arpa. El secretario general soporta tanta hemeroteca en sus espaldas que vive olvidando sus frases recientes. Igual que apartó a Tomás Gómez, quiere colocar a Hernández. Sánchez ha descubierto que las primarias están bien siempre que sean a favor de uno. 

Los datos dan la razón al presidente en que algo tiene que cambiar en Madrid, aunque de las consecuencias que su movimiento genere entre votantes y militantes socialistas, buenas o malas, habrá de asumir la responsabilidad. Así como huyó de que los resultados en Andalucía le salpicaran, en las madrileñas se moja de cuerpo entero. Madrid, que es su comunidad, le medirá en mayo. 

En verdad, Madrid les medirá a todos. Mientras se desarrolle el juicio al procés, las autonómicas situarán a escala nacional la irrupción de Vox, al que el CIS del jueves proyectó el 6% de los votos, llegados casi todos de los descontentos con el PP. En Génova desprecian el valor de la encuesta, pero no es el único sondeo que señala la baja fidelidad de sus votantes. Luces de alarma. Esa es la prioridad para Casado: si no puede evitar la caída, tendrá que evitar como mínimo el sorpasso. De nuevo, es determinante Madrid, donde el líder ha elegido a dos de sus discípulos con ecos de Esperanza Aguirre, que ganó las últimas municipales.

Madrid, en fin, les medirá a todos. Kilómetro cero. Por los efectos de la batalla entre Errejón e Iglesias, por la apuesta personal de Pedro Sánchez al final del reguero de calabazas que le dieron. Por el acierto, o no, de Pablo Casado al escoger a sus candidatos. Les medirá también por lo que ocurra después de las elecciones, cuando las matemáticas les obliguen a tragarse sus debates si necesitan de alianzas entre tanta fragmentación. Eso será Madrid: termómetro, batalla y necesidad. Dijo por algo Errejón que todo empieza en la Puerta del Sol. Empieza o acaba. Según por dónde se mire.

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