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La lucha "sin pelo" de la activista Li Wenzu contra una China "sin ley"

La lucha "sin pelo" de la activista Li Wenzu contra una China "sin ley"

La lucha "sin pelo" de la activista Li Wenzu contra una China "sin ley"

Li Wenzu se ha rapado el pelo para protestar contra el juicio sin garantías legales a su marido, el destacado abogado chino de derechos humanos Wang Quanzhang, a quien no pierde la esperanza de poder volver a ver tras años de intensa lucha desde su detención en 2015.

"Estoy cansada, pero cada día sigo esperando que mi marido vuelva a casa. Mientras siga en manos del Gobierno, seguiré luchando para que regrese", afirma en una entrevista con Efe la activista, que desde hace años defiende con la misma firmeza y serenidad la inocencia de su marido y critica sin tapujos la opresión de Pekín.

El pasado 26 de diciembre arrancó en Tianjin (norte) a puerta cerrada el juicio a su marido, que desapareció durante la "campaña 709", iniciada en julio de 2015 por el régimen presidido por Xi Jinping contra bufetes especializados en casos de derechos humanos y que se saldó con más de 300 detenidos.

"No tengo ninguna información del juicio. No sé cuándo saldrá la sentencia, pero quiero que termine pronto, que no lo alarguen más", dice, a sabiendas de que las garantías legales del proceso -incluida la elección de un abogado o el acceso de su familia- son inexistentes.

"Yo misma busqué siete abogados para mi marido. Pero el Gobierno intervino para que no lo defendieran. A algunos les retiraron las licencias para ejercer o cerraron sus bufetes. Otro fue detenido durante un mes", asegura.

Solo un letrado, elegido por las autoridades chinas, ha podido ver a Wang, acusado de un delito de "subversión", frecuentemente usado por el régimen comunista contra disidentes. "Me dijo que mi marido estaba vivo. Cuando le pregunté por su estado de salud, se limitó a decir que estaba bien. Nada más", explica.

Pese a que la Policía le prohibió ir al juicio, Li no quiso perder la oportunidad de estar en la misma sala que su marido durante unos minutos, tras haber pasado tres años sin saber si estaba vivo o muerto.

Pero cuando intentó salir de su casa a las 5.30 de la mañana para desplazarse a Tianjin, más de una veintena de agentes se lo impidieron. Como castigo, estuvo bajo arresto domiciliario durante dos días.

Aunque ahora no se encuentra entre rejas, sus movimientos son vigilados por numerosas cámaras y agentes vestidos de paisano.

"Siempre hay vigilancia policial en mi casa. Hay muchas cámaras delante de la puerta", cuenta.

Por eso, a petición suya, la entrevista se realiza a través de la aplicación WhatsApp, bloqueada en China, que encripta sus mensajes y dificulta que éstos puedan ser controlados por terceros.

"Pero estamos bien (ella y su hijo), con el apoyo de mi familia y amigos", insiste Li, a la que nunca le ha temblado la voz a la hora de defender la inocencia y reputación de su marido, letrado de numerosos disidentes y activistas en el país asiático.

Su historia habla de una lucha incansable pese a las adversidades, en la que ha contado con el apoyo incondicional de sus compañeras "de guerra", otras esposas de disidentes que también desafían públicamente y sin miedo al sistema chino.

No ha sido fácil. En los últimos años, ha sido detenida, ha tenido que cambiar varias veces de casa por las presiones que recibían sus caseros y no pudo escolarizar en centros públicos a su hijo de 6 años hasta hace unos meses, cuando lo logró en uno privado.

"Me decían que si quería que mi hijo estudiara en un colegio tenía que dejar de pelear por mi marido".

Pero nadie ha podido silenciar a Li, que constantemente se ha enfrentado al autoritarismo del régimen chino para hacer mucho ruido, romper la barrera de la censura y que el mundo se enterara de la persecución que practica.

Su último acto de protesta ha sido raparse el pelo al cero, jugando con las palabras "pelo" y "ley" -que en mandarín se pronuncian de manera muy similar- para denunciar que en China se vive "wú fà" (sin pelo) y "wú fa" (sin ley).

Hace unos días se reunió con diplomáticos de la Unión Europea, Inglaterra, Alemania y Estados Unidos para abordar la situación. "Me están ayudando mucho. Siempre ponen atención al caso de mi marido y me apoyan. Se lo agradezco mucho a ellos y a las organizaciones internacionales. Confío en que ayuden a que mi marido salga de prisión", explica.

Li solo desea que pronto se conozca la sentencia del juicio -calificado por Amnistía Internacional como una "farsa"- para que el día que pueda volver a abrazar a su marido esté un poco más cerca.

"El Gobierno no puede encerrarlo o esconderlo durante toda su vida. Viviré con mi hijo, luchando y esperándole", asevera.

Jèssica Martorell

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