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MEMORIA HISTÓRICA

La Semana Santa del Frente Popular en Sevilla: un éxito inesperado pese al boicot de la derecha y a la Macarena escondida

El palio de San Esteban en 1936 con un cartel del Frente Popular a la derecha.

Antonio Morente

Sevilla —
28 de marzo de 2026 22:30 h

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Puede decirse que la Semana Santa de hace 90 años, la de 1936 con el Frente Popular en el Gobierno, fue un éxito inesperado. Casi todos los elementos confluyeron para que las cosas salieran mal pero al final no hubo problemas, lo que –pese a los intentos de boicot de la derecha– fue todo un aldabonazo para la izquierda al demostrar bajo su mando podían celebrarse estos días con normalidad. Todo ello tras una Cuaresma con templos blindados e imágenes ocultas por el temor todavía muy presente de la ola anticlerical de 1931 simbolizada en la quema de conventos, lo que puso en riesgo una Semana Santa que se organizó a contrarreloj ya que la celebración no se confirmó hasta el mismísimo Viernes de Dolores.

El contexto político es que la derecha, tras dos años largos en el Ejecutivo de la II República, queda en shock con la victoria del Frente Popular en las elecciones del 16 de febrero de 1936, a diez días del inicio de la Cuaresma y mes y medio del Domingo de Ramos. La “cuestión religiosa” había estado muy presente en la campaña, y en Sevilla la publicidad electoral hasta hacía referencia al recuerdo de los dos años en los que no hubo procesiones, así que el mundo de las cofradías (con no pocos hermanos mayores de noble abolengo o militantes en formaciones conservadoras) se queda temblando y a verlas venir.

“Se reproduce el mismo mecanismo de 1932: el intento de boicot de las derechas a la izquierda que han recuperado el poder”, y la mejor ocasión está a la vuelta de la esquina, con la Semana Santa, señala Leandro Álvarez Rey, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Sevilla. Entre el talante conservador de muchas hermandades y las presiones que recibieron, en 1932 sólo se atrevió a salir la hermandad de la Estrella y en 1933 no hubo cofradías, problemas que desaparecieron de golpe al llegar la derecha al Gobierno: en 1934 ya procesionaron las más populares y en 1935 se lanzaron todas a la calle.

Ocultación de imágenes por “seguridad”

Lo que es innegable es que hay miedo en el mundillo de las hermandades, “para ellas la vuelta de la izquierda genera un ambiente político enrarecido muy a la contra del establishment cofradiero”, apunta Juan Pedro Recio, autor de Las cofradías de Sevilla en la II República (Abec Editores). “Desde el principio las cofradías adoptan medidas de seguridad bastante extremas”, que tienen su máxima expresión en la ocultación de imágenes simbolizada en la Macarena escondida, rotando por más de un lugar y siendo trasladada en un tosco cajón de madera. “Sólo las devuelven a los templos para los cultos, las vuelven a esconder, las sacan para Semana Santa y de nuevo a ocultarse”, una medida salvó más de una talla de la quema de iglesias que sí se produjo el 18 de julio.

La Macarena estuvo escondida en varios sitios y era trasladada en un cajón.

“La ocultación de tallas obedece a que los hermanos mayores, de derechas todos, sabían que iba a haber una sublevación contra la República y prevenían la respuesta iconoclasta”, tercia por su parte el periodista y escritor Antonio Fuentes, autor de La huella borrada (Plaza&Janés), una novela que ahora se va a reeditar y que recrea los vaivenes que sufrió Horacio Hermoso, el último alcalde republicano de Sevilla. Uno de los personajes de esa trama es el entonces cardenal hispalense, Eustaquio Ilundain, que no es de la rama más dura de la Iglesia pero “no quiere celebrar la Semana Santa de 1936”.

¿Y por qué? “Porque desde la mentalidad católica se habla de persecución por la República cuando por ejemplo se deja de dar religión y se quita el crucifijo de las aulas”, responde Leandro Álvarez, que rememora el argumento contra el laicismo que esgrimió el hermano mayor de San Bernardo para no echar la cofradía a la calle en 1932: “¿Cómo voy yo a sacar tranquilo a la calle un Cristo que se lo quitan a mi niño de las escuelas? ¿Quién me garantiza que me lo acatan en la calle, aunque en la escuela no?”.

Altares vacíos e iglesias custodiadas

Como durante el primer bienio de Gobierno de izquierdas, hay un runrún en las hermandades en el que se entrecruzan los argumentos de la falta de seguridad con los de no dar normalidad con las procesiones a “una legislación anticatólica y laica”. Estas ideas son azuzadas por los partidos de derechas, las familias de postín y casi el grueso de la prensa sevillana, prácticamente conservadora en bloque y que roza lo ultra con un diario, La Unión, que no deja de lanzar soflamas.

Costaleros y guardias de asalto en una Semana Santa durante la II República.

Con este ambiente, Juan Pedro Recio explica que la Cuaresma transcurre con “muchos altares vacíos e iglesias custodiadas” e incluso fortificadas, con sacos de arena tras las puertas, el blindaje de las mismas y hasta sistemas que puedan repeler líquidos inflamables lanzados desde la calle. “Ahora es cuando varias parroquias contratan por primera vez líneas telefónicas, por si tienen que dar la voz de alarma”, y se toman novedosas medidas de seguridad: la Amargura protege su camarín con una persiana metálica, la Macarena diseña (aunque no lo construye) un elevador que llevaría la imagen a un búnker subterráneo, San Lorenzo instala puertas acorazadas... “y en San Martín hasta hubo hermanos en las azoteas de guardia con fusiles”.

Así las cosas, el gobernador civil (Ricardo Corro) y el alcalde (Horacio Hermoso) garantizan la seguridad a las hermandades si procesionan en Semana Santa, y así todas van aprobando en cabildo sus salidas. La única que no lo hará es Santa Cruz, que alega motivos políticos, como señala Antonio Fuentes, algo que –según las actas de la propia corporación– reivindicará luego con orgullo, como dejó constancia por escrito en una nota al cabildo en que se acordó no salir: reprocha que las demás cofradías “no tuvieron la energía suficiente para mostrar su entereza de hacer pública su protesta más firme”.

El problema de las sillas

Así que garantizada la seguridad (“hubo escolta de guardias de asalto, guardias civiles y cabos del Ejército”, indica Juan Pedro Recio) y superados los reparos políticos por todas menos por una, queda una cuestión por resolver, y es la económica. “Entonces había hermandades que se quedaban sin salir por falta de dinero, la Quinta Angustia por ejemplo sacó ese año 57 nazarenos, había más gente contratada que hermanos”, y es que entonces había que pagar entre otros a los costaleros y al cuerpo de acólitos.

Publicidad electoral de la derecha para las elecciones de noviembre de 1933.

Desde 1934, ya con la derecha en el poder, las cofradías habían dado por buena la fórmula que les ofreció el ayuntamiento de izquierdas para compensar la prohibición de dar subvenciones directas: quedarse con la recaudación de la instalación de las sillas y palcos de la carrera oficial, el trayecto por el que procesionan todas. Esto se hace a través de intermediarios, los silleros, que resulta que no concurren a las subastas de adjudicación ante el temor de que, si las cosas al final se complican, no les salgan las cuentas.

A esto hay que unir el último recurso al que se agarraron lo que tan finamente se conoce como las fuerzas vivas de la ciudad, que fue no sacar sus asientos en los palcos, los asientos más caros y que más rentan a los silleros y, en consecuencia, a las propias hermandades. La lógica es sencilla: si no hay dinero tampoco habrá cofradías porque no tendrán recursos para salir, con lo que al final se materializará el boicot que se había buscado por otras vías.

Acuerdo 'in extremis'

Todo esto acaba con los propios hermanos mayores, angustiados con los gastos que ya habían hecho, pidiéndole al gobernador civil un último intento a la desesperada para desatascar el problema, lo que se consigue en una reunión el Viernes de Dolores en la que los silleros aceptan ponerse manos a la obra. El dinero que falta porque la élite local no saca sus palcos “lo ponen de su bolsillo el Gobierno Civil, la Diputación y el Ayuntamiento”, algo por lo que Antonio Fuentes resalta que los comunistas pedirán cuentas en el pleno municipal.

El gobernador, Ricardo Corro, es obligado a salir a saludar al balcón para recoger los aplausos del gentío que esperaba ante la sede del Gobierno Civil para saber si habría o no Semana Santa. El alcalde, Horacio Hermoso, hace al día siguiente un breve discurso de alcance nacional en Unión Radio confirmando la celebración y animando a toda España a visitar la ciudad, “acudid a la invitación que os hace Sevilla”. Medio año después, ambos son fusilados por los golpistas, recuerda Leandro Álvarez Rey.

El misterio de la hermandad de la Cena procesiona durante la II República.

“La celebración de la Semana Santa fue un triunfo para la izquierda, porque se intentaba hacer ver que las hermandades sólo podían salir con un Gobierno de derechas”, apostilla, además en un contexto muy complicado porque las autoridades estuvieron por entonces volcadas en las inundaciones del Guadalquivir que sólo en Triana dejaron a 10.000 personas sin hogar y con lo puesto. “Los primeros interesados en que todo saliera bien fueron las propias autoridades republicanas”, añade Juan Pedro Recio, ya que así transmitían un mensaje de normalidad y se garantizaban unos ingresos económicos importantes para la ciudad.

Una Semana Santa sin incidentes

Todas las partes coinciden en que fue una Semana Santa sin incidentes, más allá de la lluvia que dejó a alguna que otra cofradía en su templo y de que, nada más bajarse el telón de esos días, muchas imágenes volvieron a sus escondites. Se puso así colofón a un periodo que, lamenta Antonio Fuentes, se ha estudiado poco en profundidad porque “ha sido mucho más cómodo quedarse en la versión de los buenos y los malos, los cuatro tópicos manidos sobre la II República, que investigar qué fue lo que pasó y por qué razones”.

“Es muy importante que se acaben los bulos y que se investigue con rigor y seriedad”, remacha y corresponde a los historiadores “poner luz” y comprobar que “no hubo violencia contra los religiosos en esos meses”. Aquí pone el ejemplo de un sacerdote del que se aseguraba que fue asesinado pero el propio El Correo de Andalucía, por entonces el periódico de la Iglesia, confirmaba que el fallecimiento fue por causas naturales. Tampoco, asegura, hubo en esas fechas “ni quemas descontroladas de iglesias o tallas religiosas”. Y si las cosas no fueron así en ese momento, “que lo demuestren”.

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