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'Acción comadres': cómo la violencia atraviesa a todas

Acción  Comadres

Rocío Niebla

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La vida es tan amarga que abre a diario las ganas de comer. Esta frase del escritor y dramaturgo Enrique Jardiel Poncela daba la vuelta a la olla de lentejas que, la escritora y periodista Cristina Fallarás, preparaba para sus comensales con amor y ahínco. La mesa de su casa está puesta, mantel de cuadros mediante y un giro de 360 grados atestigua que, además de dispuesta para el compartir, la literatura le acompaña como fiel escudera. Cuecen los libros como las palabras que van a flotar en el salón porque somos las historias que nos contamos. Sus invitadas, todas mujeres, pueden ser unas u otras: eso depende de las agendas, la planificación familiar y la vergüenza de ser nueva en la fiesta. 

Fallarás hace años que siente el abrazo entre mujeres como agua para el sediento. Reconoce algunos tintes en la voz de las otras como ecos de su propia historia, también es creyente de lo personal es político y de la unión hace la fuerza. Y en un mundo hostil para las mujeres con un mínimo de altavoz (para todas, de hecho) la necesidad de tejer red y espacios seguros es imperante. Fallarás echó el cierre a su hostigado Twitter y, para combatir la indignación, el desconcierto, e incluso, la soledad creó un grupo de mujeres en otra red social. Metió amigas, conocidas, mujeres de reputado prestigio, de aquí y allá, políticas, periodistas, cineastas, cantantes y lo que surja. Premisa: respeto, comadrería, ayuda mutua, soporte. “¿Pongo unas lentejas y os venís a casa?”. Y con legumbres en el estómago, vino en las venas y todo aderezado con baile y cante, nació Acción comadres, el show perfomático, el espectáculo en el que mujeres suben a escena y las luces ponen foco a su historia. 

La Sala Mirador se queda en mute. Es la cuarta representación y cada día es una nueva ventana del calendario en la que chocolate hay seguro. Las hablantes van rotando y las historias que se cuentan también. Esta noche lluviosa y de cenas de empresa cuenta con un elenco variado: la productora Cristina (Mía) Abelló, Fallarás, Zinnia Quirós, abogada y economista, la periodista Marisa Kohan, la televisiva Karmele Marchante, Amparo Sánchez de Amparanoia y la exdiputada por el PSOE Carla Antonelli. Realmente a qué se dedican no trasciende, pero es cierto que, en ocasiones nos da un apunte, una nota al píe del lugar desde dónde proyectan su voz, el recorte de su historia. La costura se llama violencias hacia las mujeres y el hilo que lo cose feminismo: aquí se da testimonio sobre violencia sexual, violencia intrafamiliar, violencia vicaria, violencia machista, lesbofobia y transfobia, e incluso, educación sexual carente, y como parche: el porno. 

El común denominador entre ellas: sin ser a priori amigas, aceptaron la invitación de Fallarás para comer y disfrutar, y en las sobremesas, en la cháchara y el tercer tiempo de rugby, cada una empezó a contar retales vivenciales. Habla una, escuchan y abrazan otras: en comadrería, en el compartir y respeto. Y como cuenta Cristina Fallarás en el arranque: tantos milenios las mujeres silenciadas, ninguneadas de los escenarios  que subirse para narrarse es un acto justo, necesario, e incluso, por supuesto revolucionario. La actriz María Botto es la directora de Acción Comadres, así que mal no puede salir esto. 

Karmele Marchante viene a hablar sobre cómo el sistema edadista descuida a las personas mayores. Cuenta que fue a la doctora de cabecera, en la sanidad pública madrileña, y que, preguntó por qué no le mandaban una mamografía de control. La doctora algo avergonzada le contó que a las mujeres mayores de 70 años no les hacen controles de mama. Sus compañeras de escena la miran indignada, y una mujer del público, como si estuviera en el salón de la Fallarás también (de eso se trata el show), protesta y cuenta que sí, que a ella le ha pasado y que es para enfadarse. Marchante dice que, por este sistema liberal y patriarcal “solo le entran ganas de rebelarse” y que se deberían juntar para protestar en las puertas de los centros de salud como mínimo. 

Ni casarse ni tener hijos. He ahí el pensamiento de Marisa Kohan cuando era pequeña. Hoy tiene tres hijos y esta casada con una mujer. La historia que cuenta esta noche - en otras ocasiones tratado sus partos - versa sobre el despertar sexual de una adolescente, en el que, no se encontraba en los estereotipos sobre lesbianas. Cuenta sobre cómo conoció a una mujer, años más tarde de que sus amigas dejaran ser vírgenes, y cómo el amor y la ternura la arrasaron como fuego a bosque de eucaliptos: “Y el primer morreo fue en una cafetería y nos fuimos porque nos miraron fatal”. Se ríen. Ternura a raudales desprende Kohan. 

Zinnia Ríos llegó a las comidas y a las comadres después en una mala época laboral y de ansiedad. Tiene tres hijos y una frescura para contar historias como hierbabuena en la boca. Gracia y desparpajo, un centrifugado de ideas que hace que, espete con palabras, y no haya presente que pestañeé. Hoy se siente fuerte para hablar de sus tres padres: del padre biológico ausente, de la violencia vicaria del que le dio el apellido, y de los tocamientos del tercer hombre que compartió casi 15 años con su madre. Es un drama lo que cuenta pero, su arma se llama claridad y humor. Nadie la para. Es un tsunami arrasando la cosa: sus palabras escuecen e indignan. Tres mal tratos por partes de tres padres. Se ha llevado el combo. Y a Cristina Fallarás le recuerda que, ella también sufrió abusos por parte de un familiar y eso condicionó su relación con el sexo. Hoy con humor y teatralidad pone en marcha su relación con el cunnilingus. 

Y sobre sexo, Cristina Abelló reflexiona sobre lo pronto conoció su propio placer y cómo su educación sexual se ha basado en el porno. Explica que, “haciéndose una resonancia de vida” se dio cuenta que durante años ella ha interpretado a las actrices del porno: las miradas, el dedo en la boca o las posturas. Y que, día a día trabaja mentalmente para dejarse fluir y reconstruir el disfrute. Y sobre hacer disfrutar con música y lamerse las heridas, la cantante Amparo Sánchez, explica que siendo muy joven, en su Granada natal, conoció a un tipo que, con 15 años la dejó embarazada. Enamorada hasta el tuétano, tuvieron al hijo y se fueron a vivir juntos. Los malos tratos y la violencia física se hizo el pan de cada día pero su fuerza huracanada (y la apoyo de su padre feminista), hizo que cogiera su guitarra y recompusiera su vida en Madrid con su hijo. He ahí porqué sus letras cuentan lo que cuentan. Y su historia la cuenta y la canta: es complicadísimo que en esta noche el vello no se erice, que la melodía no te abra, que las espectadoras no gocen y lagrimal rebose. 

En la Sala Mirador, entre el público, se encuentra el escritor y director Fernando Olmeda. Allí lo había llevado su amiga, sentada bajo las luces escénicas, Carla Antonelli, a la que hace años siguió con cámara en mano para retratar cómo volvía treinta y dos años después a su pueblo, Güimar (al sur de Tenerife). El viaje de Carla (se puede ver en Filmin) y esta noche también, relata cómo tuvo que huir de sus pueblo siendo jovencísima, cómo fue empujada a la prostitución para sobrevivir y cómo al fallecer su padre no pudo asistir al entierro a causa de la violencia y el odio que habían ejercido sus paisanos. Años más tarde, volvió a Güimar, con honores que rinden medalla a su labor en la defensa de los derechos LGTBI en este país. Hoy, la Sala Mirador, aplaude non stop la rotonda que en Güimar lleva su nombre, y la inminente aprobación de la 'Ley Trans'. Un abrazo colectivo que dura hora y media, y como festín: la sororidad. 

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