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ENTREVISTA
AUTORA DE 'UN NUEVO CONTRATO SEXUAL'

Andrea García-Santesmases: “Esta ola neoconservadora tiene mucho de heteropesimismo”

Andrea García Santesmases © asis ayerbe

Ana Requena Aguilar

4 de abril de 2026 22:23 h

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Sesenta años después de que empezara la llamada liberación sexual, ¿en qué punto estamos?, ¿hemos conseguido transformar los roles de género?, ¿han cambiado los estereotipos que atenazaban la vida sexual de mujeres y hombres? La investigadora Andrea García-Santesmases se hace estas preguntas en Un nuevo contrato sexual. Placer y poder en la industria del deseo femenino (Ariel), un libro que indaga sobre hasta qué punto la era del Satisfyer y el auge de bienes y servicios sexuales para mujeres supone un avance en esa liberación sexual o es solo un escaparate de marketing y ventas que no transforma el fondo del asunto. “El campo de los servicios eróticos me permitía hacer una pregunta: qué ocurre con el género y las relaciones sexuales cuando cambias algo que parece vertebral, en este caso la premisa de que es el hombre el que busca, incita”, explica la autora, que para su investigación entrevistó a gigolós y a personas que se dedican a diseñar o vender productos y servicios eróticos para mujeres, desde espectáculos a páginas web de contactos.

En las últimas décadas, las mujeres han reclamado su papel como sujetos sexuales y no solo como objetos. ¿Podemos decir que en los últimos años el mercado ha detectado esa demanda y ha convertido a las mujeres en consumidoras de un mercado erótico que se ha ampliado?

El papel de consumidora se ha planteado como algo que automáticamente conlleva el empoderamiento femenino, o el empoderamiento de las mujeres se ha entendido como algo que tiene que ver con el consumo, como algo que el mercado ha sabido cooptar. Hay una reivindicación en torno a la sexualidad que viene del feminismo: sin los feminismos no existiría la posibilidad de hablar de sexualidad femenina, de deseo, de placer. Pero creo que gran parte de esa reivindicación ha sido cooptada por una industria, que es lo que yo denomino la industria del deseo femenino, que lo que hace es estandarizar y mercantilizar esas demandas y convertirlas en bienes y productos que intentan ampliar un mercado que no ha parado de crecer. ¿Cómo se ha logrado que el principal público consumidor de juguetes sexuales sea el femenino? Con varios procesos que son análogos. Por un lado, hay un proceso de higienización. Se hacen espacios más iluminados, más seguros, más agradables, más amables. Acordémonos cómo eran hace 20 años los sexshop, tiendas oscuras y cutres, poco que ver con los de ahora, que casi parecen un Zara Home y con gente majísima que te lo explica todo como si fuera la Thermomix que te compras. Lo mismo con los colores y diseños ergonómicos de los juguetes.

Pero, ¿tiene eso algo de malo?

No digo que esto sea necesariamente malo, pero sí que seamos cuidadosas en pensar todo esto como empoderamiento, porque hay continuamente una cosa en relación a la sexualidad y el consumo que también se vuelve prescriptiva. Ya no solo es que tengas la opción de tal cosa, sino que esa opción se vuelve norma. Es decir, para ser una mujer empoderada tienes que ser una mujer sexualmente activa que a su vez tiene que consumir una serie de cosas. No es tan fácil llegar al mercado afectivo-sexual, se requieren toda una serie de tecnologías de género para hacer el cuerpo deseable, tecnologías que son muy violentas que tienen que ver con la delgadez, con la gordofobia, el racismo...

La liberación sexual nos ha llevado a posiciones y conversaciones necesarias, pero en el libro alerta sobre cómo ciertos posicionamientos postfeministas están generalizando la idea de que lo que una hace o que lo que a una le pasa es únicamente fruto de su esfuerzo, de sus ideas y de su lugar en el mundo, ignorando la sociedad y el marco en el que vivimos, ¿qué efecto tiene eso?

Ha habido conversaciones necesarias que forman parte de la liberación sexual, solo que después se han mezclado con otros factores, como el mercado, o son posicionamientos postfeministas que de alguna manera defienden o asumen que la igualdad existe o que al existir una igualdad formal ya vivimos en igualdad y que, por tanto, todo es una cuestión de lo que cada uno haga y permita. La liberación sexual ha sido imprescindible y hay que agradecerla muchísimo. Lo que me preocupa es cómo estas derivas postfeministas nos dicen que cada una haga lo que quiera porque ya somos iguales y ni mucho menos somos inferiores a un hombre. Es la tesis de que ya no es necesaria la reflexión feminista y mucho menos en el ámbito de la sexualidad. Esta idea de liberación sexual postfeminista es enormemente neoliberal. Es una idea en la que no hay estructura social, donde no hay imaginarios, donde hay un rango de actuación ilimitado, donde querer es poder, donde una puede ser emprendedora sexual de una misma y lo que tienes que hacer es esforzarte lo máximo posible, tener los productos a tu alcance, las modificaciones corporales que consideres y ahí lograrás el éxito sexual, que tiene mucho que ver también con el éxito en general.

Es una dicotomía: tienes que ser eternamente joven, deseable y bella, pero que no parezca que lo intentas mucho y que no se note cuando lo intentas porque eso es patético. Eso me recuerda un poco a la dicotomía de tienes que follar mucho, con cuantos más mejor, pero al mismo tiempo no seas tonta porque cualquier tipo te puede violar en cualquier momento, pero al mismo tiempo vete a Tinder, pero manda ubicación en tiempo real

Hablando de esas tecnologías para ser deseable y llegar al mercado sexual, ¿tienen fin?, ¿son una trampa, en el sentido de que da igual lo que haga una mujer porque siempre lo hará mal o será insuficiente? En el libro habla de Madonna como ejemplo de una mujer más mayor que ha hecho uso de ciertas tecnologías para mantenerse joven pero que también es criticada por ello, y no ha sido la única a la que eso le ha sucedido...

La vejez ya se empieza a considerar algo que no procede demasiado a menos que te mantengas eternamente joven. Es una dicotomía: tienes que ser eternamente joven, deseable y bella, pero que no parezca que lo intentas mucho y que no se note cuando lo intentas porque eso es patético. Eso me recuerda un poco a la dicotomía de tienes que follar mucho, con cuantos más mejor, pero al mismo tiempo no seas tonta porque cualquier tipo te puede violar en cualquier momento, pero al mismo tiempo vete a Tinder, pero manda ubicación en tiempo real.

La violencia sexual, el temor a esa violencia, está muy presente en el libro, en las historias que aparecen, ¿es imposible para las mujeres pensar en el sexo o en el placer sin pensar en la violencia sexual?

Es fundamental haber visibilizado la violencia sexual, pero existen dos mensajes contradictorios. Para las chicas más jóvenes, la sexualidad es un terreno prescriptivo de exploración. Lo analiza, por ejemplo, la socióloga Lisa Wade, que indaga en la cultura sexual en los campus estadounidenses y explica cómo los que vienen de entornos conservadores, religiosos, rurales, de familias muy cerradas sienten en el primer mes que tienen que perder la virginidad, porque, si no, no van a tener una vida universitaria exitosa. La felicidad de la vida universitaria pasa por la relación sexual y empieza a generarse una ansiedad en las primeras semanas de clase. Y, al mismo tiempo, cada vez más en los campus estadounidenses existe una visibilización de la violencia sexual. Entonces, ¿cómo vivir y expresar el deseo en esa dicotomía?

En el libro cuenta cómo el 'peligro' está presente también para quienes diseñan o comercializan este tipo de servicios, desde apps de citas hasta shows...

Fue una de las cosas que más me interesaba analizar, porque todos estos servicios o bienes se venden siempre desde una lógica festiva, de mujeres que se lo están pasando muy bien, pero los proveedores son muy conscientes, y no porque tengan una perspectiva feminista, de que una de las principales dificultades que tienen para lograr público femenino es la posibilidad de la violencia. Cuando hablas con los coordinadores de webs o con los que llevan un sitio de estriptis sobre cómo eligen a los chicos siempre está la tensión entre que tienen que ser hombres prototípicos, no solo en sentido físico, sino de performance de género (con labia, seductores, graciosos), que se acerquen, pero que no se pasen. La tensión con el límite entre que las mujeres se lo pasen muy bien y que de repente pueda ser violento o incómodo. Esos límites son interesantes porque tienen que ver con continuamente pensar que el cuerpo vulnerable es femenino y en ese pensarlo, también se vuelve el cuerpo vulnerable todo el tiempo.

De lo que más me sorprendió en la investigación es que el miedo no cambia de bando, aun en estos servicios que se plantean que la mujer es la que tiene el poder porque demanda y consume y el hombre es el que puede ser objetivizado, precarizado o denigrado. Puede haber lógicas simbólicas de objetivización, pero desde luego no hay lógicas materiales de dominación.

De lo que más me sorprendió en la investigación es que el miedo no cambia de bando, aun en estos servicios que se plantean que la mujer es la que tiene el poder porque demanda y consume y el hombre es el que puede ser objetualizado, precarizado o denigrado. Puede haber lógicas simbólicas de objetualización, pero desde luego no hay lógicas materiales de dominación

Últimamente se habla mucho de heteropesimismo, un término que se ha acuñado para referirse a una sensación colectiva de una parte de la población femenina heterosexual de decepción y desgaste por la dificultad de encontrar relaciones con hombres que satisfagan unos estándares mínimos. ¿Qué tiene que ver el heteropesimismo con los hallazgos de su investigación?

Mi tesis sería un poco que este consumo o esta demanda de bienes y servicios tiene más que ver con el pesimismo que con el empoderamiento. Aunque estos servicios se plantean para una mujer empoderada, para una mujer que sabe lo que quiere, que puede hacer lo mismo que un hombre, que se ha desembarazado de los prejuicios morales, que tiene recursos económicos propios, que invierte en sí misma y en su placer, hay muy poca investigación sobre este tema. Una hecha por la antropóloga Akiko Takeyamauna observó clubes para mujeres en Tokio, donde hay chicos jóvenes que adulan y seducen a las mujeres y ellas pagan las copas, que son carísimas y que son por lo que ellos facturan. Luego, en ocasiones, establecen relaciones afectivas y sexuales fuera del local, pero allí lo que ocurre es este formato cita donde además intentan fidelizar a las clientas. Las copas son más caras en días como San Valentín o en sus cumpleaños. La investigadora dice que lo que pareciera que rompe con la imagen tradicional de la mujer japonesa es algo que la mayor parte de las mujeres que lo consumen hacen para poder seguir en ese rol de la mujer abnegada y sumisa. Para por fin sentirse seducidas, halagadas, acompañadas, para luego ir a casa y seguir esclavizada por el marido sin tener un proyecto propio, habiendo renunciado a sus carreras, a sus amistades, sabiendo que el marido tiene amantes.

Me parece interesante esa idea de que en realidad no rompe con la feminidad normativa, sino que sirve para sostenerla. Es como un escape. Mi tesis sería que este consumo tiene más que ver con esa desgana y ese desencanto con la heterosexualidad, con que exista brecha orgásmica, con que haya ghosting o no haya responsabilidad afectiva, con que haya objetivización... El consumo tiene más que ver con un mercado que te dice que si tú pagas, tú mandas, con intentar controlar esos elementos negativos de la heterosexualidad, que realmente con un empoderamiento, con la búsqueda de algo distinto.

¿No puede ser que muchas mujeres sí estén buscando algo distinto, que estén buscando su propio camino al placer y el deseo?

Sí, muchas, puede que la mayoría, estén buscando algo distinto o estén buscando la exploración de su sexualidad y su deseo. El tema es que, aunque sea eso lo que busquen, esa búsqueda suele ser normativa o la estructura lo es, con lo cual lo que te ofrece es algo normativo. Al final, lo que he analizado es la oferta y eso está pensando para un prototipo de mujer específico y el mercado formatea y reduce lo que seguramente sea una demanda mucho más variada y compleja.

La idea para mí es pensar que este nuevo contrato sexual no es el que nos plantea el postfeminismo, no es imitar los patrones tradicionalmente masculinos, no es poder hacer ahora lo que ellos han hecho siempre, es intentar hacer algo diferente, plantear relaciones que pasen por otros lugares y donde la erótica y los afectos tengan cabida. Aprovechar toda la reivindicación que ha habido en torno a desmoralizar el sexo, a plantear el placer femenino y la reivindicación de la sexualidad femenina, la crítica a la heteronorma... pero también problematizar cómo todo eso ha sido cooptado y estandarizado como producto de marketing

¿Cuál es su propuesta para crear un nuevo contrato sexual?

La idea para mí es pensar que este nuevo contrato sexual no es el que nos plantea el postfeminismo, no es imitar los patrones tradicionalmente masculinos, no es poder hacer ahora lo que ellos han hecho siempre, es intentar hacer algo diferente, plantear relaciones que pasen por otros lugares y donde la erótica y los afectos tengan cabida. Aprovechar toda la reivindicación que ha habido en torno a desmoralizar el sexo, a plantear el placer femenino y la reivindicación de la sexualidad femenina, la crítica a la heteronorma... pero también problematizar cómo todo eso ha sido cooptado y estandarizado como producto de marketing. La cosa no está en juzgar la decisión individual, porque además es consecuencia del feminismo poder elegir y poder decidir, pero sí criticar una heteronorma que hace que solo ciertas rutas sean posibles y deseables. La cosa es que, sabiendo cómo es la norma, cada una hace lo que puede y lidia con las consecuencias. Cuando planteamos el deseo como algo personal e individual, como algo que tenemos, que nos viene de dentro, no vemos que el imaginario del deseo cambia muchísimo históricamente, pero también en el curso de la propia vida.

¿Hay que devolverle el optimismo a la heterosexualidad?

Lo vemos mucho más claro cuando hablamos de reparto de tareas y cuidados: ahí tenemos muy claro que no solo es cuánto dinero ganamos, sino qué reconocimiento tienen las actividades que hacemos, a qué denominamos como algo propio masculino y femenino... Pero luego tenemos un lío en el ámbito privado, en cómo hacer con la erótica y los afectos. Nos faltan también imágenes en positivo. Ahora mismo parece que la heterosexualidad avergüenza o que la única alternativa está en lo queer, lo disidente o lo alternativo. Hay que intentar ser un poco hetero optimistas, porque si no, nos tienen ganada la batalla: creo que esta ola neoconservadora tiene mucho de heteropesimismo, que hay mucha gente joven que entra en la manosfera y en la normatividad femenina y en los discursos conservadores porque sienten una decepción con las promesas de la liberación sexual, con no conseguir relaciones placenteras o duraderas o donde encuentren reconocimiento. Esa gente siente que el nuevo contrato sexual no ha funcionado y que quizá el antiguo no era tan malo porque, al menos, los hombres se responsabilizaban de ciertas cosas o estaba claro el papel de cada uno.

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