Las drogas psicodélicas renacen para el tratamiento de la depresión tras más de medio siglo en el olvido

La psilocibina, presente en los hongos alucinógenos, produce alucinaciones visuales y auditivas y alteraciones profundas de la conciencia horas después de haberse ingerido.

La depresión es uno de los mayores problemas de salud pública en el mundo. Se estima que este trastorno afecta a más de 300 millones de personas en el planeta y es una de las principales causas de discapacidad, según los datos de la Organización Mundial de Salud. Lejos de disminuir, esta dolencia ha ido al alza en casi todos los países en las últimas décadas, acompañado también de un ascenso constante y marcado del consumo de fármacos antidepresivos.

A pesar de las diversas opciones terapéuticas, un porcentaje importante de los pacientes con depresión no responde al tratamiento convencional. Sin embargo, en los últimos años, la investigación científica está abriendo la puerta a una esperanza poco convencional para estas personas. Unas moléculas estigmatizadas durante décadas, las drogas psicodélicas, están recibiendo cada vez más atención en el mundo de la psiquiatría como unas potenciales aliadas que podrían tratar la depresión a través de un mecanismo completamente diferente de los antidepresivos más al uso.

Las moléculas psicodélicas o alucinógenas, que tienen la capacidad para alterar la percepción de la realidad y los procesos cognitivos hasta el punto de generar experiencias alucinatorias, no siempre sufrieron el estigma que hoy les rodea, tanto a nivel social como médico. De hecho, estas moléculas tuvieron su época dorada en el campo de la psiquiatría durante gran parte de los años 50 y 60 del siglo pasado. En aquella época se realizaron centenares de estudios que indagaban en su potencial terapéutico para diferentes trastornos mentales como las adicciones, la ansiedad o la depresión. De hecho, más de 40.000 personas recibieron alucinógenos en ensayos clínicos como parte de un tratamiento experimental.

Sin embargo, la llegada de la contracultura en la década de 1960 en gran parte del mundo occidental popularizó el uso recreativo de los alucinógenos y, con ello, también su estigma. La criminalización y el férreo control de estas sustancias por parte de los gobiernos no tardó en llegar y la difusión de noticias sobre malos viajes y brotes psicóticos por el consumo de estas drogas extendieron su mala fama.

Las importantes restricciones aplicadas a las sustancias psicodélicas supusieron el fin de casi todas las investigaciones centradas en ellas. Así, en cuestión de años, estas drogas pasaron de un lugar destacado en la ciencia médica a prácticamente el destierro.

En los últimos años, la situación ha experimentado un giro de 180 grados. Los alucinógenos están volviendo a recuperar su protagonismo en la psiquiatría y ya no solo desde un punto de vista experimental, sino también en la práctica clínica. En Estados Unidos, empresas, filántropos y universidades están aumentando de forma considerable la financiación de la investigación de los alucinógenos y el número de centros dedicados exclusivamente a esta tarea va en aumento. 

Esketamina para la depresión grave

La esketamina se ha convertido en un símbolo que refleja este cambio de rumbo. En el año 2019, esta molécula fue la primera sustancia con efectos psicodélicos en recibir el visto bueno de diversas agencias, como la Agencia Europea del Medicamento y la Administración de Medicamentos de Estados Unidos, para el tratamiento de la depresión. Derivada de la ketamina, la esketamina posee un beneficio claro para tratar de emergencia a pacientes con depresión grave, especialmente cuando existe un elevado riesgo de suicidio y el tratamiento farmacológico estándar no ha resultado efectivo. Se administra por vía nasal y es de uso exclusivamente hospitalario. En torno a un 25% de los pacientes pueden experimentar efectos disociativos en el que se pierda el contacto con la realidad y aparezcan alteraciones de la percepción visual y auditiva. Por eso, su uso está muy controlado y limitado a los casos más graves.

La esketamina (que se comercializa como Spravato) actúa en el cerebro mediante el bloqueo de los receptores neuronales denominados de NMDA. Eso evita que el neurotransmisor glutamato se una a ellos. A diferencia de los medicamentos antidepresivos convencionales, sus efectos son prácticamente inmediatos (cuestión de horas) y llevan a un alivio del estrés y a una desaparición marcada de los pensamientos suicidas en la mayoría de los pacientes con depresión grave.

Las prometedora psilocibina, la molécula de los hongos mágicos

La molécula alucinógena que más atención científica está recibiendo en los últimos años es la psilocibina. Desde 2007, se han completado al menos una decena de ensayos clínicos que evalúan su papel para tratar la depresión u otros trastornos psicológicos y más de una veintena se encuentran ahora mismo en marcha.

Su consumo, a partir de cierta dosis, provoca alteraciones de la conciencia, pero los últimos estudios muestran un efecto colateral beneficioso: en combinación con la terapia psicológica, la administración de psilocibina parece aliviar de forma rápida y duradera los síntomas de la depresión.

Por el momento, los estudios que respaldan el efecto positivo de la psilocibina para la depresión están limitados por su pequeño número de participantes y por ser en fases tempranas (la mayoría en fase I).

La sustancia se ha aplicado a pacientes con cáncer que sufrían síntomas de depresión y también a personas con depresión mayor. En este último caso, la revista médica JAMA Psychiatry publicó los resultados de un pequeño ensayo clínico en el que el 71% de los pacientes tratados con psilocibina mostraron una mejoría clínica significativa a las cuatro semanas del tratamiento y un 54% mostraron remisión de la depresión (desaparición de los síntomas). Otro estudio, publicado, en la revista The New England Journal of Medicine, observó que el tratamiento con psilocibina era comparable en eficacia al fármaco antidepresivo escitalopram para tratar a personas con depresión mayor de moderada a grave y de larga duración.

Aunque los actuales ensayos clínicos en marcha serán necesarios para aclarar el verdadero papel terapéutico de esta sustancia, no son pocas las hipótesis que se barajan sobre cómo podría actuar este alucinógeno en el cerebro. Hay académicos que defienden que la terapia consigue "reiniciar" el cerebro de las personas con depresión, llevándolas a percibir el mundo y a sí mismas con una nueva perspectiva que los llevaría a escapar del círculo vicioso de pensamientos y comportamientos negativos en el que se encontraban inmersos.

Otros autores lo plantean como un estímulo que favorece la plasticidad del cerebro y "reconfigura" las conexiones neuronales para afrontar los síntomas psicológicos con más facilidad. Una reciente investigación, cuyos resultados se publicaron el pasado 5 de julio en la revista Neuron, respalda esta hipótesis. Los investigadores observaron que la administración de psilocibina en ratones inducía un crecimiento rápido y persistente de conexiones neuronales (denominada sinapsis) en su corteza cerebral y esto podría ser la base estructural para la integración a largo plazo de nuevas experiencias y acciones beneficiosas para el sujeto.

Otros alucinógenos bajo evaluación: LSD, MDMA, DMT…

Más allá de la psilocibina, se están investigando otras drogas psicodélicas como la dietilamida de ácido lisérgico (más conocido como LSD), el MDMA (el éxtasis) o la dimetiltriptamina (DMT) para diferentes trastornos mentales como la ansiedad, la depresión, el trastorno por estrés postraumático, la anorexia nerviosa, la adición, el trastorno obsesivo compulsivo... Los resultados de los actuales y próximos ensayos clínicos decidirán si los alucinógenos llegan a formar parte del arsenal terapéutico de la psiquiatría con un enfoque radicalmente diferente a lo planteado hasta ahora por los tratamientos convencionales con fármacos antidepresivos.

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Publicado el
9 de agosto de 2021 - 22:27 h

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