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Los investigadores protestan contra la precariedad: “¿Cómo explico que presido una sociedad científica pero estoy en el paro?”

Guillermo Varela, neurocientífico.

Daniel Sánchez Caballero

Los investigadores están hartos. Hartos de la incertidumbre laboral que sufren. De la precariedad del trabajo, quien lo tiene. Pero salen a la calle no solo por ellos. Su precariedad es la de la Ciencia, afirman. Que de alguna manera es lo mismo que decir que es la de todos. Quieren defender que invertir en ciencia hace avanzar países. Y que no es casualidad que las naciones más avanzadas y económicamente más potentes sean las que más invierten en investigación.

Por todo ello, la Federación de Jóvenes Investigadores (FJI/Precarios) y la asociación de jóvenes investigadores de la Universidad de Salamanca INNOVA han convocado para este sábado una Marcha por la Ciencia en Madrid en la que exigen un pacto de estado que garantice una inversión anual mínima del 2% del PIB (unos 20.000 millones escasos de euros al año) en investigación, desarrollo e innovación (I+D+i). Así se evitaría, explican los convocantes, “los intereses momentáneos o partidistas”. La marcha cuenta con más de 20.000 apoyos y la respaldan los principales sindicatos.

La mitad que Corea del Sur

“La situación es casi de trinchera”, explica Guillermo Varela, neurocientífico y vocal de la FJI. Más allá de las valoraciones, los datos dibujan un panorama poco halagüeño y en retroceso.

Desde que empezó la crisis en 2009 el gasto público en I+D ha pasado del 1,4% al 1,2%. La media UE, por hacerse a la idea, es del 2,1%. Alemania, Japón u otras potencias están por encima del 3%. Corea del Sur supera el 4%. “Esto da una idea del poder que tiene la I+D para mover la economía y crear desarrollos tecnológicos que mejoren la calidad de la vida de la gente”, cuenta Varela.

“Más grave aún es que los fondos dedicados a investigación por el Gobierno central se redujesen del 0,5% al 0,25% en los Presupuestos Generales del Estado”, explica el manifiesto que acompaña a la marcha. Además, parte de los recursos ni siquiera llegan a materializarse por incluirse como activos financieros (básicamente créditos) que nadie ejecuta. En España, las empresas invierten en investigación un 0,65% del PIB, exactamente la mitad que en Europa (1,3%).

El retroceso sufrido en la financiación se traduce en centros de investigación con laboratorios cerrados por falta de personal, líneas de investigación secas, equipamientos obsoletos o sin utilizar porque no hay técnicos.

“Ahora mismo soy la única postdoctoral en mi departamento”, explica la veterinaria de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria Elena Carretón, que investiga el gusano del corazón, un parásito que afecta a las mascotas y a las personas. “Durante el predoctoral [cuando estaba realizando la tesis] éramos muchos. He pasado a ser el bicho raro porque soy la única que ha llegado hasta aquí”. A su alrededor, laboratorios antes “llenísimos de gente” y ahora cerrados.

Esa es la situación del sector a grandes rasgos. La de los que intentan abrirse camino en él no es mucho mejor. Contratos temporales el que los consigue, mal pagados y con la incertidumbre de lo que vendrá. La estabilización laboral llega al sector con 50 años, cuentan los investigadores. El poder adquisitivo de los contratos postdoctorales ha caído entre un 15% y un 20% en la última década.

Investigar también tiene un coste en salud mental, está demostrado. Dos ejemplos, recogidos en este estudio publicado en Nature: el 41% de las personas que preparan una tesis sufre ansiedad “moderada o severa”, y el 39% depresión en el mismo grado.

El mejor momento, a los 29

Guillermo Varela, neurocientífico de 29 años que trabaja en el campo de la percepción auditiva, cuenta que actualmente, mientras prepara la tesis con un contrato FPI (Formación de Personal Investigador) del Ministerio de Ciencia y Universidades –los más prestigiosos que da el Gobierno–, está en su mejor momento. Pasado y, probablemente, futuro.

“Este es el periodo más estable que he tenido y voy a tener. Estoy en mis años de oro, cobrando 1.200 euros al mes y con un contrato de cuatro años”, explica. Cuando se le acabe, tendrá que haber leído la tesis y se enfrentará al erial investigador. Sus perspectivas de futuro más probables pasan por intentar conseguir un contrato postdoctoral o irse al extranjero, la vía que eligen muchos investigadores.

“Y ese capital de conocimiento, el recurso humano que hemos generado, simplemente se lo regalamos a otro país”, señala. Y no es poco. Un ejemplo: Lorena Carro, una de las organizadoras de la marcha, ha calculado que su formación (carrera más máster más doctorado en Microbiología) le ha supuesto al estado una inversión de 160.000 euros. Solo una tesis en un área biomédica se va hasta los 140.000 euros entre formación, salario y proyecto, calcula la FJI.

“Pero te tienes que ir. Te tienes que ir un año a Alemania, otro a Reino Unido, alternar contratos temporales con periodos de trabajo gratis. Porque la supervivencia en la ciencia es puramente meritocrática, y si te paras o te dedicas a otra cosa –algo que muchos se ven obligados a hacer ante la falta de opciones– te quedas fuera”, cuenta Varela.

Carretón, de 43 años, ya ha pasado por donde está Varela. Tras realizar la tesis, empezó a “encadenar contratitos de tres o seis meses con periodos de paro”, explica. “Según mi jefe iba consiguiendo dinero, me iba contratando”. En esas, se le abrió el cielo. Consiguió un contrato postdoctoral de cuatro años. Pero se le acaba el mes que viene. “Es posible que me salga un contratillo de dos meses. Y luego... no hay continuidad”.

Esta veterinaria sufre una situación paradójica “y bastante incómoda”. Investigadora de prestigio, preside la Sociedad Europea de Dirofilariosis y Angioestrongilosis. Está reconocida a nivel internacional. “Me llaman de Estados Unidos y otros países para que vaya a hablar de lo mío a congresos”, explica. “A ver cómo le digo yo ahora a mis socios europeos o americanos que presido esta sociedad pero estoy en el paro. Estas cosas solo pasan en España. Y no es una exageración”.

A Carretón le preocupa que el daño no solo lo sufre ella, es para todos. “Yo soy la única postdoctoral y detrás de mí no viene nadie. Esto lo he visto en otros grupos”, ilustra. “En su momento tenían muchos predoctorales, lo estaban haciendo muy bien. Pero leyeron sus tesis y lo dejaron para hacer cosas no relacionadas con la investigación [por la falta de oportunidades]. Si los grupos no tienen predoctorales no pueden pedir proyectos: no puedes gastar, no puedes investigar, pierdes competitividad como grupo y eso es muy difícil de recuperar”, advierte.

“El problema no es que yo me vaya a la calle, que también. El problema es que se pierde todo mi trabajo, seguiremos retrocediendo aún más, porque siempre se puede estar peor. Nosotros somos un grupo de investigación con un gran prestigio internacional y si no hay gente que siga, el grupo se deshará”, vaticina.

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