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Jóvenes que se autolesionan: “Es la única forma de sentir algo, incluso que estás viva”
Sitges (Barcelona), 30 may (EFE).- El trastorno mental grave que a Laia le diagnosticaron con 15 años era “un agotamiento y una tristeza tan, tan profunda que te anula”, aunque su entorno lo veía como “pereza”. Solo cuando se autolesionaba sentía un poco de alivio, porque el dolor físico al menos le hacía “sentir algo, incluso que estaba viva”.
Durante el XXIII Seminario Lundbeck, organizado este viernes por la compañía Lundbeck, que este año se celebra bajo el título de “Alerta joven, ¿por qué están más deprimidos los jóvenes?”, Laia Rico ha querido poner voz a tantos jóvenes como ella que han tenido un problema de salud mental y el peso asociado del estigma.
Estaba en segundo de la ESO cuando empezó a notar que algo no iba bien en clase. “Lo primero que recuerdo es sentirme diferente y que no encajaba en ningún sitio. Siempre me ha costado hacer amigos, no tenía ni mi grupito ni mi mejor amiga, pero me llevaba con todos bien, sacaba buenas notas y no me faltaba de nada”, ha relatado.
Luego empezó a dormir mal y a no querer comer. No dejó de ir al instituto, pero en cuanto llegaba a casa iba directa a la cama, de la que le costaba levantarse hasta para darse una ducha. “Es un agotamiento y una tristeza tan, tan profunda que te anula, no puedes hacer nada”.
Su entorno se daba cuenta, “pero nadie lo entendía: lo veían como si fuera pereza, como si yo pudiera hacer algo para cambiarlo”. “Pareces un fantasma”, le decían, aunque lo peor estaba en el instituto, donde le daban “muchísimos ataques de ansiedad”. Sin embargo, los propios profesores pensaban que se le “iba la pinza”.
Algo poco habitual fue que un día admitió a sus padres que necesitaba ayuda y empezó a ver a una psicóloga, a la cual dejó porque no tuvo mucha conexión con ella.
Fue en cuarto de la ESO cuando terminó de hundirse y empezó a autolesionarse. “Es una forma de gestionar las emociones que tienes dentro y que no sabes ponerle nombre, que te abruma tanto que la única solución que ves es hacerte daño para sentir otra cosa que no sea eso. El dolor físico es la única forma de sentir algo, incluso que estás viva”, ha asegurado.
Probó con otra psicóloga, que ya le fue mejor. Su diagnóstico inicial fue una depresión severa, de la que se trató con terapia cognitivo-conductual y muchos antidepresivos, los cuales no le funcionaron, porque lo que descubrió años después es que lo que tenía era un trastorno límite de la personalidad.
Laia nunca ha intentado suicidarse, pero sí ha tenido “muchas ganas de hacerlo”, ideas que todavía no la han abandonado y que vuelven “no a diario, pero sí semanalmente”. Aunque no sabe si “algún día van a desaparecer”, sí que ha “aprendido a vivir con ello”.
Hoy le ayuda mucho saber que hay otras personas como ella y dar este tipo de charlas para ayudarlas en lo que pueda. Sus padres también han aprendido que todo aquello ella no lo hacía porque le apeteciera, sino porque “realmente pasaba algo grave”.
“Mirándolo con perspectiva, entiendo que no pudieran hacerlo mejor, porque la educación que habían recibido, la que había en mi casa, era la que era”, reconoce Laia, que con 23 años ya lleva una vida “completamente funcional”, estudia Psicología, tiene pareja estable y se monta, cada vez que puede, en un avión. “He descubierto que me encanta viajar”, celebra.
Adaya González
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