Narices alteradas después de la COVID-19: cuando todo huele a humo o a podrido
Un día despertó y ya no estaba. “Desapareció”, susurra con resignación, bañada por la luz de la mañana. “Mi olfato desapareció”.
Los días pasan y, abrumada por miles de casos similares al suyo, Susan tira la toalla: “Pero la vida continúa. La comida se hace más picante, más salada, más dulce, más amarga. Te acostumbras. La mayor pérdida son todos los recuerdos que ya no son disparados por un olor. El olfato y la memoria están conectados en el cerebro. La canela podría haberte recordado al delantal de tu abuela. Sin olfato, un océano de imágenes pasadas desaparece”.
El testimonio de esta joven epidemióloga suena como el de varias personas cuyos cuerpos han sido íntimamente alterados por el coronavirus desde comienzos del año pasado.
Escribe Federico Kukso.