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¿Los niños 'desaprenden' en verano?

Niños en un campamento de verano. /EFE

Daniel Sánchez Caballero

Sumergidos en pleno verano, a pocos días de que terminen los campamentos de verano con los que los colegios tratan de aliviar a los padres en el largo estío escolar, llega el abismo de agosto para los pequeños y las dudas para los padres. ¿Qué debo hacer con mi hijo este mes y medio que resta hasta que empiece el colegio? ¿Debe estudiar durante el verano aunque haya rendido satisfactoriamente durante el curso escolar? ¿Es bueno mantener el hábito del trabajo, o preferible una desconexión total? ¿Se desaprende durante estos dos meses de actividad?

Una primera respuesta rápida y muy generalizada es que sí, según opinan los expertos consultados. Es conveniente dedicar un rato al día a hacer algún tipo de actividad relacionada con el ámbito escolar. “La rutina escolar hay que romperla, pero es un error no hacer nada, independientemente del nivel y rendimiento educativo”, resume Covadonga Ruiz de Miguel, profesora de la Universidad Complutense de Madrid y miembro de la Fundación Europea Sociedad y Educación. Menos acuerdo hay respecto a qué tipo de actividades son más convenientes.

La literatura académica al respecto revela que dos meses de inactividad con todo lo relacionado con el estudio provocan una cierta pérdida de lo aprendido. “Y hasta un mes y medio”, apunta Ángel Casajús, vocal de Educación de Colegio Oficial de Pedagogos de Cataluña (COPEC). Un estudio publicado en el American Educational Research Journal también alerta de que el diferente uso que hacen del periodo vacacional las familias en función de su nivel socioeconómico puede influir en el rendimiento escolar posterior y aumentar la brecha educativa entre unos y otros.

Entre lo reglado y lo lúdico

“El verano es una época maravillosa, supone una ruptura con la realidad cotidiana de los otros nueve meses para niños y mayores”, relativiza Francisca Majó, psicopedagoga que ahora dedica sus esfuerzos al colectivo Infancia tras toda una vida dedicada profesionalmente a la educación infantil. Majó defiende que si bien es importante realizar algún tipo de actividad, esta tiene que estar claramente diferenciada de las rutinas escolares. “¿Qué es eso de hacer deberes? No tiene mucho sentido coger un cuaderno y empezar a llenar actividades, son cosas que no tienen nada que ver con la vida. El gran deber es descubrir, captar, expresar”, explica.

Para Majó el verano es más sensorial que material. “El estudio también es descubrimiento, observación, experiencia. Y el verano favorece la actividad, el contacto con la naturaleza, ir al pueblo, vivir experiencias nuevas, cosas desconocidas, practicar todo lo que no se puede hacer durante el curso. El clima favorece que se puedan hacer estas actividades en contacto con la realidad”, argumenta.

Lo cual tampoco es óbice para que no se trate de poner un cierto orden en todo este aprendizaje. “Sí es importante al final del día sintetizar, recoger lo importante del día. Por ejemplo con un diario. Se trabaja la redacción, la capacidad de comunicar, se afianzan conocimientos”, añade.

Casajús es partidario de una pequeña dosis diaria de trabajo para que los niños “no pierdan el punto de formación que habían alcanzado durante el curso”. Este pedagogo reivindica valores olvidados, dice, como la cultura del esfuerzo en aras de optimizar la vuelta a la clase en septiembre. “Es absolutamente necesario reforzar en verano. Cuando vuelven los niños después de dos meses se pasan 15 o 20 días repasando lo del año anterior”, sostiene, circunstancia que además cree injusta para quien sí ha estado repasando. Covadonga Ruiz de Miguel, profesora de la Universidad Complutense de Madrid y miembro de la Fundación Europea Sociedad y Educación, añade que este retraso se puede arrastrar ya “todo el curso”.

Casajús defiende un estudio más reglado durante el estío. Y, en un plano ideal, la implicación de los maestros, “como conocedor absoluto de las mayores diferencias”, a la hora de desarrollar el plan veraniego de trabajo, hecho que según su experiencia no sucede como norma general. En cualquier caso, “para los que lo hagan bien bastaría con ponerle un poco de lectura, actividades instrumentales de lengua y matemáticas”, propone.

Tampoco hay que volverse loco. El día veraniego es muy largo y da para todo. Casajús propone la regla de los 10 minutos para planificar el trabajo. “Hasta tercero de primaria aguantan una media hora trabajando. A partir de ahí, cada curso serían diez minutos más hasta los de sexto de primaria que harían una hora”, ejemplifica. En una línea similar se expresa Ruiz de Miguel: “Es un periodo breve, hablamos de no dedicar más del 10% del día a actividades académicas”.

Ruiz de Miguel se encuentra en una posición intermedia entre trabajo más formal e informal. Pero incide en que “quizá los alumnos más pequeños los que van a obtener mayores beneficios de seguir unas rutinas como prácticas diarias con las competencias básicas (operaciones matemáticas, comprensión lectora...)”. Enseguida matiza que “no es preciso sentarles en una mesa a estudiar todos los días. Se puede introducir una como una rutina más de la jornada: te levantas, desayunas, lees un poco, juegas, vas a la piscina, haces una sumas...”, explica.

¿Más brecha en el rendimiento?

Asentar los conocimientos adquiridos a lo largo del año puede ser más importante aún si se atiende a un estudio de Seth Gershenson sobre cómo influye el uso del tiempo libre en el rendimiento escolar, publicado en 2013. Sostiene el autor que “las tasas diferenciales de la pérdida de conocimientos durante el verano contribuyen a la persistencia de la brecha de rendimiento entre estudiantes de diferentes estatus socioeconómicos”, según cita la profesora Ruiz de Miguel en un artículo reciente publicado en el Instituto Nacional de Evaluación Educativa (INEE). Esto es que, en aquellos alumnos con mayor nivel de renta aprovecharán mejor el verano –académicamente hablando– que sus compañeros más pobres, de manera que a la vuelta la estudiada brecha de rendimiento entre alumnos con mejor y peor estatus socioeconómico como mínimo se mantiene.

Las familias con un nivel social más alto “disponen del tiempo y los recursos para invertir en el desarrollo de sus hijos (...), son más propensas a participar en la educación de sus hijos (...) y participan en las actividades de verano [campamentos, etc.] con mayor frecuencia”, argumentan, hechos que está demostrado influyen positivamente en el rendimiento de los menores.

El estudio alerta de que una de las mayores diferencias se observa en las horas dedicadas a ver la televisión. Los niños de hogares con ingresos bajos ven, según sus datos, dos horas más de televisión al día, un periodo que durante el verano equivale a un mes entero de escolarización. “¿Cómo se podría alentar a padres y niños a emplear ese tiempo de manera más productiva”, se pregunta Ruiz de Miguel.

Para concluir y como recomendación general, los pedagogos destacan que “lo más importante es que el niño no se aburra, que es lo peor que les puede pasar”, dice Majó y corrobora Ruiz de Miguel. Y mantener en mente que el verano es la época del año en la que los padres tienen esa oportunidad de implicarse en la educación de sus hijos que las apretadas agendas de la temporada laboral limitan. Aprovecharlo es cosa de mayores...y de pequeños.

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