El efecto del viento hace que las curiosas sabinas de este bosque canario lleguen a crecer hasta de manera horizontal
En el rincón más occidental de las Islas Canarias hasta más de un experto en botánica podría sorprenderse. Y es que El Hierro, declarada Reserva de la Biosfera por la UNESCO, guarda en su pequeña superficie tesoros naturales de una belleza salvaje e impactante. Entre volcanes y acantilados de vértigo destaca un paraje conocido como El Sabinar, un bosque donde la vida de los árboles se doblega ante los elementos. Este rincón herreño no es solo un espacio protegido, sino un testamento vivo de la resistencia vegetal. Allí, los árboles parecen rendir una eterna reverencia al océano, inclinando sus ramas hasta tocar el suelo.
La protagonista absoluta de este paisaje es la sabina canaria, conocida científicamente como Juniperus turbinata. Aunque en otras regiones este árbol suele crecer erguido y elegante, en la meseta de La Dehesa su destino es muy diferente. Situadas a unos 700 metros de altitud, estas formaciones vegetales se enfrentan a condiciones extremas de suelo volcánico y escasa lluvia. Sin embargo, su capacidad de adaptación es sencillamente asombrosa. A pesar de la aridez del terreno, estos ejemplares logran subsistir extrayendo la humedad de las nubes que acarician constantemente la zona.
Pero el responsable de este espectáculo visual es el viento alisio, que sopla con una violencia inusitada desde el cuadrante noreste. Esta corriente de aire constante actúa como un escultor invisible que moldea la madera dura de los troncos a su antojo. No se trata de un fenómeno estético, sino de una técnica de supervivencia vital de la naturaleza. Las ráfagas obligan a las ramas a buscar el refugio del suelo, evitando la fractura y minimizando la resistencia ante el azote constante. El resultado es un bosque de árboles de curiosas formas, incluida la horizontal, donde cada ejemplar narra una historia de lucha contra las ráfagas oceánicas.
Debido a esta presión atmosférica, las sabinas de El Hierro llegan a crecer pegadas casi a la tierra. Sus copas se inclinan en ángulos imposibles, creando un tapiz de madera grisácea que abraza la superficie volcánica de la isla. Este fenómeno permite al árbol aprovechar la llamada precipitación horizontal de las nubes bajas cargadas de humedad marina. Al situarse en paralelo al suelo, el follaje capta el agua necesaria para compensar la falta de lluvias directas en esta altiplanicie. Es un fenómeno natural que convierte el bosque en algo onírico.
La importancia de estos árboles trasciende lo natural para entrar en el terreno de la identidad cultural herreña. La sabina es el emblema oficial de la isla y figura con orgullo en su escudo local. Durante siglos, su madera resistente fue fundamental para los habitantes, usándose en la construcción de barcos y casas. Desde los antiguos aborígenes hasta los pobladores posteriores, todos valoraron la dureza de este recurso extraído de la naturaleza. Hoy, el bosque está protegido dentro del Parque Rural de Frontera, evitando que la tala o el pastoreo dañen su estructura milenaria.
Entre todos los ejemplares, destaca uno que se ha convertido en el icono fotográfico por excelencia del archipiélago canario. Se trata de una sabina anciana, con un tronco de más de tres metros de diámetro, cuya silueta parece arrodillada ante el horizonte. Su fama es tal que incluso Brian May, guitarrista de Queen, utilizó su imagen para la portada de un disco. Se estima que este árbol tiene unos 500 años de antigüedad, siendo un testigo silencioso de la historia herreña desde el siglo XVI. Verlo de cerca es sentir el peso del tiempo y la fuerza del clima.
Respeto y cuidado
Para visitar este bosque encantado es necesario recorrer carreteras estrechas y serpenteantes que ascienden por el interior insular. El trayecto suele pasar junto al santuario de la Virgen de los Reyes, patrona de la isla, un edificio blanco de 1567. Desde allí, una pista de tierra conduce al visitante hasta el corazón del Sabinar, donde el silencio solo es roto por el silbido del viento. Es fundamental llevar calzado adecuado y algo de abrigo, ya que el clima en la meseta suele ser fresco y nebuloso. El entorno garantiza una experiencia pura.
El Sabinar de El Hierro es, en definitiva, un monumento vivo que exige respeto y cuidado por parte de quienes lo contemplan. Al ser especies frágiles y de crecimiento extremadamente lento, cualquier daño causado puede ser irreversible para ellas. Por ello, se han instalado cuerdas de seguridad para evitar que los visitantes se suban a los troncos o dañen sus ramas centenarias. Caminar entre estos árboles retorcidos es como entrar en un cuento de fantasía esculpido por el aire. El Hierro ofrece así un paisaje que permanece grabado para siempre en la memoria de quien lo visita con respeto y curiosidad.
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