Léon Degrelle: el joven que quiso servir a Dios y acabó sirviendo al Tercer Reich

Léon Degrelle buscó su sitio en la Europa ocupada y acabó atrapado en su propia escalada

Héctor Farrés

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Algunos regímenes autoritarios generaron una galería amplia de figuras que actuaron lejos del foco principal y que quedaron tapadas por los nombres más repetidos. El nazismo produjo dirigentes, agitadores y colaboradores que no alcanzaron la fama de Hitler, Himmler o Goebbels, aunque su papel resultó igual de dañino en sus países de origen. Entre esos perfiles aparece Léon Degrelle, un político belga que pasó de la militancia católica a la adhesión al Reich y que construyó su carrera a base de propaganda, gestos extremos y decisiones sin retorno.

Su recorrido ayuda a entender cómo el régimen alemán se apoyó en actores locales que buscaron protagonismo propio y acabaron atrapados en una espiral de violencia. Ese tipo de trayectorias exige un trabajo biográfico que ordene los hechos y los saque del ruido de la mitología nazi.

Según un reportaje del suplemento Papel, una biografía firmada por Pablo Cuevas reconstruye la vida de Degrelle desde una mirada ajena a la propaganda que él mismo difundió durante décadas. El libro, publicado por la editorial Pinolia, repasa su ascenso político, su deriva hacia el colaboracionismo y su sorprendente capacidad para sobrevivir al final de la guerra.

La obra lo presenta como una figura contradictoria, capaz de generar simpatía personal mientras tomaba decisiones que enviaron a otros al frente oriental. El estudio sitúa su caso dentro de un contexto europeo marcado por la ocupación alemana y las fracturas internas en países como Bélgica.

La guerra lo empujó hacia Alemania y selló decisiones que no tuvieron vuelta atrás

Antes de lanzarse a la política, Degrelle utilizó el periodismo como trampolín. Trabajó en la prensa católica de Bruselas y después impulsó publicaciones de derechas con un discurso agresivo contra las élites. Pablo Cuevas explicó que “en realidad, Degrelle nunca fue periodista, fue propagandista de sí mismo”, una idea que resume su forma de entender los medios como herramienta personal. Ese uso constante de la palabra escrita le permitió ganar visibilidad y preparar el terreno para la creación de su propio partido. Desde ahí construyó un mensaje populista que conectó con el malestar social de los años 30.

El alineamiento con los ocupantes, el paso por el frente oriental y la participación en represalias marcaron una etapa de violencia creciente que lo convirtió en un recurso útil para la maquinaria propagandística alemana

Su formación familiar marcó ese camino. Creció en un entorno profundamente católico, con parientes vinculados a la Iglesia y una disciplina diaria rígida. Lejos de la imagen humilde que difundió después, procedía de una familia acomodada, con un padre empresario y senador. Cuevas recordó que “su padre tenía una fábrica cervecera y la casa familiar era un palacete”, un dato que desmonta el relato del joven sin recursos. Esa combinación de fe militante y posición económica le dio contactos y confianza para moverse en círculos políticos desde muy pronto.

El giro definitivo llegó con la guerra. Tras varios fracasos electorales y el distanciamiento de la Iglesia belga, Degrelle apostó por alinearse con Alemania. Se presentó en público rodeado de símbolos nazis y se ofreció como aliado de los ocupantes. Acabó marchando al frente oriental con voluntarios valones integrados en el ejército alemán.

Su aprendizaje militar fue tardío y lleno de episodios caóticos, pero terminó convertido en una figura útil para la propaganda del Reich tras la retirada de Stalingrado. En 1944 tomó decisiones brutales, como añadir nombres a una lista de represalias que acabaron en fusilamientos.

La huida a España le garantizó décadas de protección y una vejez sin juicios

La derrota alemana lo empujó a huir. En agosto de 1945 logró llegar a España tras un aterrizaje forzado en la bahía de La Concha. El régimen franquista lo protegió durante décadas, le facilitó documentación y permitió que llevara una vida pública discreta pero activa. Cuevas señaló que “España se lo tragó frente a una Europa que lo reclamaba”, una frase que resume esa impunidad. Bélgica pidió su extradición, pero la falta de presión internacional y los cálculos diplomáticos del franquismo jugaron a su favor.

El aterrizaje forzado en San Sebastián abrió una larga etapa bajo amparo franquista

Durante casi medio siglo en España, Degrelle mantuvo contactos con círculos neofascistas y cultivó su imagen sin afrontar responsabilidades penales. Murió de anciano, lejos de los tribunales europeos, mientras otros colaboradores fueron juzgados.

Su caso muestra cómo algunos personajes del nazismo quedaron a la sombra de los grandes jerarcas y, aun así, lograron escapar de las consecuencias de sus actos. Entender esas biografías permite completar el mapa real de la colaboración en Europa y desmontar relatos que simplifican un pasado mucho más incómodo.

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