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Ecología de un catálogo de juguetes

juguete

En las navidades me gusta ojear los catálogos de juguetes, por un lado porque me recuerdan a la infancia cuando jugaba con mi hermano a ver quien se “pedía” más rápido el que más le gustaba de cada página. Momentos en los que soñábamos despiertos a acaparar tantos juguetes como fuera posible, sin darnos cuenta de que el catálogo en sí ya era un juego. Con el paso de los años la atracción evolucionó hacia la curiosidad sociológica, ver en los catálogos los cambios y tendencias de nuestra sociedad de consumo: modas, relaciones de género, militarismo, diversidad...

Jugar es un aspecto esencial de la vida, especialmente durante la infancia, donde, a parte de divertirnos, conocemos e interiorizamos muchas claves del funcionamiento de nuestras sociedades. El aprendizaje por imitación es una de las dinámicas del juego y se basa en las neuronas espejo, que se activan en nuestro cerebro cuando tratamos de comprender las acciones emprendidas por otras personas, pues su comportamiento se refleja en nuestra mente como si estuviéramos realizando dichas acciones. La neurociencia sostiene la importancia del aprendizaje por imitación en el desarrollo personal de capacidades cognitivas esenciales para la vida social como la empatía.

Y no he parado de dar vueltas a esto, desde que hace unos días me encontré con la imagen que ilustra este artículo; tres objetos de uso cotidiano que se venden como un pack de juguetes infantiles. Un pack que ilustra un modelo educativo inconsciente, tanto porque está naturalizado y se transmite de forma no intencional, inconsciente porque desvela una falta de conciencia ambiental. Televisión, móvil y coche son tres objetos que simbolizan la colonización de nuestros imaginarios por unos estilos de vida insostenibles, y con los que adultos e infantes deberíamos cambiar drásticamente la forma en la que nos relacionamos.

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Política para tiempos de invierno

El éxito de Vox en las elecciones andaluzas nos avisa de que el invierno ha llegado a la política española. Si hace dos años el tiempo político se asemejaba al otoño, por toda la podredumbre que en aquellos momentos inundaba nuestra vida pública, ahora podemos decir claramente que estamos en invierno, estación que en la tradición china se asocia a la emoción del miedo.

Como escribía hace unos días mi paisano Juan Peña el auge de la derecha se puede atribuir fácilmente a la precariedad y zozobra en la que nos han sumido, tanto la crisis económica como las múltiples crisis de este siglo. A la precariedad de los empleos que se suma la inestabilidad de las convicciones, el cambio de los roles de género, la amenaza del cambio climático, y, como guinda, el miedo a perder la nación española. Es normal que el votante intente anclarse buscando seguridades y es lógico que se sienta atraído por esta “nueva” derecha que se viste de todos los símbolos que evocan la tierra. Las imágenes que escogen los vídeos de Vox son muy reveladoras a este respecto porque todas apuntan hacia esa dimensión terrestre: el hombre en la montaña, el trigo, la horizontalidad total y marrón de la llanura, los hombres a caballo, las botas, la boina...

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Ropa agroecológica para proteger el mar

El plástico es un material tan utilizado que ya cada vez menos recuerdan los tiempos en los que las muñecas eran de porcelana y las botellas de leche, retornables. Aún queda gente de esa época, no obstante, pues su aparición en masa data tan sólo de los años 50. Barato y maleable, su uso desechable masivo y la falta de previsión para tratar un material que la biosfera no puede reintegrar en sus ciclos hace que inevitablemente acabe en la alcantarilla del mundo: el océano. Los plásticos plantean un problema ambiental tan grande, tan en aumento y con tantos aspectos cruzados que hasta los gobiernos mundiales, reunidos bajo l a Asamblea General de la ONU, ya han llamado a la acción.

Los seres humanos somos muy visuales, y los científico s no somos para meno s. No es extraño que, sobre este problema, la atención haya estado centrada en la parte más visible del problema: bolsas de plástico o restos de envases que se acumulan en diversos animales, o que acaban lavados en playas de zonas de alto valor natural. Las acciones para resolver el problema que está más frente a nuestros ojos se multiplican, y entre otras surgen iniciativas para recicl ar estos residuos en fibra textil (poliéster, acrílico), siguiendo los principios de la economía circular. Pero lo que el ojo no ve, los microplásticos, plantea un serio problema de sostenibilidad a la larga, pues podemos estar aplazando el problema en vez de solucionarlo.

Se está alertando cada vez más de componentes necesarios para la acción abrasiva de ciertos cosméticos (cremas exfoliantes, pasta de dientes). Se comenta además que la degradación de los plásticos de gran tamaño acaba inevitablemente produciendo microplásticos. Sin embargo, evidencia científica reciente ha descubierto que las fuentes más preocupantes de los mismos resultan del lavado de prendas artificiales. En cada lavado liberamos a los torrentes de agua millones y millones de microfibras que superan las barreras de las depuradoras y acaban inevitablemente en el mar. En concreto, aquellas prendas que muestran más densidad, como los forros polares, son fuentes tremendas de microplásticos, capaces de alterar el metabolismo de los animales marinos y con probada capacidad de atravesar las membranas celulares. La multitud de fuentes de plástico que manejamos, además, implica que tendremos este problema durante cientos o miles de años, y eso aunque actuemos para que no se haga aún mayor, cosa que de momento no estamos haciendo.

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La cumbre del clima en Katowice: distinta ciudad, misma historia

La cumbre del clima en Katowice, Polonia

Termina la cumbre del clima en Katowice, la conocida como COP24, que aunque no ha tenido la visibilidad que si ganó la cumbre de París su trascendencia era igual o mayor. Esta cumbre que debía cerrar y concretar el compromiso de mantener el incremento de la temperatura global muy por debajo de los 2 ºC y a ser posible en 1,5 ºC cierra nuevamente en falso. Y ya van 3 cierres así desde que se aprobase el Acuerdo de París.

Era obvio a priori, la insuficiencia de tiempo para la negociación, ya que la falta de textos de los anteriores encuentros era una pesada losa para el avance de las negociaciones. Prueba de ello, es cómo muchas primeras versiones salieron durante el encuentro de Bangkok de septiembre, que tuvo que ser fijado de forma extraordinaria cuando la cumbre de Bonn de mayo no adelantó todo el trabajo necesario.

El avance que era previsible es el conocido como libro de reglas que básicamente son las partes más técnicas, influidas enormemente por las necesidades de contabilidad y científicas y que se basaba en anteriores decisiones de la COP y de los protocolos del IPCC. Aunque este libro si que debería haber recogido una serie de decisiones políticas en materia de adaptación, financiación e incremento de la ambición, pero son precisamente estos artículos los que han caído de la redacción final. Podemos afirmar que el libro de reglas se convierte finalmente en un protocolo de contabilidad de emisiones al olvidar incluir como se financiará la lucha climática y cómo se ajustarán los compromisos de reducción a los niveles necesarios.

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La ultraderecha: el voto productivista contra el mundo

Manifestaciones por segundo día contra Vox en varias ciudades andaluzas

Me resisto a presentar el ascenso electoral de la ultraderecha como un síntoma o como una coyuntura. La irrupción de Vox, la elección de Bolsonaro o de Trump, el ímpetu racista de Salvini o de Orbán son más bien un oleaje producto de un mar de fondo. Una marea inhóspita que viene cobrando fuerza en las últimas décadas. La ultraderecha es un producto mediáticamente refinado por sectores neoliberales (empresariales, financieros, mediáticos) que han alzado su vuelo con alas muy conservadoras, comprometidas con la defensa de un orden y de unos privilegios.

Bolsonaro es hijo del grupo parlamentario de la BBB, como dicen por Brasil: bala, buey y biblia, correspondiendo a tres bancadas parlamentarias que se identifican con quienes medran a la sombra de la militarización del país, la defensora del agronegocio y la proveniente del sector evangélico. Vienen siendo mayoría en el Congreso brasileño. No dudaron en apoyar el golpe de Estado frente a Dilma Rousseff. En Brasil, como en otros lugares del mundo, esta ultraderecha se benefició de las promesas no cumplidas y las corruptelas no señaladas por una izquierda cómoda en la cogestión de grandes parcelas del neoliberalismo. Pero sobre todo adquirieron aire con los poderosos grupos mediáticos evangelistas y sus acólitos (Iglesia Universal del Reino de Dios, televisiones como Record TV, periódicos, canales en youtube) a los que bombardearon con su subpolítica de los memes: aquella que sólo caricaturiza y promueve el odio como fundamento político, siguiendo la doctrina Bannon.

De la misma manera, para entender a Trump hay que hablar de élites y de una cultura derechizante reconocida como la Alt-Right: publicaciones en internet como Breitbart, youtubers y canales volcados con la magnificación de sucesos de inseguridad y la propaganda racista, televisiones como Fox, etc. Compañías eléctricas, petroleras y automovilísticas vieron en Trump un camino contrario a Obama y directo para frenar directivas contra el cambio climático, otras que impidieran el control de emisiones tóxicas de sus centrales y prospecciones o que pusiera fin a los sobornos en países que dan el visto bueno a sus negativos impactos ambientales.

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De chalecos amarillos, transición ecológica e igualdad social

El movimiento más indefinible desborda al "macronismo"

El movimiento de los chalecos amarillos en Francia no hace más que aumentar su fuerza. Nacido desde la ciudadanía, mayormente rural y periférica, no tiene ninguna organización que lo represente y ha conseguido la aceptación del 72% de los franceses incluso tras las violentas manifestaciones del pasado fin de semana.

Responde al hartazgo de una ciudadanía que no soporta más subidas de impuestos a cambio de nada y apuntala directamente contra el presidente Macron, al que piden la dimisión. La virulencia de las últimas manifestaciones hace que se le compare con el mayo del 68. Una de las manifestaciones previstas para el próximo sábado 8 de diciembre recurre un todavía más icónico símbolo de revolución: la Bastilla

Resulta curioso que la gota que haya colmado el vaso haya sido la subida del precio del diésel, la medida más emblemática sobre fiscalidad ambiental, que debería reportar beneficios no solo ambientales y climáticos, sino además contribuir a la redistribución de la riqueza, como ya expuse en una anterior tribuna.

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Extinción/Rebelión ¿La hora de la desobediencia civil ante el colapso ecológico?

Extinction/Rebelión

Hace meses que cafés, escuelas, centros culturales y locales asociativos, de Reino Unido vibraban con una intensa actividad sociocultural en torno a un tema como la gravedad y excepcionalidad que supone la crisis ecológica. Centenares de conferencias y debates, tertulias, talleres, artículos en medios locales o intervenciones en radios comunitarias… eran los pequeños y silenciosos pasos con los que arrancaba la campaña Extinción/Rebelión.

Ante la falta de liderazgo institucional y el desinterés mostrado por los partidos políticos, que suelen encontrar en la crisis ecológica una cuestión incómoda para sus cortoplacistas cálculos en términos electorales, una amplia coalición de colectivos sociales y ecologistas decidían pasar a la acción. La iniciativa ha sido respaldada por un pluralidad de intelectuales, más de un centenar de académicos e incluso por algunos arzobispos como el de Canterbury. El activista y columnista George Monbiot planteaba en un texto alentando a la campaña cómo no podemos salvarnos sin oponernos a l control oligárquico; la lucha por la democracia y la justicia y la lucha contra el colapso ambiental son lo mismo. No permitamos que quienes han causado esta crisis definan los límites de la acción política.

Y es que la principal singularidad de este llamamiento a la acción ha sido apelar al inicio de una campaña de desobediencia civil, masiva, pacífica y sostenida en el tiempo; cuyo objetivo es presionar a la clase política y activar a la sociedad ante el colapso climático y la crisis ecológica. Un desafío que se conecta con otros episodios históricos en los que la ciudadanía desobedeció como una forma de alterar el injusto orden existente (abolicionistas, sufragistas, Gandhi, derechos civiles... ) y lograr que se tomaran determinadas medidas, que hoy forman parte del sentido común pero que en su momento suponían propuestas rupturistas y verdaderas provocaciones.

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La insostenible cara oculta de la carne 'low cost'

Protestas por el proyecto de una macrogranja con 140.000 cerdos en Pozuelo (Albacete)

La proliferación de proyectos de ganadería intensiva, dirigidos a producir la máxima cantidad de carne en el mínimo tiempo posible sin importar la calidad, está teniendo impactos ambientales, sanitarios y sociales gravísimos en nuestro país. Este miércoles, 21 de noviembre, grupos ecologistas, plataformas vecinales y sindicatos agrarios acudimos al Parlamento Europeo para denunciar la situación en el Estado Español y proponer formas de producción alimentaria saludables, sostenibles y respetuosas con la vida en el medio rural. 

Apoyada por Florent Marcellesi, del grupo parlamentario EQUO/Primavera Europea, se celebrará ese día la conferencia “Ganadería Industrial: la cara oculta de la carne low-cost” y, seguidamente, la Coordinadora Estatal Stop Ganadería Industrial, que representa a movimientos vecinales de toda la península, entregará una petición a la Secretaría General de la Comisión Europea, solicitando a la CE que actúe ante los graves y reiterados incumplimientos en España de normativas ambientales europeas. Entre estos incumplimientos, cabe destacar que numerosos proyectos de macrogranjas se conceden en nuestro país en espacios naturales protegidos (zonas LIC, ZEPA y espacios de la Red Natura2000) y que España lleva incumpliendo desde 2010 los límites de emisión de amoniaco, siendo el 94% de las emisiones declaradas procedentes de la ganadería industrial. En el mismo sentido, hace escasos días que la CE anunciaba un procedimiento de infracción contra España por la insuficiente protección de las aguas frente a la contaminación por nitratos procedentes de fuentes agraria. Son muchos los municipios de nuestro país que se han quedado sin agua potable en los últimos años por contaminación con nitratos derivados de la mala gestión de los purines en industrias avícolas y de porcino.

La proliferación de macrogranjas está siendo alarmante en nuestro país, entre otras cosas, debido a que la legislación que regula este tipo de instalaciones es mucho más laxa en España que en otros países europeos. Por dimensionar el problema, sólo en Castilla la Mancha se solicitaron 100 instalaciones de ganadería industrial en 2016 y otros 100 nuevos proyectos en 2017. En Soria se estudia la instalación de una explotación de 20.000 vacas de leche que representaría la mayor de la Unión Europea. La situación ha dado lugar a una fuerte movilización ciudadana en oposición a estas infraestructuras además de la alarma entre los sindicatos agrarios que prevén la pérdida de miles de empleos en el sector.

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Estados de emergencia

Reunión del IPCC sobre cambia climático

Este martes, pasadas algunas semanas tras la publicación del informe del IPCC sobre cómo evitar que la temperatura media de la Tierra supere los +1,5 ºC con respecto a la segunda mitad del siglo XIX, es ya bien conocido por muchos que, a pesar de sus severas aseveraciones y sus crueles predicciones, el informe en cuestión se queda corto en el nivel de alarma global que el texto rezuma por lo menos explícitamente. No resulta extraño, pues desde siempre los informes del IPCC han presentado una situación sensiblemente menos problemática que la cruda realidad estrictamente física. Es más: a cada nuevo informe, de todos los que ha emitido desde 1990, la situación presentada ha sido, sistemáticamente, peor que la anterior en muchos de sus parámetros, también en el pensamiento mágico empleado al sugerir respuestas tecnológicas. Por tanto, algo que podemos inferir de este informe que nos ocupa, es que, en algún grado, presenta una situación de menor urgencia y mayor viabilidad que las estrictamente reales.

Esto puede sorprender a muchos dada la confianza, casi siempre justificada, que se otorga a los hallazgos científicos. Para entenderlo es preciso darse cuenta de que el IPCC no hace ciencia. El IPCC es un organismo de integración ( assessment) de la multitud de trabajos sobre cambio climático, en número de decenas de miles, realizados por centenares de grupos de investigación de todo el mundo. El IPCC no forma parte del método científico propiamente dicho: es una institución que interviene en el proceso de avance científico: sí, la ciencia no es solo un método. Es, también, un proceso de aproximación asintótica a la descripción precisa de la realidad.

El IPCC es pues un organismo donde aplica cierto número de efectos psicológicos y sociales, conocidos por la denominada sociología de la ciencia, efectos todos ellos que conducen, de forma sistemática y acumulativa hacia la moderación de las predicciones. Aún así, se parte ya de una situación donde los propios investigadores están sometidos a distintos vectores de presión, entre los que se encuentra la del negacionismo organizado, que ya les modera a priori. El veterano Kevin Anderson, del Tyndall Centre for Climate Change Research escribió en Nature Geoscience en 2015 que “mi larga relación de trabajo con muchos colegas no me deja duda de que, aunque trabajan con diligencia, a menudo contra un telón de fondo de escepticismo organizado, mucho eligen al final censurar su propia investigación.” Porque todos saben que si uno se pasa de catastrofista, por mucho que esas sean sus conclusiones, el peligro de que en la siguiente convocatoria se quede sin fondos para proseguir la investigación es bien real, y no va a ser llamado a participar en los foros más prestigiosos, como el IPCC. Nadie le ha contradicho.

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¿Y si pacificar el tráfico es una declaración de guerra?

La voluntad del Ayuntamiento de Madrid de poner en marcha Madrid Central, prohibiendo el acceso del coche privado al centro de la ciudad, ha desatado un nuevo episodio de una prolongada guerra cultural nacida con la llegada del coche a la ciudad. No hay más que recordar como el primer coche que rodó por las calles de Madrid era conducido por el Conde de Peñalver, que en 1908 volvería a ser nuevamente alcalde de la capital, y encargado del primer Bando Municipal defendiendo la presencia del coche en las calles, cuando este era un artículo de lujo:

“El automóvil no debe circular por una población a velocidades excesivas, produciendo molestias y peligros al vecindario; pero éste, por su parte, no tiene tampoco derecho a disputar a los vehículos, la posesión y disfrute del centro de las calles y plazas, por el que podrá transitar de paso y con las precauciones debidas, cuando tenga que atravesarlas, pero siendo intolerable que pretenda convertirlo en lugar predilecto de tertulias y recreos, cual si los ciudadanos que van en coche no hubieran de merecer de los que van a pie el propio respeto que a estos deben inexcusablemente guardar los primeros”.

Así que no es de extrañar que desde sus inicios las organizaciones cuyo objetivo era fomentar el uso del automóvil funcionasen como un lobby, compuesto por una élite que abracaba de empresarios a políticos e incluso la corona, que presionaba por cambios normativos y legales acordes a sus intereses, así como por provocar un cambio de mentalidad entre la ciudadanía hacia el coche. Lo que nos lleva a remarcar que hacer viable la invasión de la ciudad por el automóvil exigió a las élites reordenar y regular los usos y costumbres a favor de los intereses de las minorías dominantes motorizadas. Y es que como narra magistralmente Alfoso Sanz, el peatón es un invento del automóvil, en 1899 esa palabra denominaba a los carteros encargados de llevar las cartas según e Diccionario General Etimológico de Eduardo Echegaray, para varias décadas después, en 1928, identificar a las personas que utilizan las calles pero no eran conductores.

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