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Vital es el "cuidado", no una renta mínima

Estuvimos muchos días encerrados en casa. Desde hace poco, y según dónde vivas, te encontrarás en diferentes fases que te permitirán más o menos actividad al aire libre, pero siempre bajo la amenaza implícita de que la curva de la COVID-19 vuelva a subir. Las noticias siguen advirtiendo del peligro al que nos exponemos si no respetamos las reglas de la desescalada. Pero la realidad ha demostrado que la gran mayoría de las personas han dado su consentimiento al aislamiento, y lo han hecho no sólo por temor a enfermarse o por miedo a las multas, sino y sobre todo, para cuidar a su seres queridos y a los más vulnerables al coronavirus. La idea de que cuidarse implica cuidar a la comunidad se ha convertido en sentido común. El cuidado de uno mismo, de la propia comunidad y de la vulnerabilidad interdependiente que nos caracteriza ha asumido un papel central en estos tiempos de pandemia. Una centralidad que ofrece la posibilidad de abandonar la idea de que el crecimiento económico sirve para resolver todos los problemas de la humanidad, y que poner el cuidado en el centro nos permite finalmente discutir cuál es la vida que vale la alegría de ser sustentada, durante y después de la pandemia.

Las actividades de cuidado son el conjunto de las acciones diarias que realizamos para garantizar nuestro bienestar y del entorno socio-ambiental en el que vivimos. Este flujo invisible de horas de trabajo no pagado es ingente también en las sociedades industriales y digitales. A título de ejemplo, consideremos que en Cataluña por cada hora de trabajo remunerado corresponde una hora de trabajo no pagado. Pero este flujo de horas no remuneradas, aunque contribuye a nuestro bienestar y felicidad , no tiene el mismo "valor" que el trabajo remunerado.

La falta de dignidad atribuida al trabajo del cuidado y de reproducción de la vida se explica también, y sobre todo, porque son principalmente las mujeres las que organizan, estructuran y realizan estas actividades que subvencionan de manera invisible la economía de mercado. No sorprenderá en consecuencia que sobre todo fue el pensamiento radical feminista, enseguida enriquecido y ampliado por el enfoque ecofeminista, el que visibilizó esta appropriación.

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La necesidad del decrecimiento en tiempos de pandemia

Dos personas montando en bicicleta en la plaza de Venecia en Roma (Italia).

La pandemia ha dejado al descubierto la fragilidad de los sistemas económicos existentes. Las naciones ricas tienen recursos más que suficientes para cubrir la salud pública y las necesidades básicas durante una crisis, y podrían sobrellevar las consecuencias reasignando el trabajo y los recursos de los sectores no esenciales de la economía hacia aquellos esenciales. Sin embargo, por la forma en que los sistemas económicos actuales se organizan en torno a la circulación continua, cualquier disminución de la actividad del mercado amenaza con desencadenar un colapso sistémico, provocando desempleo y empobrecimiento generalizados.

No tiene por qué ser así. Para hacernos más resistentes a las crisis -pandémicas, climáticas, financieras o políticas- tenemos que construir sistemas capaces de reducir la producción de manera que no se pierdan los medios de subsistencia ni la vida. En este sentido, abogamos por el decrecimiento.

Los medios conservadores como Forbes, Financial Times o Spectator, y en España Vozpópuli, han estado declarando que la crisis del coronavirus deja ver "la miseria del decrecimiento". Pero lo que está sucediendo durante la pandemia no es decrecimiento. El decrecimiento es un proyecto por una vida enriquecedora y profunda, por el disfrute de los placeres simples, compartiendo y relacionándonos más, y trabajando menos, en sociedades más igualitarias. El objetivo del decrecimiento es desacelerar las cosas a propósito, con el fin de minimizar el daño a los humanos y a los sistemas terrestres y reducir la explotación.

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Perspectivas del desplazamiento forzado en el contexto de la emergencia climática

El vertiginoso avance de la crisis del clima y los desastres asociados obliga a un número creciente de personas en el mundo a abandonar su hábitat. Cada año, las organizaciones que se ocupan del desplazamiento dan a conocer nuevas cifras récord. Basta revisar los datos para darse cuenta del peligroso tobogán por el que nos deslizamos, para el que no habrá, si no reaccionamos, un suave aterrizaje, sino un brusco choque. Tres fuentes de datos ponen de manifiesto preocupantes tendencias en marcha sobre el desplazamiento forzado.

Primera, las cifras de ACNUR dan una pequeña muestra de estas perspectivas: si en 2018 ACNUR atendía a 70,8 millones de personas, a mediados de 2019 ascendían a 79,4 millones. Si observamos un periodo más amplio, el desplazamiento forzado –incluyendo tanto refugiados como desplazados internos– prácticamente se ha duplicado entre 2009 y 2018, de 43,3 millones de personas en 2009 a 79,4 millones hasta mediados de 2019.

Segunda, las cifras de desplazamiento forzado interno que facilita el Centro de Monitoreo del Desplazamiento Interno (IDMC). Este fenómeno registró un serio aumento (19%) en 2019, hasta 33,4 millones de personas, derivado tanto de conflictos como de desastres. Resulta aún más preocupante que el desplazamiento interno forzado por desastres se disparó un 44% (24,9 millones de personas) en solo un año, y un 48% si atendemos a los desastres vinculados al clima (23,9 millones).

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COVID-19 y la otra primavera silenciosa

Natalia Rak New Mural For Folk On The Street - Białystok, Poland

El nacimiento formal del ecologismo suele fecharse simbólicamente en el año 1962, cuando la bióloga Rachel Carson escribió Primavera silenciosa , donde se alertaba de los peligros del DDT para la biodiversidad y la salud humana. El título aludía especialmente a la pérdida de aves por comer insectos contaminados, y el silencio que dejaba su ausencia en los campos. La publicación del libro inspiró una enorme movilización social, que logró que el Departamento de Agricultura revisara su política sobre pesticidas y el DDT fuera prohibido por la legislación de los EEUU.

A raíz de la emergencia sociosanitaria de la COVID-19 hemos vivido otra primavera silenciosa, donde se ha callado el ruido que hacemos los humanos. El estado de alarma y el confinamiento global han mantenido apagados los motores de millones de coches; se ha paralizado la actividad de cientos de miles de fábricas; aviones y cruceros se han quedado en tierra, las personas permanecemos recluidas en las casas, el consumo de objetos superfluos ha descendido significativamente…

Y la naturaleza ha demostrado su enorme capacidad de resiliencia, recuperando de forma efímera. Así que más allá de lo pintoresco y conmovedor de estas escenas, el reto que tenemos para reencajar nuestras sociedades en la biosfera es la imitación del funcionamiento de la naturaleza. Algo que venimos haciendo desde hace mucho tiempo en el diseño de objetos, el kevlar de los chalecos antibalas está inspirado en los tejidos de las telas de araña o la forma aerodinámica de los trenes, en la de determinadas aves. Aunque en este caso se trata de algo menos restringido y más complejo, como el rediseño del funcionamiento de nuestras economías y de nuestros estilos de vida.

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Cultivar sociedad y conciencia de especie

La salida neoliberal nos ofrece deteriorar nuestro bienestar, incrementar las posibilidades de pandemia y encerrarnos aún más en el perverso círculo de la deuda. ¿Es posible cuestionar este modelo o por el contrario saldrá reforzado bajo la tormenta planetaria del coronavirus?

Dinero al alza, biodiversidad a la baja

El dinero no trae la felicidad y Estados Unidos es un buen ejemplo. Los trabajos del sociólogo Richard Sennett nos advierten de la inseguridad que crea no tener referencias (laborales, afectivas) para responder adecuadamente a la pregunta de "¿a quién le importo?". La precariedad, la contaminación, los malos hábitos alimentarios o las crecientes adicciones a drogas y estupefacientes hacen que la esperanza de vida, sin ser baja, no se encuentre entre los primeros 30 países del mundo. La vida no fluye pero el dinero en forma de crédito, sí. La deuda pública per cápita ronda los 56.000 euros. La presencia militar del país en el mundo, el crecimiento del PIB en las últimas décadas y el papel del dólar como moneda preferente de transacciones parecen asegurar un modelo de "éxito" a base de capital que no existe. Sin embargo, el endeudamiento tiene una cara hostil para el americano medio que acumula un "debe" en sus tarjetas de crédito de 4.000 euros y puede acabar pagando con la cárcel sus impagos. Lo mismo para los 44 millones de estudiantes envueltos en una deuda personal de 37.000 euros adquirida en su paso por universidades privadas. El bienestar no acaba de llegar, antes al contrario. El número de ciudadanos pobres se ha duplicado en los últimos 50 años, mientras sólo un 1% de ciudadanos acumula el 40% de la riqueza.

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Alimentación y pandemias: ¿hacia una nueva economía moral?

Hoy sabemos que los estómagos de la humanidad están sentados encima de un sistema agroalimentario suicida y multi-estúpido. Suicida porque, en medio de un vuelco climático y una masificación en grandes urbes, elabora pandemias como resultado de la intensificación productiva ganadera (hacinamiento, depresión inmunológica, fortalecimiento de virus) y agroforestal (deforestación y monocultivos que llevan a una pérdida de equilibrios que mantenían ciertas bacterias a raya). Estúpido energéticamente porque en este sistema industrializado se invierten muchas kilocalorías (petroleras) en obtener casi las mismas kilocalorías (alimentarias), mientras los cultivos tradicionales diversificados ofrecían entre 10 y 20 veces mejores rendimientos. Irracionalmente estúpido porque desechamos unos 179 kg de alimentos por persona y año, según la Unión Europea, por razones de dietas, falta de tiempo y omnipresencia de estanterías con comida que caduca con rapidez. Insosteniblemente estúpido porque, a más tóxicos en la producción agroganadera, menos polinizadores, y con ello menos flores que llegarán a ser frutos, en un mundo donde los animales aún no hemos aprendido a hacer la fotosíntesis.

Los sistemas agroalimentarios globalizados siguen generando hambrunas y malnutrición, incluso en países antes considerados bien alimentados. Pero los motines alimentarios no se dan cuando hay hambre. Los cambios sociales no son cuestión de "cuanto peor, mejor", mucho menos se derivan de reacciones estomacales. Se precisan referencias para proponer alternativas y caldos de cultivo para hilar el descontento. El historiador ingés Edward Thompson nos recordaba que: "el hambre de verdad (es decir, cuando realmente no hay existencias de alimentos) no suele ir acompañada de motines, ya que hay pocos objetivos racionales para los amotinados". Si interpretamos que la pandemia de la COVID-19 es una suerte de "examen sorpresa" frente a previsibles colapsos sanitarios y alimentarios, como vienen advirtiendo los informes del Panel Internacional del Cambio Climático (IPCC en inglés), entonces estaríamos a tiempo de poder introducir cierta racionalidad en los debates sobre el futuro de nuestra alimentación como especie.

El hambre está instalada en nuestro planeta, ya que es el reverso del negocio globalizado de la comida. Vuelve a resurgir tras cada gran crisis económica, pues al final el acceso a la nutrición adecuada es una cuestión de clases. Y de un conjunto de exclusiones: el mundo alimentario está (des)ordenado y jerarquizado con arreglo a ejes de dominación Norte-Sur, economías periféricas conectadas a metrópolis centrales y también relativos a desigualdades de género. ¿Puede ser el coronavirus una forma de resucitar una cultura popular donde la alimentación sea sinónimo de cuidar territorios y personas? ¿Podremos desafiar el hardware de la gran distribución y la gran industria agrotóxica para proponer una relocalización de canales agroalimentarios de acuerdo a estrategias cooperativas entre producción, comercio de proximidad y defensa del derecho a la nutrición sana a través de leyes y compras públicas?

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Lo que nos aterra a algunos del nuevo coronavirus

Los casos de COVID-19 superan los 900.000 en el mundo

Nada más lejos de nuestra intención que restar importancia al coste humano de la pandemia causada por el SARS-CoV-2: miles de personas han perdido a seres queridos sólo en nuestro país y muchas más lo harán en las próximas semanas. Cada una de esas muertes será una tragedia, y no sobra encomio a la lucha del personal sanitario para evitarlas, ni al esfuerzo de quienes suministran servicios básicos en primera línea de combate. La precariedad laboral y vital que asuela nuestras sociedades convierte además cada desaceleración económica en un drama para millones de trabajadoras y trabajadores. Las crisis golpean diferencialmente a nuestras sociedades según múltiples líneas de fractura: de clase, de género, territoriales, étnicas…

Cada una de esas líneas merece una atención que no podremos prestarle en estos escuetos renglones. Del mismo modo, dejaremos aquí de lado la propia emergencia de salud pública (bien tratada estos días en numerosos textos, por ejemplo éste de Joan Benach) y cargaremos las tintas sobre otros motivos para la alarma, el compromiso y la acción coordinada: los vinculados con una crisis ecosocial que es ya una crisis civilizatoria.

Al aproximarnos a esos otros motivos constatamos que uno de los aspectos más terroríficos de esta pandemia reside en el modo en que nuestra cultura nos invita a contemplar el frenazo que ha ocasionado en nuestras economías. Ese frenazo no debiera presentársenos como algo que ha de ser superado. Muy al contrario, tendría que posibilitar una cuidadosa deliberación en torno a la desesperada urgencia de revertir nuestra extralimitación material y poner fin a la irracionalidad económica que mantiene de forma totalmente innecesaria cantidades absurdas de personas y mercancías dando constantemente vueltas al planeta. Producir por producir y consumir por consumir, de manera que siga girando la rueda de la acumulación de capital, es un desatino que ya fue diagnosticado por los socialistas del siglo XIX, comenzando por Marx. El fin de ese desmedido trajín está, por cierto, a la vuelta de la esquina: queramos o no asumirlo, nuestras sociedades se verán pronto obligadas a usar mucha menos energía primaria.

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Hemos parado en seco: ahora hay que cambiar de dirección

La normalidad se ha quebrado. De un modo brusco y para muchas personas inesperado, nos vemos obligados y obligadas a permanecer en casa. El Estado ha tomado el control de algunas empresas y las camas de hospital se extienden a hoteles y recintos feriales. Militares y policías regulan nuestros movimientos. Los actos más cotidianos quedan proscritos en lo que algunas personas, como el presidente Macron, ya han bautizado como un "estado de guerra". Menos transportes en coche, espacios públicos vacíos, consumo bajo mínimos –sólo las tiendas de alimentación y farmacias permanecen abiertas–, etc. Nos esperan al menos otros quince días más de excepción (y probablemente bastantes semanas o meses más), en los que lo único que sobrevivirá de nuestra vida cotidiana será el uso de internet. Estos días son, y serán, también de angustia por nuestros seres queridos más frágiles y vulnerables. Y no solamente por quienes son susceptibles de enfermar y morir, sino también por quienes durante y tras esta crisis se encontrarán sin empleo, sin casa o en unas casas donde el confinamiento deviene en hacinamiento, con dificultades para llegar a fin de mes, con más precariedad aún de la que ya tenían y/o incapaces de cubrir las tareas de cuidados que tenían impuestas, que además son más imprescindibles que nunca. Una vez más, la crisis recae sobre todo en la población que peor estaba.

Por obra y gracia de un microbio, un ser minúsculo (ni siquiera un ser vivo propiamente) como el coronavirus SARS-cov-2, hemos hecho lo que no fuimos capaces de hacer a lo largo de estos decenios últimos. Momento de parar, nos decía el artista César Manrique en 1985. Parar en seco, remachaba el novelista y poeta William Ospina en 2017, pues "un planeta que durante milenios ha sido el escenario más propicio para la vida podría transfigurarse ante nuestros ojos en una morada inhóspita". Hemos parado en seco, pero no lo hemos hecho como defendemos desde el ecologismo, con justicia social y democracia, sino generando situaciones que, si no actuamos con la misma contundencia que necesitamos contra la pandemia, pueden ser devastadoras para enormes sectores de la población. Quizá podamos aprovechar esta pausa forzada para una reflexión que transcienda lo inmediato.

Más allá de la valoración que podamos realizar sobre el papel que los medios de comunicación han jugado en crear este estado de excepción sobre los peligros de sacar el ejército a la calle y hacerlos responsables de la gestión civil, sobre las consecuencias del repliegue en hogar es sin tener a veces suficientemente en cuenta las relaciones que se dan dentro de ellos o de la regulación de la vida cotidiana a golpe de decreto-ley, el coronavirus dejará tras de sí una enseñanza para toda una generación: la "normalidad" no es algo inamovible, puede cambiar a peor… pero también a mejor.

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El coronavirus y nuestra inseguridad alimentaria

La pandemia del coronavirus amenaza nuestra vida en muchos frentes. Y también pone al descubierto conflictos y debates básicos que como sociedad no podemos dejar de atender: el papel de lo público en nuestras economías, el derecho a la asistencia sanitaria o al empleo, los peajes que impone la llamada "globalización", entre otros. También somos interpelados como ciudadanía. La existencia (o no) de respuestas más allá del Gobierno determinarán si somos actores solidarios o más bien marionetas para el consumo. Y dándole vueltas a la reacción nerviosa y compulsiva con respecto al acaparamiento de productos como conservas, productos precocinados, leche o papel higiénico: ¿en qué hábitos alimentarios andamos metidos? ¿podemos hablar de una creciente inseguridad alimentaria en países que se supone "desarrollados"? La respuesta a esta última pregunta es un rotundo sí, y lo justificaré seguidamente.

FAO es el organismo de Naciones Unidas centrado en temas de alimentación y agricultura. Considera que existe seguridad alimentaria cuando las personas "tienen acceso físico y económico a suficiente alimento, seguro y nutritivo, para satisfacer sus necesidades alimenticias y sus preferencias".¿Qué estamos constatando estos días con respecto a la accesibilidad? Ciertamente nada parece apuntar a un desabastecimiento en la práctica, pero sí existe una percepción ciudadana de inseguridad alimentaria que se manifiesta en aglomeraciones y acaparamientos frente a siete grandes cadenas de distribución alimentaria. La concentración de las redes alimentarias está excluyendo a la pequeña producción, de ahí las quejas en torno a los injustos precios que se pagan al personal agricultor y ganadero. Es un embudo que, por la parte de la distribución, desata miedos frente a una inseguridad en la adquisición de comidas. ¿Miedos todos infundados? Recordemos lo que ocurrió en el 2008. Una huelga de transportistas dejó las estanterías de estas grandes cadenas desabastecidas en tres días. El ejército fue obligado a intervenir. Primera conclusión: miedos y embudos podrían superarse a través de sistemas agroalimentarios más territorializados.

En segundo lugar, la accesibilidad no es una mera cuestión logística. Es ante todo una cuestión de desigualdades sociales.Tanto en cantidades como, sobre todo, en calidades. En este país un 22% de la población se considera bajo el umbral de la pobreza, lo que ocasiona que parte o toda su alimentación provenga de ayudas sociales, en particular de los bancos alimentarios que gestionan mayoritariamente entidades religiosas y voluntariados varios. El coronavirus, aunque partiera más de las salas de espera de los aeropuertos, va a acabar afectando más a las clases más populares, las que viajan menos. Por la vía del parón económico ante todo y la adopción de medidas "sociales" como la presentada por la Comunidad de Madrid: una conocida franquicia de pizzas será el comedor al que Sanidad dirigirá a buena parte de los niños considerados "desfavorecidos" en esta región. Inseguridades todasque se ve amplificada como indica Isabel Álvarez, debido a la patologización de ciertas enfermedades y a su mayor responsabilidad en tareas relacionadas con la alimentación en nuestros hogares: un 90% de los trastornos alimentarios son padecidos por mujeres.

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Coronavirus y colapso ecosocial: enseñanzas y riesgos

El colapso era, entre otras cosas, esto. No solamente escasez de energía –reflejada, por ejemplo, en la inestabilidad del precio del petróleo–, desestabilización climática –con mayor incidencia de fenómenos climáticos extremos como el Gloria–, erosión del suelo fértil, dificultades de acceso al agua dulce o pérdida de biodiversidad. Como nos recuerda Ahmed Nafeez, era bien sabido que la intensificación de la globalización de la industria combinada con los cambios de uso de suelo masivos y las transformaciones climáticas podían generar pandemias globales fruto del trasvase de enfermedades animales entre sí y de éstos a los humanos. Es decir, el coronavirus es sólo uno de los probables casos de pandemia global que se vendrán a sumar las perspectivas de colapso en este siglo XXI. Desastres que, lejos de ser naturales, se convertirán en manifestaciones de la capacidad social de respuesta a un estado de emergencia que ha llegado para quedarse.

La primera prueba de fuego no ha arrojado respuestas muy esperanzadoras. En China hemos visto cómo la dinámica autoritaria de un gobierno sin máscaras no solamente se ha extendido, sino que ha ganado una legitimidad sin precedentes. Las draconianas medidas de aislamiento, seguimiento, intervención estatal y control de la población han supuesto una definitiva vuelta de tuerca al régimen de control cibernético. Una nueva cultura represiva que lleva décadas incubándose y que eclosionó en la represión de las movilizaciones en Hong Kong. Este autorismo, sin embargo, se presenta en los medios de comunicación como paradigma de la efectividad, como única respuesta eficiente ante escenarios de emergencia. Un elogio que viene de la mano de una crítica implícita a la Unión Europea por su "desorganización", su falta de "coordinación", la "suavidad" de sus medidas y la lentitud de sus procedimientos de toma de decisiones. Tanto es así, que Italia no ha tardado en tomar nota de las medidas chinas para trasladarlas a su propio territorio. El Estado Español, como estamos viendo, no tardará en seguir la misma senda. Para dar confianza y demostrar que la "democracia" también puede ser efectiva, ¿qué mejor que erosionarla?

Todo parece indicar que para gran parte de la población la moraleja de esta emergencia planetaria es la ineficiencia de una democracia inerme. La deseabilidad de centros de decisión centralizados, jeraquizados y capaces de imponer autoritariamente patrones de comportamiento social e individual. Los límites de la democracia liberal no dibujan la posibilidad de una organización política autónoma. La emergencia no se convierte en caldo de cultivo de una apuesta por la democracia directa. Lo que el miedo, parcialmente creado desde los medios de comunicación, impone es el deseo de una vuelta de tuerca a nuestra dependencia ya casi total del mercado y el Estado. Deseo que, como se constataba en el discurso de ayer de Pedro Sánchez, el Estado no desaprovecha al presentarse como único ente protector y como aglutinador legítimo de los sentires de la mayoría de la población.

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