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Ante la crisis socioecológica… ¿esperanza activa?

Ante la compleja crisis socioecológica a la que nos enfrentamos a escala planetaria, ¿cómo no caer en la desesperanza? ¿Cómo ser capaces de digerir esta situación y poder llevar una "vida buena"? ¿Cómo no sucumbir al "qué más da" o al negacionismo y continuar con este estilo de vida insostenible pero (para bastante gente en los países centrales del sistema) lleno de comodidades?

Tal y como se puede ver, las distopías pueblan diferentes géneros artísticos: literatura, cine o series conducen nuestra imaginación hacia futuros donde poco espacio queda para otros tonos más allá de los grises y negros. Frente a estas propuestas hay quienes, comprendiendo la coyuntura a la que nos enfrentamos, han decidido apostar por ofrecer herramientas para que seamos capaces de aliviar parte del peso que supone el hacerse cargo de esta situación, y que consigamos mirar con otros ojos los proyectos que tenemos delante.

A un nivel más general se puede hablar de las utopías reales de Erik Olin Wright, quien parte del imaginar un futuro distinto y del nutrirse de los ideales emancipatorios, pero tomando como base las potencialidades humanas y coyunturales existentes, dando lugar a "otros mundos" o sociedades conformados por instituciones que sean capaces de dar respuesta al mundo actual. Otro caso muy sonado es el de Naomi Klein, quien en su libro Esto lo cambia todo. El capitalismo contra el clima considera que la crisis climática puede ser esa vía para lograr una transformación económica real y que, además, se establezca como el "gran empujón" que congregue e impulse a todos esos movimientos que están divididos.

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Rebeldes con causa, el último internacionalismo esperanzado

La cuenta atrás ha comenzado. La rebelión está aquí. Llevábamos décadas escuchando voces de alarma ante el colapso ecológico y social al que nos conduce el cambio climático. Lo que ha irrumpido ahora con fuerza es la cuenta atrás de la reacción ciudadana, también global, que se moviliza para que los gobiernos se tomen en serio la emergencia climática. Es Extinction Rebellion, surge en el Reino Unido y se expande con rapidez por todo el planeta. La rebelión global comenzó el 15 de abril y continuará “hasta que los poderes políticos y económicos se decidan a tomar las drásticas y urgentes medidas necesarias para evitar el colapso de nuestra civilización y de los ecosistemas terrestres y marinos”.

En Reino Unido han ganado la primera batalla. Ha sido el primer país en declararse en emergencia climática, respondiendo a las demandas de Extinction Rebellion. Justo antes, Londres - capital financiera, ciudad global- nos había regalado imágenes inauditas de más de diez días de bloqueos masivos y pacíficos en cuatro espacios emblemáticos del centro de la ciudad. La acción de desobediencia civil ha dejado cientos de titulares, más de mil detenidos e historias conmovedoras como la de Mr Kingston, encaramado al techo de un tren donde celebra su 83 cumpleaños, impidiendo su circulación, en nombre de sus nietos y “el planeta que les estamos dejando”. Se acabó el tiempo de discursos y retórica. Cuando ni gobiernos ni fuerzas políticas están a la altura del reto al que nos enfrentamos, la ciudadanía opta por aplicar el derecho a la rebelión para evitar un mal mayor. El panorama internacional se puebla de científicas que abandonan sus laboratorios e investigaciones y pasan a la acción directa no violenta, de cientos de miles de jóvenes tomando la iniciativa y saliendo a las calles por el futuro, de personas “de a pie” que no quieren quedarse de brazos cruzados ante el colapso. Puede que fracasen, pero podrán decir que, al menos, lo intentaron.

La llamada internacional a la desobediencia civil se basa en acciones noviolentas, cada vez de mayor escala y cada vez más disruptivas. Entienden que es lo único que puede generar los cambios necesarios para nuestra supervivencia y la de la Comunidad de la Vida en la Tierra. La historia demuestra que movilizando entre un 2 y un 3 % de la población, de manera activa y permanente, con acción directa noviolenta han logrado ejercer suficiente presión política como para que los gobernantes les escucharan e iniciaran los cambios.

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Tierraplanismo económico

Tierra Plana

Hace unas semanas estuve viendo en Netflix el documental La tierra es plana, donde se presenta una galería de los personajes más icónicos y referentes de este movimiento internacional que defiende que la tierra no es una esfera que gira por el espacio alrededor del Sol. La película nos ofrece un divertido y sorprendente recorrido por EEUU, donde vemos sus conferencias, sus delirantes experimentos y su frenética actividad en las redes sociales, especialmente mediante los videos de Youtube. Resulta curioso asistir a la conformación de una comunidad de personas que han comprometido sus ahorros, su tiempo y sus esfuerzos en demostrar unas teorías absurdas pero verosímiles.

Vemos como los tierraplanistas tienen una agudizada tendencia a sostener teorías de la conspiración, desprecian la ciencia por formar parte del engaño que nos hace vivir en una especie de gigante Show de Truman, derrochan creatividad para cuestionar las evidencias, inventan artilugios tremendamente ingeniosos para visualizar sus teorías y logran generar una identidad colectiva y un fuerte sentido de pertenencia grupal. Un tierraplanista nunca pierde un debate porque en una conversación solo persigue reafirmarse en sus ideas y nunca problematizarlas, resultando frustrante ver lo ineficaz que resulta apelar a la razón ante tanto despropósito.

Al final del documental tras haberse demostrado lo ridículo de estas ideas y los perversos mecanismos de reafirmación que las sostienen, terminas sintiendo lástima por esta comunidad de personas ingenuas y plagadas de frustraciones, soledad e incomprensión. Y te das cuenta de que algo falla en el sistema educativo, los medios de comunicación y la dinámica de las redes sociales que realimentan este fenómeno. El enorme auge de este movimiento es un reflejo de los efectos que tiene la popularización de la posverdad, de las afirmaciones falsas que tratan de influir en la opinión pública basándose en emociones y acríticas creencias previas.

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Protestas, propuestas y alternativas

La teoría del caos plantea la no linealidad de los procesos y las consecuencias no intencionales de nuestros actos, la mariposa que con su batir de alas desata una tormenta en la otra punta del planeta. La solitaria huelga de los viernes iniciada por Greta Thunberg, nuestra mariposa, ha desatado una movilización masiva y global de las generaciones más jóvenes contra la crisis ecológica, ella ha sido la chispa que ha incendiado una pradera seca por el cambio climático.

Edgar Morin afirma que nuestra esperanza debe sustentarse en lo improbable, en lo que tiene pocas probabilidades de pasar pero que de forma azarosa termina sucediendo. En el campo del ecologismo social nadie podía prever que un ciclo de acción colectiva tan impresionante iba a surgir de esta manera y con esta fuerza, siendo capaz de situar la crisis ecosocial en la esfera pública y forzar su incorporación a la agenda política. Igual que el 15M, las insurrecciones exitosas no se planifican, no se imponen por decreto sino que suceden... siguen la máxima de John Lennon de que la vida es eso que pasa mientras tratamos de hacer planes.

Esta insurrección ecosocial de las jóvenes generaciones coincide con el crecimiento subterráneo e imperceptible de movimientos como la internacionalización de la campaña de desobediencia civil ecológica de Extinctión Rebelllion, que hace unos meses logró cortar simultáneamente todos los puentes de Londres, y tiene fechada en el 15 de abril su próxima cita global, que llegará a nuestra geografía. Los vientos se vienen sembrando hace tiempo y parece temporada de recoger las tempestades. Unas revueltas arrancan con un fuerte poder destituyente, una voluntad de impugnar los poderes existentes y las narrativas oficiales.

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Chalecos rurales y verdes

El siglo que atravesamos va a ser una sucesión de chalecos de distinto color manifestándose en las calles y, en el futuro, auto-organizando distintas formas de vida. El progresivo fin de una civilización petrolera irá poniendo sobre la mesa la cuestión de cómo vamos a comer y quién va a pagar los platos rotos. El creciente endeudamiento de los Estados hará más difícil sostener servicios públicos y políticas orientadas a la satisfacción de necesidades básicas. Sobre todo porque la ultraderecha productivista se ha apuntado al carro neoliberal y la socialdemocracia no viene precisamente de poner freno a la merma de derechos sociales y al aumento de una mercantilización globalizadora. Habrá chalecos amarillos, como en Francia, para decir que el mundo rural y las clases precarias no tienen por qué hacer frente a las subidas de impuestos y del precio de la gasolina. Surgirán también chalecos verdes al calor de de los aún jóvenes "Fridays for Future".

De orientación verde y rural han sido los cerca de 100.000 "chalecos" que han desfilado el pasado domingo por Madrid, al clamor de "La Revuleta de la España Vaciada". Cada vez son más palpables las dificultades de la pequeña ganadería y de la agricultura para competir con granjas intensivas y monocultivos, las facilidades administrativas para que la gran distribución se adueñe y arruine con sus bajos precios a estos pequeños productores, la renuencia de las administraciones públicas a mantener servicios básicos cuando la despoblación avanza (como el transporte o una escuela), la emigración y el distanciamiento juvenil de los proyectos que ya vienen empaquetados por el llamado "desarrollo rural" e impiden construir con autonomía local, entre otras cuestiones. Frente a las políticas que perpetúan "la España vaciada" se han convocado plataformas, algunas muy críticas con el desarrollismo y sus consecuencias, como Milana Bonita (Extremadura), "Teruel Existe", la Asociación Española contra la Despoblación o la Federación Española de Entidades Locales Menores.

En el medio rural existen también otros chalecos pugnando por encontrar razones y horizontes para continuar viviendo en estas zonas. Chalecos marrones son aquellos que proclaman la necesidad de continuar sosteniendo lo insostenible: una economía catapultada por una energía fósil, unas políticas que hagan caso omiso del ocaso en la disponibilidad de materiales esenciales para una industria globalizada, la ilusión de que aún tenemos margen para olvidarnos del vuelco climático y de las consecuencias del avance de la desertificación. El jueves 24 de enero se manifestaban en la localidad cacereña de Navalmoral de la Mata más de 4.000 personas. Pedían la continuidad de la central nuclear de Almaraz, un motor de ingresos para la comarca. Su paraguas organizativo era la Plataforma Ciudadana Vida y entre sus lemas podíamos leer "Almaraz Sí – Vida sí". Economías insostenibles reclamadas con argumentos de "vida". Aunque distanciándose, a la vez, de un debate sobre el impostergable cierre de las centrales nucleares. Se trata de reacciones fruto de un estado de shock y de un futuro altamente incierto en el medio rural.

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Movilizaciones estudiantiles y nuevos horizontes de transición ecosocial

"Queremos la vida", claman miles de jóvenes movilizados por el planeta

El pasado viernes, las movilizaciones con motivo de la Huelga Global por el Clima (el 15M Climático) desbordaron todas las expectativas. Algunos nos habíamos aventurado a imaginar la posibilidad de llevarnos una sorpresa. Pero lo que se vivió en más de 2.000 manifestaciones a lo largo de más de 120 países de todo el mundo, fue algo que nadie podía prever. No solo por los datos de participación: 10.000 personas en Madrid, 150.000 en Australia, 30.000 en Roma, 10.000 en Londres… sino, sobre todo, porque pocas son las ocasiones en las que es la juventud la que lidera un movimiento global guiado por la exigencia de políticas a la altura de la actual situación de emergencia climática. Un movimiento, por otro lado, que no ha hecho más que empezar: Fridays For Future planea continuar convocando acciones los viernes, Extinction Rebellion tiene programada una acción internacional para el 15 de abril, y para 2020 hay planeadas múltiples acciones por una escalada de acción a largo plazo por la justicia climática y el cambio del sistema.

Este movimiento, que algunos incluso comienzan a calificar como la última esperanza del planeta, está despertando tanto entusiasmo entre quienes aún creen que es posible hacer algo para evitar el colapso civilizatorio hacia el que nos dirigimos, como miedo entre aquellos que ven peligrar sus privilegios. Siguiendo la analogía con la que Jorge Riechmann ilustra el desafío que supone la actual crisis ecosocial, si la humanidad viaja a bordo del Titanic, una gran parte de los pasajeros aún no entiende por qué tendría que renunciar a disfrutar de la música de la orquesta, mientras que la otra parte es consciente del inminente choque y une fuerzas para activar los frenos de emergencia. Pero, ¿y la tripulación? Como explica Douglas Rushkoff, los más ricos vienen preparándose desde hace tiempo construyendo sus propios botes salvavidas para abandonar el barco. Decimos que no hay planeta B, pero… ¿y si lo hubiera pero no tuviésemos botes salvavidas para toda la humanidad?

La rápida expansión del movimiento estudiantil por el clima es posiblemente la mejor noticia en un momento de la historia en el que lo que menos tenemos es tiempo: apenas una década para acometer los profundos cambios que nos permitan mantener la temperatura media global por debajo del 1,5ºC que la comunidad científica ha fijado como umbral. Por no hablar de la urgencia de detener la extinción masiva de especies: la tasa actual de extinción de especies es entre 1.000 y 10.000 veces superior a la natural, con 150 especies de animales que se extinguen al día, lo que nos está conduciendo a pasos agigantados hacia la sexta gran extinción masiva de especies en la historia de nuestro planeta.

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El big data, las izquierdas y la crisis ecológica

Wolfang Streeck afirma que el capitalismo ha sido capaz de sortear las sucesivas crisis a las que se ha enfrentado a lo largo de su historia, siempre a costa de profundas transformaciones y, en muchas ocasiones, gracias a variables imprevisibles e involuntarias. El séptimo de caballería, en este sentido, ha hecho acto de presencia en momentos clave del desarrollo capitalista, logrando salvar in extremis el statu quo mediante el impulso de un renovado proyecto que, en última instancia, mantenga las viejas esencias sistémicas. No obstante, apunta Streeck, nada indica que este séptimo de caballería tenga necesariamente que aparecer al rescate en cada situación crítica. Desconocemos, por tanto, cómo acabará la película.

Lo que sí sabemos, en todo caso, es que el capitalismo atraviesa hoy uno de esos momentos cruciales. Sin parangón histórico, incluso. Realizamos esta afirmación tan categórica porque esta vez no solo se enfrenta al reto de encontrar sendas estables para la acumulación del capital, cuando las expectativas de crecimiento económico son poco halagüeñas para al menos las próximas cuatro décadas. Debe hacerlo, además, en un contexto de gran vulnerabilidad financiera y climática, y en el marco de una notable reducción de la base material y energética en la que opera.

Todo un desafío para las élites globales que, empeñadas en mantener sus privilegios, impulsan un nuevo proyecto de capitalismo del siglo XXI que cuenta, por supuesto, con su propio séptimo de caballería, al cual se invocan con mezcla de fe, desesperación y anhelo: la cuarta revolución industrial (4RI).

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Políticas municipalistas para una transición energética sostenible y democrática

Concentración de apoyo al "Sí" en el referéndum sobre la remunicipalización de la distribución y la creación de una eléctrica municipal de junio de 2013 promovido por una amplia plataforma social. Pese a obtener un 87% de apoyo, no alcanzó su objetivo al quedarse ligeramente por debajo (0.7%) del mínimo de participación requerido.

Dada la insostenibilidad de nuestras sociedades industriales y el colapso civilizatorio al que nos dirigimos de seguir con las tendencias actuales, es urgente el diseño y puesta en marcha de hojas de ruta globalmente justas para transitar hacia sociedades basadas en energías renovables que sepan cerrar los ciclos de materiales. Estos caminos requieren complejas transformaciones de carácter transversal que implican aspectos tecnológicos, económicos, políticos y socio-culturales. De hecho, la forma en que se obtiene y utiliza la energía juega un papel central en dicha transición y condicionará los nuevos órdenes sociales que salgan de ésta.

La naturaleza modular e intrínsecamente local de las renovables suponen una oportunidad para desarrollar colectiva y democráticamente una cultura energética arraigada al territorio. En España, a pesar de todas las barreras, las cooperativas de energía renovable ya han iniciado este camino con bastante éxito, mientras que las iniciativas a nivel municipal han sido hasta ahora significativamente más escasas.

Potencial de las entidades locales para contribuir a la transición energética

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Ciudades: lo utópico es pensar que todo va a seguir igual

Ciudades en movimiento

El Reloj del Apocalipsis creado por el Boletín de Científicos Atómicos durante la Guerra Fría para avisar a la humanidad del riesgo de autoexterminarse, muestra desde los años cincuenta los minutos que nos quedan hasta la medianoche, es decir, el fin del mundo. Y en toda su historia nunca había llegado a marcar las 23:58, como ha ocurrido en su evaluación más reciente. Un reloj cuya vocación es actuar como un despertador de las conciencias sociales y políticas, pero cuya tarea se ha tornado infructuosa, ya que resulta imposible levantar a alguien que se hace el dormido.

Hoy disponemos de un consenso científico, avalado por diversos organismos internacionales, de que nuestras sociedades encaran una crisis civilizatoria (colapso climático, pérdida biodiversidad, contaminación, crisis energética, desigualdad social, crisis de cuidados…) que garantiza que los escenarios futuros serán ecológicamente muy adversos y se verán comprometidas las bases materiales que sostienen la vida. Vivimos un periodo que debería ser de emergencia, pues en función de las grandes decisiones que se tomen sobre las temáticas clave en estos años, se condicionarán de forma irreversible los contextos en los que seguir tomando decisiones.

Mañana no va a ser una continuidad del presente, no va a haber progreso ilimitado, no hay final feliz garantizado. Y sin embargo padecemos una imprudente falta de liderazgo institucional, un desinterés que ha dejado en manos de la sociedad civil la responsabilidad de que estas cuestiones no terminen subordinadas en la esfera pública. Ante esta orfandad, en distintos lugares del mundo confluencias de movimientos sociales vienen construyendo a nivel local el esbozo de una agenda para la transición ecosocial, trabajando en la elaboración consensuada de programas sin partido, como dice Naomi Klein.

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Es cada vez más urgente parar la mina de Touro en Galicia

El grave accidente acontecido en Brasil el pasado 25 de enero 2019, (una presa de residuos mineros cedió convirtiendo la región en un mar de lodo que acabó con la vida de un número no menor de 60 personas permaneciendo desaparecidas en torno a 300) pone en primera línea las preocupaciones por las potenciales consecuencias de muchos proyectos. Si hay algo que causa oposición a cada vez más proyectos mineros en todo el mundo es la preocupación por el agua y el temor a los accidentes, más que posibles. El caso del proyecto minero para la extracción de cobre a cielo abierto en Touro y O Pino, en Galicia, provincia de A Coruña, constituye un ejemplo paradigmático de la tendencia extractivista que se está extendiendo en toda España, en toda Europa y en todo el mundo.

La retórica de la restauración.

El actual proyecto minero de Touro es la herencia de una antigua mina que nunca fue adecuadamente restaurada y en torno a la cual se han llevado a cabo chapuzas especulativas diversas que no mejoran para nada la situación, que incluyen negocios inmobiliarios o proyectos “innovadores” que conjugan la restauración de espacios afectados con la gestión de residuos y que parece que más vienen a añadir problemas que a solucionarlos.

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