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El Ministerio, la Transición Ecológica y el déficit de naturaleza

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En 1963 Betty Friedan escribía la mística de la feminidad como una forma de abordar un malestar que las mujeres de su época habían denominado "el problema que no tiene nombre". Una suerte de crisis de identidad inducida por el patriarcado a las mujeres relegadas al trabajo doméstico; que lastraba su autonomía vital, aplazando proyectos personales y vaciando de sentido la propia experiencia. Este libro fue una de las obras más influyentes en el despliegue de la "segunda ola" del feminismo durante la segunda mitad de los años sesenta. Enunciar y dar nombre a los conflictos y generar relatos compartidos sobre la opresión suele ser el primer paso que desencadena un movimiento.

Recientemente se anunciaba la creación de un Ministerio para la Transición Ecológica, que según el presidente del Gobierno nacía con la vocación de "concentrar las principales políticas encaminadas a construir un futuro sostenible, por lo que puede resultar interesante ver algunos de sus principales desafíos en un país en el que al debate sobre el cambio climático, sus consecuencias y desafíos no se les ha prestado la debida atención desde el ámbito público".

La creación del Ministerio es una noticia muy significativa, pues por primera vez parece que se empieza a nombrar desde las instituciones el problema que realmente tenemos entre manos. Ya no se trata de conservar tal o cual espacio protegido o de desarrollar programas de educación ambiental, que también, sino de situar en la agenda política y en la esfera pública la inviabilidad de nuestro vigente modelo socioeconómico. Los límites biofísicos, el cambio climático o la crisis energética no son cuestiones negociables o discutibles, son una realidad con la que tenemos que lidiar. Cambiar ya no es una opción sino un imperativo, no hay nada más utópico que asumir que va a haber una continuidad sostenida en el tiempo de nuestro estilo de vida.

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Contrataciones en origen y el monocultivo global de la fresa

Las insostenibiilidades del actual sistema agroalimentario son múltiples y generalmente las relacionamos con su impacto medioambiental, sus efectos nocivos sobre la salud o la destrucción de las producciones y modos de vida campesinos. No obstante, las violencias que se ejercen sobre la mano de obra que trabaja en condiciones de gran precariedad en los campos de la agricultura global forman parte estructural de este sistema aunque queden, a menudo, invisibilizadas.

Estas últimas semanas, hemos visto romperse el pacto de silencio existente en torno a las condiciones de vida y trabajo de las temporeras extranjeras en el sector de la fresa en Huelva. La publicación a finales de abril de un reportaje denunciando las violaciones y abusos sexuales sufridos por trabajadoras marroquíes del sector ponía en el punto de mira el sistema de contrataciones en origen, erigido durante años como modelo ejemplar de "migración ordenada" por las instituciones españolas, marroquíes y europeas.

A principios de junio, unas cien jornaleras marroquíes, apoyadas por el SAT (Sindicato Andaluz de Trabajadores), intentaron denunciar en los juzgados incumplimientos del contrato y abusos sexuales en una empresa de Almonte. En solo dos días, el empleador organiza el retorno del conjunto de trabajadoras de su finca a Marruecos, aún cuando sus contratos no habían finalizado. El objetivo, evitar que pudieran ratificar sus denuncias ante la inspección de trabajo el lunes siguiente. Sin embargo, una parte importante de las trabajadoras resiste y se niega a embarcar en los autobuses. Las redes sociales y medios locales retransmiten lo que está ocurriendo y se logra detener el traslado de las trabajadoras al puerto de Algeciras.

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Ciencia-realidad de la energía: mejor que la ciencia-ficción

La transición energética y el cambio climático han encontrado un hueco permanente (aunque secundario) en el debate político. Un hueco que se ve espoleado periódicamente por acontecimientos puntuales, como la actual escalada de los precios el petróleo, el impuesto al Sol o la Ley de Cambio Climático. En este debate, en realidad en este y en bastantes más, entra de lleno “En la espiral de la energía”, que acaba de salir en una segunda edición revisada y actualizada.

Va a hacer siete años que nos dejó Ramón Fernández Durán y creo que su aparición como primer autor del libro, todavía en ésta revisión actualizada de 2018, honra a Luis y haría sentirse satisfecho a Ramón, como un Cid Campeador librando batallas a favor de la difusión del conocimiento útil.

Comenté sobre la primera edición, que me parecía el libro más completo y riguroso escrito en castellano sobre el asunto de la energía, clave para entender el mundo y tratar de entendernos a nosotros mismos. Sigo pensando lo mismo.

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Transformando el mundo a través de la justicia ambiental: Ocho ejemplos de lucha

Actualmente, el movimiento de justicia ambiental representa lo que el movimiento obrero representó durante la era industrial, una de las fuerzas sociales más influyentes de su tiempo. La diferencia es que las huelgas del movimiento obrero han sido registradas sistemáticamente en todo el mundo por la Organización Internacional del Trabajo, y las protestas ecologistas se diluyen en informaciones sobre problemas ambientales.

A través del Atlas Global de Justicia Ambiental (EJAtlas), se pretende llenar ese vacío. El Ejaltas es un inventario que desde hace varios años ha ido registrando casos de conflictos ambientales alrededor del mundo gracias al esfuerzo de investigadores y activistas. Los casi 2,500 conflictos registrados revelan cómo los graves impactos socio-ambientales de las actividades económicas que van desde la extracción de recursos, hasta el vertido de residuos han generado contundentes respuestas desde el movimiento por la justicia ambiental. Estos ocho tipos de conflictos ambientales que se muestran a continuación muestran cómo este movimiento juega un papel fundamental en la redefinición y promoción de la sostenibilidad en nuestros días:

ACAPARAMIENTO DE TIERRAS (600+ conflictos)

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Biosindicalismo alimentario

¿Cómo tendríamos que organizarnos para alimentarnos de otra forma? El reciente Congreso Internacional de Agroecología celebrado en Córdoba, en el que se encontraron cerca de 500 personas de 12 países distintos, nos propuso (re)politizar nuestros sistemas agroalimentarios. Asumir la alimentación como un hecho social del que depende la reproducción de nuestras vidas, nuestra cultura, nuestros territorios. No es, por tanto, reducible a un nuevo nicho de consumo, a una producción crecientemente industrializada o a una búsqueda reducida a facilitar (cada vez para menos gente y en condiciones menos saludables) una ingestión diaria de dos mil y pico calorías.

La falta de (re)politización alimentaria impone varios cercamientos a los habitantes del Sur global y crea una situación de crisis al conjunto de la humanidad. Son cercamientos físicos los monopolios de campos para alimentar la dieta hipercárnica de una minoría. Son cercamientos políticos la intensificación productiva con apoyos públicos; o la “ayuda” alimentaria que propicia un control social de quienes son situados más abajo en nuestras sociedades duales. También sabemos de cercamientos económicos: tendrás que beber de paquetes tecnológicos cada vez más costosos, ajenos e “inteligentes” y venderás a la gran distribución como única salida. No faltan los cercamientos transversales: fundamentalmente mujeres y mayoritariamente las campesinas y campesinos lejanos a las grandes urbes habrán de sostener las cadenas que van de la siembra a la mesa para que los cuerpos y sus lazos sigan sosteniéndose. Y quienes habitamos algún Norte, algún espacio social con ciertas condiciones para la elección y el acceso regular a comida, también recibiremos nuestra parte de la plaga: nutrición no adecuada, participación en un consumo que no para de retroalimentar el cambio climático; desinformación mediática y publicitaria que nos impide destejer el negocio de la comida, alejándonos del derecho a una alimentación saludable, a un medio rural que nos sostenga, y a tecnologías no basadas en los intereses exclusivos de élites y pseudociencia.

¿Qué hacer? Hemos sabido en este y otros encuentros sobre agroecología que aún en condiciones adversas la producción y no sólo la alimentación ecológicas están encontrando resuellos en nuevas iniciativas, en nuevos perfiles de simpatizantes y consumidoras que se acercan por problemas de salud o sensibilidad ambiental. Somos conscientes de que necesitamos disputar esferas de legitimación, investigación y apoyo del régimen organizado de malnutrición del planeta. Tenemos que frenar los epistemicidios que borran saberes fundamentales para la nutrición: sobre biodiversidad, en la cultura gastronómica, en el conocimiento y valoración de nuestros medios rurales y sus formas diversas y específicas de producir de forma sana. Nos han impresionado los testimonios de organización desde abajo de miles de agricultores y agricultoras de La Via Campesina, la visibilización de redes de mujeres a través de proyectos como Ganaderas en Red, saber de renovadoras escuelas agroecológicas que siguen a Paulo Freire o a Ivan Illich por toda Europa y América Latina, entender que la escala no es un problema cuando se cuentan con mimbres de comunalidades (lazos y comunidades) que construyen cooperativismo como la Tozepan en México para más de 30.000 familias, junto con otras iniciativas que trabajan la intercooperación y la defensa de nuestra casa común, como son los mercados sociales-solidarios, las agriculturas (peri)urbanas o las plataformas en defensa del territorio y en apoyo de manejos agroecológicos, propias en este país de una Agroecología en 3 C: aquella centrada en circuitos cortos, cooperación local, cuidados de la casa y de los lazos sociales.

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¿Qué tienen que ver los tratados comerciales con la crisis ecológica?

A pesar de la opulencia de las grandes empresas, de su volumen indecente de beneficios, de la impunidad con la que actúan, el capitalismo que estas protagonizan también está en crisis. Una crisis mediada por el mayor reto al que se ha enfrentado en su historia: mantener la lógica de acumulación de un enorme excedente, en un horizonte de bajo crecimiento económico y de reducción de la base material y energética.

Asistimos a un momento especialmente incierto. ¿Podrá el capitalismo sortear sus contradicciones e impulsar una nueva onda larga expansiva? ¿Dará paso a un neofeudalismo corporativo y ecofascista, en manos de las empresas big tech? ¿Lograremos posicionar modelos de vida emancipadores y sostenibles? Aunque las respuestas a estas preguntas siguen abiertas, sí podemos asegurar que el capitalismo hará lo indecible por seguir reproduciéndose, actualizando su proyecto para tratar de salir del atolladero actual.

Un proyecto de capitalismo del siglo XXI caracterizado por lanzar una muy virulenta ofensiva de mercantilización a escala global: nada puede quedar ya fuera del radio de acción de los negocios de las grandes empresas. Para ello se prefiguran transformaciones económicas, políticas y culturales, desde un enfoque integral. En lo económico, se aúna la apuesta por la cuarta revolución industrial (4RI) de la digitalización y la inteligencia artificial, con la búsqueda de nuevos sectores de reproducción del capital y de extracción máxima de la ganancia del trabajo y de las finanzas. En lo político, se pretende imponer una especie de constitución global en favor de las empresas transnacionales —convertidas en gobierno de facto—, mientras que los Estados ven limitadas sus capacidades a la desregulación en derechos y a la seguridad. Y en lo cultural, se asumen relatos cada vez más violentos y reaccionarios, mientras lo público y lo común se diluyen en la primacía de lo privado y lo corporativo. Que todo cambie para que nada cambie.

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Transición energética: ¿cambio tecnológico o transformación sistémica?

Siemens Gamesa será el suministrador preferente para un proyecto eólico marino de WPD en Taiwán de 640 MW

En el contexto de la crisis climática y energética global, la transición energética se ha colocado como una de las prioridades centrales de la agenda medioambiental. Mientras que hay un consenso generalizado sobre el papel fundamental que las energías renovables jugarán en este proceso, hay todavía poca discusión sobre las formas en que nuestras sociedades extraerán, transformarán, distribuirán y consumirán estos recursos alternativos. La estrecha relación entre el uso de la energía y la organización social plantea aquí preguntas clave sobre el tipo de desarrollo que las energías renovables sostendrán. Una transición hacia el aprovechamiento y consumo de energías renovables puede verse como un mero cambio tecnológico que daría vuelta al engranaje del “crecimiento verde”, o bien, como el impulso para una transformación social más amplia que apunta hacia la construcción de proyectos eco-sociales alternativos.

Mientras que las tendencias dominantes apuntan hacia la rápida implementación de mega-proyectos de energía renovable, de carácter corporativo y centralizado, se registra un paralelo incremento en los casos de protesta social y búsqueda de alternativas a nivel local. En los países del Sur Global, así como en las periferias del Norte Global, la expansión de tales mega-proyectos ha traído consigo una creciente lucha por la soberanía de los territorios, así como por la defensa y gestión alternativa de los recursos. En el Atlas de Justicia Ambiental, realizamos un inventario cartográfico de conflictos socio-ambientales vinculados a las infraestructuras en energía renovable, analizando las características de estas inversiones, las transformaciones socio-ambientales que generan en distintas escalas, así como los procesos de diálogo que emergen desde las comunidades afectadas. (Ver, por ejemplo, el estudio sobre proyectos hidroeléctricos).

En el caso de la energía eólica, la expansión global de mega-proyectos está generando una creciente demanda de tierras, lo que muchas veces se traduce en la privatización de territorios de comunidades indígenas y campesinas. Al mismo tiempo, estos proyectos van reafirmando una organización del espacio en donde lo “rural” funciona como un nodo de producción (de energía, alimentos y mano de obra barata) para proveer las crecientes demandas de industrias y ciudades en crecimiento. En México se ha desarrollado un caso ilustrativo con el Corredor Eólico del Istmo de Tehuantepec; un ambicioso proyecto compuesto por más de 1,780 turbinas en donde participan varias empresas trasnacionales y que ha desatado un largo y complejo conflicto en la región. La movilización de las comunidades del Istmo se ha caracterizado por la defensa de los territorios indígenas, pero también por una denuncia abierta a la privatización de los “beneficios verdes”, ya que más del 65% de la electricidad producida está destinada al consumo de grandes empresas como Coca-Cola, Walmart y Cemex (ver aquí el estudio completo).

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La candidatura del reactor IFMIF-Dones en Granada y las promesas de la fusión nuclear

La candidatura de Granada como sede del acelerador de partículas IFMIF-DONES, con el apoyo prácticamente unánime de la comunidad científica, empresarial e institucional, ha puesto de actualidad en el contexto español la apuesta por la fusión nuclear como fuente energética de futuro.

Resulta llamativo observar cómo un proyecto de una envergadura y complejidad tal no ha generado prácticamente debate, oscilando las reacciones entre el apoyo entusiasta y la indiferencia. Algo en cualquier caso comprensible en una provincia como Granada, con una tasa de paro superior al 25 %; cualquier iniciativa que prometa inversiones millonarias y puestos de trabajo será recibida sin cuestionamiento ni análisis.

Además, la propia complejidad técnica del proyecto lo sustrae del debate público. ¿Cómo posicionarse críticamente ante procedimientos que son comprendidos en profundidad a duras penas por una decena de especialistas en todo el mundo? ¿Cómo valorar los riesgos o la prioridad de dispositivos de tamaña complejidad? Como en tantas otras realidades técnicas contemporáneas, se abre un abismo entre aquello que como sociedades podemos construir y lo que como individuos podemos comprender y valorar políticamente.

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Tratando de enfangar a las personas más honestas

El pasado 30 de abril El País “ acusaba” a Yayo Herrero, destacada militante ecologista, de ser parte de una supuesta red de clientelismo en el Ayuntamiento de Madrid. Su “delito” (que ha sido contestado detalladamente por ella en este artículo ) era ser simpatizante de los partidos políticos que gobiernan en la alcaldía y haber trabajado hace 6 años para una empresa que ahora ha sido contratada por el Ayuntamiento. ¿Cuántas personas puede haber en estos momentos en la ciudad de Madrid que cumplan esas dos condiciones? ¿cientos? ¿miles? Hay que echar mucha imaginación para ver en ello una trama de corrupción.

Esto me recuerda a un artículo publicado en El Mundo hace años sobre otro líder ecologista: Ladislao Martínez, de quien decía que, pese a ser anticapitalista, era un “terrateniente” que poseía 4 hectáreas de secano en un pueblo de Cuenca y un piso en Madrid. En este caso, la acusación fue tan ridícula, que a El Mundo le salió el tiro por la culata. Hasta los lectores menos avispados se dieron cuenta de la absurda manipulación.

Las que conocemos a Yayo sabemos que es una de las personas más trabajadoras y honestas que nos rodean. También lo era Ladislao Martínez. Y quienes conocen a las empresas de la Economía Social y Solidaria saben que son empresas honestas y solventes, que no sólo cumplen con todos los criterios exigidos por la legalidad, sino que intentan ir más allá, extendiendo la ética y el cuidado de las personas a la actividad económica. ¿No encontraron El Mundo y El País personas más deshonestas en este país a las que acusar de corrupción?

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Alimentación, poder y pseudociencias

La sal y la uva pasa en España, dos cultivos únicos dispuestos a perdurar

La ciencia es poder y las pseudociencias son creencias. Cierto. Y en ocasiones intereses de las élites, publicidad engañosa y argumentos “científicos” también caminan de la mano. En los últimos años se suceden una extensa publicación de dossieres, blogs, encuentros y libros sobre algo fundamental que ya no podremos hacer de la misma manera que antes: alimentarnos con los actuales sistemas de producción y distribución. En eso coincidimos muchas personas preocupadas por esta situación. Discrepamos abiertamente en que la respuesta sea apelar, como afirmara A. Einstein, a las mismas herramientas que ocasionaron los problemas: insistir en mercados altamente globalizados, orientados por la biotecnología y poco centrados en la creación de circuitos alimentarios más localizados.

En el debate actual sobre la alimentación “del futuro” se están colando algunos mitos. Revisemos la que suele ser la primera y común creencia justificadora impulsada por la FAO en la reunión celebrada en octubre de 2009 en Roma, bajo el título “Cómo alimentar el mundo en 2050”: “el mundo necesita aumentar su producción de alimentos en un 70% para 2050 con el fin de atender a una población mundial de nueve mil millones de personas”. Leyendo el informe original se comprueba que se reclama el incremento no porque vayamos a alimentar a la población si no porque vamos a impulsar la extensión el actual modelo agroalimentario, que es bien distinto: aumentarán en 200 millones de toneladas la producción de carne para propiciar incrementos de entre un 25% y un 50% el consumo per cápita, según países. Lo cual implicará una necesidad de cereales de hasta 3 mil millones. O sea, prescindiendo de limitaciones ambientales y superficie agraria disponible, vamos a devastar más bosques, emitir más metano y continuar con un modelo ineficiente de producción de calorías para sostener una dieta excesiva, problemática desde el punto de vista de salud e innecesariamente rica en proteínas de origen ganadero. Recordemos que la dieta cárnica contemporánea reclama un tercio de las tierras de cultivo y casi la mitad de los cereales (destinados a la producción de piensos) que se producen en el mundo. Este publicitado informe termina, como consecuencia de su ensoñación modélica, reclamando más energía (¿no saben que caminamos hacia un mundo de menores disponibilidades energéticas?) y más puertos para el comercio internacional que faciliten un sector agrícola “dinámico” y que aumenten las “inversiones del sector privado” (¿dónde se seguirá muriendo la gente de hambre por no abordar el acaparamiento de tierras y de alimentos por mor de un mercado especulativo?). Pero el mantra de un 70% de producción ahí ha quedado: objetivo cumplido para las élites de las corporaciones agroalimentarias.

Continuemos con el mito que recurrentemente obvia la realidad histórica de la agricultura ecológica y la presenta como un “ ejercicio romántico” . Existen referencias muy contrastadas que llevaron en 2010 a Olivier de Schutter, como relator especial de la ONU sobre el derecho a la alimentación, a escribir un informe donde se unen necesariamente al derecho a la alimentación y la potenciación de sistemas agroalimentarios locales y ecológicos. Trabajo que ha continuado la actual relatora Hilal Elver, concluyendo en su discurso de 2017 que la agroecologia se presenta como una alternativa al uso extensivo de plaguicidas, promoviendo prácticas agrícolas adaptadas a los entornos locales, que estimulen las interacciones biológicas beneficiosas entre distintas plantas y especies, para lograr un suelo sano y fertilidad a largo plazo. La producción ecológica, más allá de los nichos de mercado basados en certificaciones, es una realidad y es un futuro posible para sostener vidas, territorios y el planeta, en su globalidad, tal y como reflejan los informes del IPES (International Panel of Experts on Sustainable Food Systems) o las recomendaciones derivadas del comité que impulsa la UNESCO para la Evaluación Internacional del papel del Conocimiento, la Ciencia y la Tecnología en el Desarrollo Agrícola (IAASTD por sus siglas en inglés).

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