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Buenas noticias para Pedro Sánchez

La consecuencia política más obvia de ese desaguisado es que el centro-derecha, en su conjunto, va a tener que esperar bastante más tiempo del previsto para ser una oposición eficaz al Gobierno

A Pedro Sánchez se le han puesto las cosas un poco menos difíciles

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Pablo Casado y Soraya Sáenz de Santamaría, en el Congreso de los Diputados

Pablo Casado y Soraya Sáenz de Santamaría, en el Congreso de los Diputados

La descomposición del PP está siendo mucho más rápida de lo que nadie podía haber previsto. Y parece imposible pararla. Todos los indicios apuntan a que su congreso, que tendrá lugar dentro de menos de dos semanas, terminará como el rosario de la aurora, con el partido fraccionado como poco en dos partes y con buena parte de sus cuadros pensando en buscar acomodo en otras latitudes. La consecuencia política más obvia de ese desaguisado es que el centro-derecha, en su conjunto, va a tener que esperar bastante más tiempo del previsto para ser una oposición eficaz al Gobierno. A Pedro Sánchez se le han puesto las cosas un poco menos difíciles.

El día que Mariano Rajoy anunció que tiraba la toalla en todos los frentes y que ya no le interesaba nada lo que después de eso podía ocurrir en su partido se comprendió que la situación interna del PP debía de ser muy mala. Y cuando Núñez Feijóo replicó que él también se quitaba de en medio se pudo concluir que era espantosa. Pero hasta esos dos acontecimientos sucesivos la foto de Sáenz de Santamaría y Cospedal separadas por una silla vacía era el único indicio, desde luego contundentemente elocuente, de que el PP estaba roto por dentro.

Faltaba sólo que algo sacara a la luz esa realidad. Y ese algo que le ha ocurrido al PP no ha sido precisamente pequeño. En 24 horas el principal partido de la derecha se quedó sin gobierno y sin líder. Y cayó en un abismo del que seguramente nunca saldrá. Porque carece de ideas que puedan dar sentido al esfuerzo que supondría hacerlo: en las condiciones en que está el PP, la “regeneración” de la que algunos hablan -cada vez menos, por cierto- sería simplemente una escabechina: la que los vencedores del congreso harían de los perdedores del mismo, a los que se acusaría de todos los males del partido.

Y porque no tiene dirigentes capaces de organizar e impulsar un salvamento: es patético que alguien tan desacreditado y limitado como José María Aznar se proponga poco menos que como un salvador del partido, cuando, además, hasta ayer mismo, ha estado diciendo que el futuro de la derecha es Ciudadanos. O que un personaje como Esperanza Aguirre, que ya es ridículo, además de que su presencia en la escena pública es un atentado contra la decencia, vuelva a tener protagonismo. Y no tienen mucho más. Núñez Feijoo se ha descalificado para siempre para actuar es la escena española. Veremos qué tal le va en Galicia.

¡Ah sí! Y los tres candidatos que compitieron el jueves por ganar las primarias. Dos segundonas que llevan años guerreando entre ellas por hacerse con parcelas del poder orgánico y que nunca han dado el mínimo indicio de que valgan para algo más que para manejar los resortes del poder…cuando lo tienen los suyos. Y un chico listo, Pablo Casado, con una cierta garra, que transmite bien los mensajes que le redactan sus asesores, pero que se muestra incapaz de hacer una propuesta con un mínimo contenido político, programático, de futuro. Hasta el punto que no se sabe si en el fondo es de centro-derecha o de ultraderecha. Y que encima parece que ha falseado un máster y que el día menos pensado la justicia puede llamarle a capítulo por ello.

El futuro del PP es por tanto negro y hasta la hipótesis más catastrófica al respecto puede verificarse. Más de uno ha dicho que lo que le pasó a la UCD no puede repetirse. Habrá que verlo. A lo mejor no a cortísimo plazo, pero sí después de las futuras elecciones autonómicas y municipales.

Ciudadanos aparece como el gran beneficiario de ese desastre. Y sin duda lo es: la España de centro-derecha, que es muy amplia y poderosa -aunque no tanto como muchos pesimistas de izquierda han creído hasta hace poco- necesita un referente político. Y si el PP no puede serlo, lo será el partido de Albert Rivera. Porque a menos que los hechos demuestren lo contrario, no parece que una alternativa ultraderechista, neo-franquista, vaya tener recorrido en un futuro previsible. Aunque seguramente tratará de jugar su baza, ahora que el receptáculo que cobijaba esas tendencias, el PP, se ha quedado sin futuro.

Sí, Ciudadanos ha realizado su sueño fundacional, el de ocupar el puesto del PP como principal partido del centro-derecha. O está en camino de hacerlo, que esas cosas no se producen de manera automática. Habrá muchos cuadros del PP que llamen a su puerta para evitar el fin de sus carreras políticas. Más de uno ha debido ya de hacerlo. Pero integrar a esa gente, y más si es mucha, no es fácil y, sobre todo, no es tarea de un día.

Rivera necesita tiempo. Y, tanto o más que eso, elecciones en las que confirmar el crecimiento de su fuerza. En el horizonte inmediato tiene las andaluzas, que los sondeos dicen que le van a ir muy bien a Ciudadanos. Pero Susana Díaz tiene que convocarlas. Y aunque se dice que lo hará muy pronto, es tarde algo más. Porque si las gana, que es lo que parece, estará casi seguramente abocada a pactar con Podemos para gobernar. Y eso puede que le lleve a pensárselo dos veces.

Las municipales y autonómicas marcarán sin duda el nuevo protagonismo de Ciudadanos. Pero éste no tendrá efectos políticos decisorios hasta las generales. Sobre todo si las gana, pero también si se convierte en el primer partido indiscutido de la oposición.

Y para las generales faltan dos años. El sentido común, que también vale en política aunque a veces no lo parezca, hace pensar que Pedro Sánchez no va a adelantarlas a menos que un cataclismo -¿económico?,  ¿internacional?- le obliguen a hacerlo.

Sobre todo porque la situación política le es bastante más favorable de lo que podía haber pensado hace un mes. Con la derecha y el centro-derecha desactivados, y así van seguir bastantes meses más, el pacto táctico que alcanzó con Podemos y los nacionalistas para echar a Rajoy tiene toda la pinta de ser cada día más sólido. O, cuando menos, de no presentar fisuras importantes. Y está gobernando, tomando decisiones -ninguna crucial ni rupturista- que no pueden ser abiertamente contestadas por sus actuales socios de mayoría. Al tiempo que, solo con unos pocos gestos, está desactivando bastante la tensión con Cataluña. No sólo por méritos propios, sino también porque el independentismo necesitaba un respiro.

Está claro que Podemos no puede estar plenamente satisfecho de cómo están transcurriendo las cosas. Sobre todo porque la buena imagen de un PSOE eficaz y reformista, aunque sea muy moderadamente, puede tener consecuencias electorales, y no precisamente a favor del partido de Pablo Iglesias.

Pero tal y como están las cosas, y más con el recuerdo de lo que ocurrió en 2016, a Podemos no le cabe otra que seguir esa estela. Erigirse en estos momentos en oposición radical de izquierda al gobierno del PSOE es una opción que no tendría mucho recorrido, aunque no hay duda de que se producirán iniciativas puntuales en esa dirección. Aunque también es cierto que el que la crisis de la derecha ha cegado cualquier posibilidad de que Sánchez pacte nada con ella. Se acaba de verlo en la polémica de Radiotelevisión Española. Eso obliga al PSOE a entenderse con Pablo Iglesias sí o sí. Y eso aumenta la fuerza contractual de Podemos.

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