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Gobierno de fariseos

Quizá a los ministros les interesa más mezclarse con armas, cánticos y respaldar esa insultante mezcla de patrioterismo caduco que obtener una verdadera enseñanza que, este año más que nunca, les hubiera hecho falta

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Rafael Catalá, José Ignacio Zoido e Iñigo Méndez de Vigo en el traslado del Santísimo Cristo de la Buena Muerte y Ánimas

Rafael Catalá, José Ignacio Zoido e Iñigo Méndez de Vigo en el traslado del Santísimo Cristo de la Buena Muerte y Ánimas EFE/Carlos Díaz

Cuatro ministros del Gobierno cantando a voz en grito cuplés militarizados. Una foto buscada para refregar la impresión del triunfo de una única España sobre otra. Un Gobierno de hipócritas fariseos temblando de falsa emoción con algo que o no conocen o no comprenden. Dándose golpes de pecho en la conmemoración de una de las más claras manifestaciones del triunfo de la mal llamada razón de Estado, y de las mentiras de los que pretendían conservar el poder e imponer su visión de las cosas, sobre la verdadera Justicia. ¡Ah, sepulcros blanqueados! Quizá les interesa más mezclarse con armas, cánticos y respaldar esa insultante mezcla de patrioterismo caduco que obtener una verdadera enseñanza que, este año más que nunca, les hubiera hecho falta. Sabido es que el sentido histórico de procesiones, autos sacramentales y otras representaciones era ilustrar con estas lecciones al pueblo iletrado, que no podía obtenerlas directamente de la lectura de los textos sagrados. Hoy son los letrados los que hacen caso omiso.

No hace falta creer en la divinidad del ciudadano Jesús, ni admitir siquiera su existencia histórica real, para comprender cómo en su historia se sintetiza todo aquello que la Justicia no debería ser jamás con tan gran actualidad que muchas de las vulneraciones que acabaron con su ejecución se repiten ante nuestros ojos contemporáneos sin que se inmuten la mayoría de los que anegan con lágrimas de cocodrilo sus ojos ante su conmemoración.

Jesús fue sometido a un juicio según la ley judía que vulneró todos los procedimientos en una condena sin garantías que no podía siquiera ser ejecutada. El Sanedrín incumplió muchas estipulaciones procesales cada una de las cuales, como sucede en la actualidad, preservaba algunos derechos. Celebraron sesión en víspera de sábado, instruyeron un proceso con pena capital en horas nocturnas, los testigos no declararon por separado, no juraron decir verdad, usaron la declaración del imputado para declararlo culpable, los jueces locales -Caifás en concreto- se convirtieron en parte acusadora, no hubo deliberación y se condenó a pena de muerte en un lugar prohibido para ello, ya que esto sólo podía hacerse en la “sala de las piedras de sillería” destinada a los juicios criminales, so pena de nulidad. Nada de ello les importó. Jesús era un obstáculo político y religioso para su supremacía y algunos de ellos acumulaban ya fuertes agravios contra él, como era el caso de Anás desde la irrupción de Jesús en el Templo para denunciar la grave corrupción que amparaba. En un régimen jurídico teocrático como el judío de la época, sus delitos “religiosos” fueron suficientes para una condena anómala y prevaricadora. Aún así tenían un problema: la dominación romana les había permitido mantener los sistemas de justicia local pero no ejecutar penas como la de muerte.

Pudieron optar por someter su proceso a la autoridad política o por someter al reo a un segundo proceso bajo la jurisdicción romana y eligieron esto último. Así, Jesus de Nazaret fue juzgado nuevamente en un nuevo procedimiento, a cargo de los creadores del derecho que aún nos inspira, en el que triunfaron muchos de los despropósitos antijurídicos que estos días nos amenazan aún en pleno siglo XXI en España.

El sanedrín sabe que los romanos no van a entrar en una cuestión de acusaciones teológicas y religiosas sobre la fe local. Si algo aprendieron los romanos es que daba exactamente igual a que dios adorara cada uno. Así que tuvieron que hacer trampas y marcar la casilla del delito político para conseguir que el Procurador Romano, el máximo magistrado, aceptara su jurisdicción. Así Jesús pasó de blasfemo a sedicioso y rebelde. De ser un individuo peligroso para los intereses de la casta sacerdotal, a individuo peligrosos para el Estado. Ante los romanos Jesús aparece imputado de levantar sediciosamente al pueblo, de ser un nacionalista judío que invita a la desobediencia civil propugnando que dejen de pagarse los tributos al pueblo que sojuzga al suyo. Un nacionalista que encabeza una rebelión. Ante un delito así, Pilatos no puede negar su jurisdicción. Se trata de graves imputaciones:  “crimen de laesae maiestatis”, el más grave crimen desde la Ley Julia;  de un “crimen soladiciorum”, consistente en la organización de asociaciones para fines ilícitos; un “crimen receptatorum” o de encubrimiento y complicidad y una “seditio”, delito público de tumultos y de promoverlos.

Por mucho que Pilatos lo considerara inocente no podía negarse a examinar acusaciones tan graves, aunque lo intentó. No viéndolo culpable los miembros del Sanedrín clamaron: ¡si libras a este no eres amigo del César! . La misma demagogia falta de lógica que contemplamos en nuestros días: si no les ves culpables de rebelión te alineas con el independentismo y devienes inconstitucional y defensor de delincuentes. En ambos casos es de una lógica espuria pero siempre, siempre, suscita una gran adhesión de las multitudes y un miedo exacerbado de la gente a moverse de esa raya. Pilatos también lo tuvo. Su carrera no se iba a sustanciar en Judea. Ascensos, promociones, premios y regalías habrían de venir de Roma y la mera sospecha de alinearse con los enemigos de Roma era un peligro. ¡Que humano a pesar del paso del tiempo! Así que como un total incompetente, sobrepasado por el tumulto, la muchedumbre, se rindió a las coacciones de la masa que pedía una condena injusta pero que lo hacía a gritos y de forma mayoritaria. Sucedió, sucede y sucederá así. Las masas, los gritos, las peticiones de penas injustas, desproporcionadas e inhumanas, exigirán siempre un tributo que dirigentes cobardes estarán dispuestos a darles.

Pilatos conculcó la legalidad vigente, que debía defender, al aceptar la condena de alguien cuya conducta no vulneraba ningún ilícito penal existente y, por último, Pilatos prevaricó proclamando tres veces la inocencia de Jesús y condenándolo tras ello a una pena capital a sabiendas de su injusticia.

El proceso a Jesús fue la victoria de la violencia del Estado sobre la Ley y de la injusticia sobre el Derecho.

¡Staurotheto! (¡Que lo crucifiquen! ¡Que los crucifiquen!)

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