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Poliamor: ¿amor libre o neoliberal?

Lo que propone el poliamor no es amor libre, sino neoliberal

Ya no hace falta sentir empatía por el otro, sino solo por el cachito del otro que está en el contrato

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Corazones de madera.

Corazones de madera. DP

Desde hace unos pocos años, cada vez es más frecuente oír hablar del amor como un mercado más, bajo el nombre de poliamor. La libertad con sabor neoliberal se basa en que dos personas con su forma particular de entender el mundo llegan a acuerdos mutuamente beneficiosos, siendo el mercado la institución por antonomasia en la que cristaliza esta relación contractual basada en el libre consentimiento. Por lo menos desde Marx sabemos que este intercambio formalmente igual en condiciones de desigualdad genera explotación, pues quien tiene más poder se queda con una mayor parte del producto del trabajo colectivo.

Tras la educación, la sanidad, el agua, la energía, el ejército… para mi sorpresa, un nuevo espacio social está siendo colonizado por la lógica mercantil: el amor. Por supuesto, no se le denomina amor neoliberal, o amor mercantil. Se le llama poliamor. Pero no es más que la colonización de la vida afectiva y del deseo por la lógica del contrato mercantil. El poliamor, como otros derivados del pensamiento posmoderno, es acertado en la crítica, pero errado en la solución. Es una crítica necesaria a instituciones opresoras de la libertad, como el modelo patriarcal y capitalista de pareja. Una pareja posesiva, jerarquizada en torno a la voluntad del hombre, y organizada como unidad de producción y reproducción de trabajo no remunerado realizado por las mujeres.

Pero esto ya se criticó también por el feminismo, el comunismo o el anarquismo. Entonces hablaron de amor libre, que no debemos confundir con el neoliberalismo del poliamor. En el poliamor hay un yo con sus propias necesidades y deseos, que negocia con otros yoes similares, como en cualquier mercado. Posmodernos y neoliberales coinciden en que los deseos deben ser derechos a realizar en el mercado, dejando fuera el autocontrol sobre las pasiones, necesario para un orden social justo. El vocabulario de austeridad y virtud, sostenido por cristianos o comunistas, ha desaparecido ante el embate hedonista posmoderno-neoliberal.

Las “externalidades negativas” del poliamor, como celos e inseguridades, se trabajan en talleres especializados, en un negocio que se crece en torno a esta nueva forma de entender la vida afectiva y sexual. El poliamor no hace más que aceptar los mantras del capitalismo, podemos consumir parte del otro, sin sentirnos responsables, y de la posmodernidad, todo deseo está bien. Consumamos afectividad y deseo, sin más compromiso que firmar un contrato.

El amor libre es otra cosa. El amor libre es un compromiso entre iguales, basado en el respeto, el deseo y en el cuidado, aceptando al otro como otro al que no se puede entender por completo, ni se puede someter, pero en el que la entrega es total. En una sociedad patriarcal y capitalista no se dan las condiciones materiales para esta forma de amor, pues estructuralmente la posición de las mujeres es más débil que la de los hombres, por no decir la de las opciones no heterosexuales, que siguen viviendo en el estigma.

Lo que propone el poliamor no es amor libre, sino neoliberal. El otro no me interesa como una persona integral, como en el amor libre, sino solo aquello que pueda poner en un contrato. El contrato es resultado de la voluntad de un yo sin más empatía ni responsabilidades que las que quede reflejada en las cláusulas de dicho contrato. Lo que queda fuera, no es responsabilidad de las partes. Ya no hace falta sentir empatía por el otro, sino solo por el cachito del otro que está en el papel firmado. Esta es la base de la explotación capitalista, del fetichismo de las relaciones sociales, de la cosificación de las personas. Entender a las personas no como una totalidad en el respeto y el cuidado que merecen, sino por su poder de negociación en un contrato. Al igual que en el resto de mercados, el nuevo mercado de lo afectivo/sexual lleva a que quienes más tienen (capital económico, relaciones sociales, capital erótico…) explotan a los que menos tienen. Como ocurre en el resto del orden capitalista, los perdedores ni siquiera pueden quejarse, pues han suscrito libremente el acuerdo. Y como los otros malestares que genera el capitalismo, los dejamos en manos de terapeutas que nos enseñen que la explotación, si es querida, es justa, y con ella nos debemos reconciliar.

Si el poliamor avanza, no es raro que termine como el resto de la economía colaborativa. Se adorna de libertad, realización personal y otras buenas palabras, pero en cuanto se deja operar, la solidaridad y la autonomía individual se transforman en la dominación de quienes tienen más poder de negociación. Frente a esta visión fragmentada y caprichosa de las personas, solo cabe recuperar el amor libre, con su visión de la persona como un todo.

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