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Serena Williams y nuestro derecho al enfado

No se trata de defender todo lo que Serena Williams hizo la otra noche en la final. Sí de denunciar un doble rasero que justifica y endulza las demandas y las maneras de los hombres y vilipendia las de las mujeres

Cuando el estándar de comportamiento lo marcan los hombres y lo masculino, es difícil para las mujeres encontrar un hueco para legitimar sus reivindicaciones y emociones

Supongo que los comentarios machistas de David Ferrer a una jueza de silla o las discusiones de Rafa Nadal con el árbitro Carlos Bernardes no son producto de sus emociones, sino de decisiones racionales tomadas desde la calma

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Serena Williams discute con el árbitro Brian Earley durante la final del US Open 2018.

Serena Williams discute con el árbitro Brian Earley durante la final del US Open 2018. EFE/EPA/Daniel Murphy

Serena Williams perdió el sábado la final del US Open. Pero las demás hemos ganado una imagen: la de una mujer poderosa enfadada, mostrando su ira, exigiendo, retando con sus palabras y con su cuerpo a un hombre y poniendo en tela de juicio lo que creía injusto. No se trata de exigir un trato de favor, ni siquiera de reclamar el 'coaching' o de reivindicar que la agresividad sea la norma en las pistas de tenis. Tampoco se trata de defender todo lo que Serena Williams hizo la otra noche en la final. Sí de denunciar un doble rasero que justifica y endulza las demandas y las maneras de los hombres y vilipendia las de las mujeres. Se trata de reclamar nuestro derecho a enfadarnos. 

Serena Williams se convirtió el sábado por la noche en la imagen de lo que tantas mujeres viven a diario y muchas veces no son capaces de describir. Cuando el estándar de comportamiento lo marcan los hombres y lo masculino, es difícil para las mujeres encontrar un hueco para legitimar sus reivindicaciones y emociones. 

Si nos comportamos de una manera agresiva –bien sea romper una raqueta, dar un golpe sobre la mesa, hablar con rotundidad a un compañero– es probable que nos reprochen nuestra ordinariez y nuestras malas maneras. Puede incluso que empiecen a decir por los pasillos que estamos un poco locas. Si dejamos paso a las emociones y mostramos nuestros ojos enrojecidos, si reconocemos nuestra aflicción, si lloramos, entonces nos tacharán de histéricas o sentimentales. Y sí, también dirán de nosotras en los pasillos que estamos un poco locas.

Una mujer debería tener el mismo derecho a clamar contra una injusticia igual que un hombre. Lo ha dicho una de las mejores tenistas de todos los tiempos, Billie Jean King, que apoya las quejas de Williams. "Las mujeres son tratadas de forma diferente en muchas áreas de la vida. Esto es especialmente cierto para las mujeres de color. Y lo que pasó en la pista ayer pasa con demasiada frecuencia. Sucede en los deportes, en la oficina y en el empleo público. Las mujeres son penalizadas por levantarse por ellas mismas", dice en  un artículo en The Washington Post.

King da una de las claves del asunto: "Pasa con demasiada frecuencia". Los dobles raseros, los machismos sutiles, no son la excepción en nuestra vida, sino la norma. A menudo, cuando reaccionamos ante una de esas situaciones llevamos muchas otras a las espaldas que habíamos callado. Por eso, a veces nuestra reacción está cargada de frustración y rabia: no es lo que sucede un día en tu oficina o en la calle, es lo que sucede todos los días en todas partes. Y para Serena Williams, la pista es su oficina y los tenistas masculinos, los compañeros con los que puede compararse. 

"Es difícil de entender que una deportista de su magnitud y su prestigio no pueda controlar los nervios en la pista y se deje llevar por las emociones", ha dicho Toni Nadal de Serena Williams en un artículo. Otra vez las emociones y el enfado femenino como el equivalente a la sinrazón y la absurdez. Supongo que los comentarios machistas de  David Ferrer a una jueza de silla, también en un partido en el US Open, o las discusiones de Rafa Nadal con el árbitro Carlos Bernardes no son producto de sus emociones, sino de decisiones racionales tomadas desde la más estricta calma y profesionalidad.

Ellos no están fuera de control. No son histéricos, ni desmesurados o histriónicos. Ellos son personas que se quejan de lo que consideran injusto, seres racionales que defienden sus intereses. Quizá a veces cruzan la raya, pero nadie les acusará de hacerlo porque tienen la regla, la menopausia o cualquier otro fenómeno vinculado a la naturaleza.

He visto a demasiadas mujeres dejar de pedir, de exigir, de entrar en despachos por miedo a desbordarse, a romper en lágrimas y a ser juzgadas por ello. Porque una mujer emocionada o enfadada es, socialmente, siempre un exceso o un producto de sus hormonas. Ante la agresividad o las lágrimas, el contenido de nuestro mensaje se desvanece y solo quedan los prejuicios.

Tenemos miedo a enfadarnos. Con nuestros compañeros y jefes, con el hombre que nos acosa en el autobús, con los hombres con los que nos acostamos. En nuestros subconscientes reverberan esas consignas que escuchamos desde pequeñas. Enfadada estás más fea. Así no te va a querer nadie. No seas enfadica. Obedece. Sé dulce. Si te pones así les va a asustar. En nuestra conciencia nos queda claro las penalizaciones a las que se enfrentan las mujeres que desafían los roles de género y los estereotipos. 

Aprendamos de Serena y enfadémonos. Tenemos derecho a hacerlo. Y así, como dijo ella en la rueda de prensa tras la final, las cosas quizá no sean tan diferentes para nosotras ahora pero sí lo serán para las próximas que vengan. 

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