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Las cicatrices del juez Piñar

La libertad y la dignidad de las mujeres están secuestradas por jueces con togas como pasamontañas

Jueces como Manuel Piñar, que rajan a las mujeres con sentencias como cuchillos y dejan cicatrices que recorren de arriba abajo el cuerpo de nuestra historia

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Juana Rivas ante el juez Manuel Piñar.

Juana Rivas ante el juez Manuel Piñar. EFE

Tras hacerse pública la condena contra Juana Rivas, la ministra portavoz Isabel Celaá se dirigió a los medios de comunicación pronunciando esas frases que tienes que decir cuando estás en el Gobierno, relacionadas con el acato y el respeto debidos a las sentencias judiciales, es decir, a la separación de poderes en un Estado de derecho. Pero no quiso evitar decir que hay sentencias que “duelen más” y su cara dejaba traslucir una indisimulable consternación. Me identifiqué con ese gesto que no era de crispación indignada sino de la seriedad que congela el habla si no tienes que hablar por obligación. Ante el televisor, yo también me había quedado muda unos minutos antes, cuando la noticia fue que Juana Rivas había sido condenada a cinco años de cárcel y a seis sin la patria potestad de sus hijos. Lo que dejaba muda y dolía, más allá de la condena misma, eran los términos del juez Manuel Piñar, quien dictó sentencia tan rápidamente que cabe sospechar que la traía redactada de casa. El juez que criticó a la Fiscalía por el “excesivo celo ideológico de proteger a la mujer”, que se opuso a la Ley Contra la Violencia de Género y que se refiere al “feminismo radical” para insistir en la violenta falacia de “las falsas maltratadas”.

Esos términos heladores de la sentencia contra Juana Rivas eran el prefacio de lo que sabríamos después acerca del juez Piñar (que bien podría llamarse Blas). Los medios recordaron que hace unos años dictó una sentencia que rebajaba la indemnización que pedía una joven de Granada tras un accidente con argumentos tan perversos como que la cicatriz, en una chica tan atractiva, podía ser un aliciente sexual. Dijo que los muslos son una parte del cuerpo que las mujeres no enseñan sino en traje de baño o en circunstancias tan íntimas que no te fijas en los detalles. Bueno, un asco. El problema es que ese asco es la máxima autoridad para juzgarte, interpreta las leyes, te absuelve o te condena, decide tu destino. Le ha tocado a Juana Rivas como le tocó en 1999 a una chica con la secuela de una cicatriz. Para contener las nauseas, he de pensar, literalmente, en términos poéticos: No hay cicatriz, por brutal que parezca, / que no encierre belleza. / Una historia puntual se cuenta en ella, / algún dolor. Pero también su fin. / Las cicatrices, pues, son las costuras / de la memoria, / un remate imperfecto que nos sana / dañándonos. La forma / que el tiempo encuentra / de que nunca olvidemos las heridas.

Me repito los versos del poema ‘Las cicatrices’, que la poeta colombiana Piedad Bonnett publicó en 2011 en su libro Explicaciones no pedidas. Pienso que, sí, la cicatriz del muslo de aquella chica granadina encierra, como todas las cicatrices, la belleza del fin de un dolor y el daño sin fin de la herida que fue. Y pienso en la otra herida: la que un juez abrió a aquella chica cuando le habló en términos brutales. La herida que ese juez abrió, como quien abre una cabeza con un mazo, en la prosa de la historia. Así puedo pensar que otras heridas también serán cicatriz, que nunca olvidaremos pero podremos sanar, que con historias puntuales vamos rematando las costuras de nuestra memoria. Solo así puedo no seguir muda ante un televisor. Solo en esta cadencia y estas formas soporto hoy constatar, una vez más, que la libertad y la dignidad de las mujeres estén secuestradas por jueces con togas como pasamontañas, jueces como Manuel Piñar, que rajan a las mujeres con sentencias como cuchillos y dejan cicatrices que recorren de arriba abajo el cuerpo de nuestra historia.

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