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La última moneda

Mi padre acaba de morir, pero él nunca necesitó leer 'El Príncipe' de Maquiavelo para tener conciencia de que la lucha del oprimido siempre es legítima

Foto: cineclasico.com

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Llegué a tiempo para dejar la moneda bajo su lengua. De esta forma, el último viaje de mi padre quedaba pagado y el barquero de Hades le transportaría hasta otro reino. Ocurrió hace pocos días.

Pero no he venido aquí a compartir mi dolor. No es mi estilo. Tan sólo he venido a decir que, cuando el barquero Caronte se puso a remar, me vinieron los asaltos del recuerdo. De todos ellos, hay dos que me gustaría hacer públicos, pues, ambos tienen que ver con la materia que subyace en todo lo que escribo.

Hay un primer asalto en el que yo, siendo un crío, estaba viendo una peli del Oeste; una de indios y vaqueros, de esas que echaban por la tele de entonces y en las que suenan disparos, y cascos de caballo al galope. Yo sufría mucho cada vez que mataban a un vaquero. Entonces, mi padre me preguntó el porqué de mi angustia. "Porque los vaqueros son los buenos y los indios, los malos" le contesté. Mi padre negó con la cabeza para después contarme lo confundido que yo estaba. "Es al revés- me dijo- los indios son los buenos porque están en su territorio y lo están defendiendo de los de los invasores ¿No comprendes? ¿Tú no harías lo mismo?" A partir de ese momento, empecé a mirar a John Wayne y a sus amigos de otra manera. Con un profundo asco, quiero decir.

Con esto, también vengo contar que mi padre nunca leyó El príncipe de Maquiavelo, pero no le hizo falta llegar al tratado que inauguró la ciencia política para tener conciencia de que la lucha del oprimido siempre es legítima.

En el siguiente asalto, yo era ya un poco más mayor. Puedo recordar la fecha exacta porque mi hermana Natalia cumplía dos años. 9 de abril de 1977. Salimos a celebrarlo y yo iba de su mano por una calle de Madrid. Mi madre iba con mi hermana Silvia, a unos pasos por delante, cuando un coche que portaba banderas rojas empezó a pitar a unos hombres que alzaban su puño izquierdo. Asombrado, pregunté a mi padre qué era lo que estaba pasando. "Son comunistas -me dijo- ese es su saludo".

En aquella época, las estructuras sociales señalaban al comunista como un ser capaz de tratarse de tú con el mismísimo diablo. Por eso, cuando salió de su boca la palabra "comunistas", el miedo me paralizó y mi padre, al percibirlo, me vino a tranquilizar de seguido. "No te preocupes, hijo, son buena gente. Luchan para que, lo que es de todos sea de todos y no pertenezca sólo a unos pocos que se hacen ricos con lo de los demás. Quieren que lo común sea de todos y que todos participemos de ello. Por eso se llaman comunistas".

Llegados aquí, sobra decir que, en todo lo que escribo, mi padre seguirá viviendo. Lorenzo Montero Cuellar, "Lorencín". Buen viaje.

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