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El voto en Catalunya: instrucciones de uso

Llegan, por fin, las elecciones catalanas. La derecha tiene claro su voto ¿Y las izquierdas? ¿Qué debería hacer un activista social o una persona que se considere de izquierdas? ¿A quién podría votar? Planteada a bocajarro, la pregunta no admite fácil respuesta. Si la cuestión fuera a quién no votar, sería más sencilla. Ante todo, al Partido Popular. Por su sumisión a la troika, por su nacionalismo autoritario, emparentado con el franquismo, por su conservadorismo moral y un largo etcétera. Pero ¿por qué no comenzar por CiU? ¿Es acaso mejor? La derecha españolista y la catalanista, después de todo, suelen entenderse. Sus negocios oscuros, su afán privatizador, su concepción esencialista de la propia nación. Un mismo aire de familia. Aunque no siempre, claro. El historiador Josep Fontana recordaba hace poco que entre Fraga y Pujol había una diferencia: durante el franquismo, uno encarcelaba y el otro era encarcelado. Alguien podría responder: durante el franquismo, pero no ahora. Es posible. Pero habría que admitir algo; incluso ahora, sería más probable que Rajoy encarcele a Mas y no a la inversa. Es lo que tiene disponer de un Estado, de un poder coactivo, jurídico y comunicacional que permite imponerse en ámbitos decisivos.

Ni PP ni CiU, de acuerdo ¿Y el PSC? Si uno mirara hacia abajo, hacia las bases tradicionales del partido, podría animarse. Pero la socialdemocracia del sur de Europa ha renunciado a demasiadas cosas, comenzando por la democracia social. Esta ha sido la deriva del PSOE y también la del PSC, incapaz de hacer valer su singularidad ¿Y Ciutadans? Como azote regeneracionista de Mas podría parecer una alternativa. Visto de cerca, el partido anti-partido, obsesionado con la cuestión identitaria, acaba siendo un partido del régimen surgido de la transición. Demasiado complaciente con el españolismo del PP o del peor PSOE, neocentralista y sin alternativas sociales o ecológicas que puedan situarlo claramente a la izquierda.

Quedarían, pues, ERC e ICV-EUiA. El votante crítico hallaría en la primera un valor innegable: su predisposición para impugnar la cultura política heredada del franquismo y la propia restauración borbónica. Uno piensa en gente como Joan Tardà, gritando en el Congreso de los Diputados lo que pocos se atrevieron. En términos sociales, en cambio, el discurso republicano suele ceder a una propuesta vagamente social, que deja demasiadas cosas sin tocar. Aquí, hay que admitirlo, ICV-EUiA va más lejos: su programa es una clara impugnación del neoliberalismo y resulta solvente en términos técnicos. Si se compara con ERC, se nota, igualmente, una mayor autonomía para ir hasta el final en la denuncia de las corruptelas y las políticas privatizadoras de CiU. El activista exigente, es verdad, podría señalar algunos problemas: la herencia oscura del gobierno tripartito, cierta distancia con los movimientos sociales, las inercias de una estructura demasiado profesionalizada.

¿Y entonces? Nos quedaría la CUP-Esquerra Alternativa. Una formación que concurre por primera vez a la cita. Con escasos medios y sin préstamos bancarios. Y que según las últimas encuestas, tendrá un lugar seguro en el nuevo Parlamento. ¿Su programa? Una enmienda total, en términos sociales y ecológicos, al brutal capitalismo de nuestro tiempo. Contrarios al pago de la deuda ilegítima, críticos desacomplejados de la Europa de los mercaderes, defensores de los derechos de los migrantes. Y sumado a eso, una interesante trayectoria asamblearia y municipalista y un candidato por Barcelona con una foja intachable: el cooperativista, periodista y activista David Fernàndez.

¡Pero la CUP es independentista! ¡Cómo puede alguien de izquierdas votar por partidos nacionalistas, un ideal reñido con cualquier profesión de fe internacionalista! Un momento. Lo que fuerzas de izquierdas como ERC, ICV-EUiA o la CUP defienden no es el nacionalismo. Es un derecho democrático, el derecho a decidir. En Catalunya cuenta con el apoyo del 80 por ciento de la población ¿Cómo alguien con elementales convicciones democráticas podría oponerse? Sus partidarios de izquierdas suelen ser federalistas, confederalistas o independentistas. Pero no nacionalistas ni mucho menos insolidarios. Así lo constató Diego Cañamero, jornalero y miembro del Sindicato Andaluz de Trabajadores, cuando habló en el acto central de la CUP. Y así lo constatará también Alexis Tsipras, el líder de Syriza que compartirá tribuna con el cabeza de lista de ICV-EUiA, Joan Herrera.

¿Qué hacer, pues? Una opción legítima, siempre, sería no votar y continuar la labor diaria de construcción de alternativas en cooperativas, ateneos, sindicatos o asociaciones de vecinos. También se podría hacer lo anterior y votar por ICV-EUiA, con todos los reparos que puedan hacérsele. O mejor, votar a la CUP, con la esperanza de que se abra a otros espacios y contribuya a forzar a ICV-EUiA a una regeneración que solo podrá producirse con ayuda de otros. Para dar este paso no hace falta ser un catalanista radical. Basta con tener genuinas convicciones democráticas. Y pensar, por tanto, que cuando se reclama el derecho a decidir en términos políticos, es probable que se acabe exigiéndolo también en otros ámbitos, comenzando por el económico. Muchos activistas sociales y personas de izquierda en Catalunya así lo creen. Ojala que en España y en Europa sean muchos, también, los que puedan entenderlo, si no con complicidad, al menos con respeto.

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