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Y no besarte la noble calavera

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Los márgenes no se miran. Las notas a pie de página son molestas. Si alguien nos obliga a fijarnos en los motivos secundarios del cuadro, algo en nuestra percepción se revuelve, pues el cuadro no está pintado para dar relieve a lo accesorio.

La muerte ni siquiera es un figurante: cuando está llegando la distraemos con asepsia hospitalaria, y luego la ponemos fuera de los pueblos y de las ciudades. Es cierto que hay razones higiénicas y de salud por las que conviene que los cuerpos se corrompan lejos de los vivos, pero no se piensa en ellas al dar cuenta de por qué los cementerios  están en las afueras. Sí se piensa, en cambio, que es mejor tener a la muerte a distancia. 

Sin embargo, hace ya tiempo que esta ocultación de nuestra finitud, sobre la que se ha escrito en abundancia, convive con los camposantos. Estos han pasado a formar parte de un espacio urbano experto en devorar a su cinturón. La vista de las tapias blancas con sus cipreses no cambia gran cosa el ninguneo que dispensamos a la parca, ninguneo que vendría a ser una muestra más de que sólo vemos lo que se nos ha enseñado a ver. Ni siquiera la popularización de la fiesta de Halloween ha modificado nuestro imaginario: la gente sale disfrazada de zombi o de esqueleto a los bares, y la catarsis se reduce a un ritual beodo.

¿Merecería la pena que fuera de otro modo? ¿Deberíamos aprovechar las fiestas consagradas a los muertos, o la presencia de cementerios en pleno casco urbano, para rectificar nuestra ceguera?

Los que estudian este asunto de la muerte afirman que las culturas que no la esconden son capaces de afrontarla mejor, pero nosotros no tenemos ya herramientas para naturalizarnos con ella. Esas herramientas pasan por un tejido social constituido por rituales y costumbres religiosas. Nuestra religión es la ciencia, que destruye todo lo que no cae bajo su ley, y a nuestro tejido social lo desteje el capitalismo, que nos quiere descreídos, hedonistas, felices. Por otra parte, para el laicismo cualquier tentativa de acercamiento a la muerte sería algo así como celebrar una jornada de puertas abiertas a los cementerios (ya sé que las puertas de los cementerios siempre están abiertas). ¿Se imaginan?

cementerio

Hay otra modalidad de asunción de la muerte tolerada por nuestra laicidad: que tu vida haya servido a una causa. Parece que así te vas a morir más tranquilo. Tiene desde luego su lógica, pero es peligrosa si esa causa la deciden los demás cuando te entierran. A los gobernantes y a los que quieren imponer su razón les encanta: zutano dio su vida por España, por la democracia, por los derechos de los niños.

No hay paraguas cuyas varillas no estén rotas, y al final nos tenemos que beber la muerte a palo seco cuando un familiar cruza la línea, cuando una enfermedad funesta nos asola. Ese es nuestro aprendizaje: la terca y cruda materia.

A los cementerios los tenemos al lado de casa, pero no los vemos porque no hay en ellos nada especial que mirar. Y tampoco queremos aguarnos la fiesta. En sí mismos, nuestros camposantos no son más que un catálogo de nombres, fechas, no te olvidamos. Quizá nos asusta su aspecto administrativo: tal es la estética que hemos querido darles, la de un archivo aburrido, de cuyos documentos nos desharemos cuando sus vínculos con lo que respira no tengan importancia.

Siempre habrá paseantes como yo, que gustan de los cementerios porque no hay nadie en ellos, ni nada que hacer; por la gratuidad del propio paseo en un sitio que no está pensado para el paseo. A título personal agradezco que los ayuntamientos y los constructores no se hayan cortado un pelo a la hora de levantar barrios junto a los muros que custodian las tumbas, muros tras los que siempre podemos refugiarnos del ajetreo, lo que por cierto acerca a la muerte a su significado más literal: el descanso.

Tal vez, y puesto que la ciencia nos ha dejado sin ese más allá terrenal que son las almas en pena atrapadas en nuestro mundo, no nos queda otra que ser literales. Desde luego, podemos desobedecer a la ciencia, pero para eso hace falta mucha valentía. En el fondo no queremos arriesgarnos a ver fantasmas.


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