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“El dinero, como lo entendemos hoy, va a desaparecer”

El urbanista venezolano opina que en el nuevo paradigma industrial, quien tiene el poder es quien tiene el algoritmo para extraer valor de las interacciones en Internet

"El activo más valioso ya no es el oro o el petróleo, sino la información. Mientras este activo dependa de la infraestructura de computación en manos de unos pocos, replicaremos el capitalismo digital"

"Tenemos que aprender de las cosas buenas que tiene el capitalismo de Silicon Valley, como el márketing, y aplicarlas en modelos alternativos"

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Tomas Diez, director del Fab Lab Barcelona. Fotografía: ANDREA BOSCH

Tomas Diez, director del Fab Lab Barcelona. Fotografía: ANDREA BOSCH

Fab Lab suena a espacio blanco pulido con grandes ordenadores y aire acondicionado. El de Barcelona, al menos, no es eso: es el intermedio entre una fábrica y un estudio de arte. En un galpón del Poblenou, con una puerta de madera atada con alambre para que entre el aire, se mezclan ordenadores con grandes maquinarias. Y gente normal que está intentando reinventar el futuro. Tomas Diez, cofundador del  Fab Lab Barcelona e impulsor de Fab Labs en España, recibe a Alternativas Económicas sentado junto a una mesa, al lado de otras personas que trabajan en sus ordenadores. Este urbanista venezolano está especializado en la fabricación digital y sus implicaciones en el futuro de las ciudades y la sociedad. Sus investigaciones ponen el foco en la relación entre las máquinas y los humanos para la creación de una nueva economía basada en una infraestructura distribuida de la manufactura, y de datos de arquitectura a través de las plataformas abiertas.

¿Qué es un Fab Lab?

Son laboratorios de fabricación digital donde puedes hacer casi cualquier cosa. Es un proyecto que nació de forma accidental a principio de la década pasada, a partir de una colaboración entre el  MIT y una comunidad afroamericana en el sur de Boston. Mel King, uno de los activistas de esa ciudad que defendía los derechos de familias afroamericanas, conoció a Neil Gershenfeld, un físico de la computación cuántica que tiene un centro de investigación en el MIT, el Center for Bits and Atoms, donde trata de entender la relación entre el mundo digital y el mundo físico. Este encuentro generó una sinergia que derivó en el primer Fab Lab. 

¿Qué hicieron?

Los Fab Labs son un espacio donde hay máquinas y herramientas con los cuales las personas en vez de tener una educación basada en la memorización tienen una educación práctica, aprenden habilidades a través de la tecnología no solamente para replicar cosas, sino para generar nueva tecnología. A partir de este primer experimento de Boston, hubo un segundo Fab Lab en Ghana, y luego en India. En estos lugares se dio una dimensión más amplia de lo que podría ser un Fab Lab, en un lugar remoto, en el medio de la nada. A partir de allí, por una serie de casualidades los Fab Labs se comenzaron a expandir. El Fab Lab de Barcelona, que es el primero de la Unión Europea, se abrió en 2007. Entonces sólo había diez en el mundo.

¿Ahora cuántos son?

1.165. El número sigue creciendo. Se multiplica prácticamente a la misma velocidad que establece la Ley de Moore para los microprocesadores.

¿Cómo es esa ley?

Es la ley de crecimiento exponencial que dice que cada veinticuatro meses se duplica la cantidad de transistores dentro de un microprocesador, y se reduce a la mitad el precio. Es la velocidad que tiene un móvil de hacerse más rápido y barato.

¿Cómo crecen? ¿Quién los financia?

Crecen a partir de una necesidad. Son autofinanciados. Un Fab Lab es un laboratorio de experimentación, pero también un pequeño centro de producción. Se aprende, se comparte. Es sobre todo un espacio de transformación cultural, de la cultura del consumo y la producción a través de las nuevas tecnologías.

Las máquinas que ustedes tienen aquí deben de costar un dineral…

Son versiones propias. Todos los Fab Labs del mundo comparten un inventario común. Hay una lista de procesos que se comparten, lo que hace que podamos operar como una red global. Cortadoras láser, impresoras 3D, fresadoras. Usan un mismo lenguaje.

Un mismo lenguaje, pero no una misma máquina. ¿Quién pone ese dinero inicial?

Puede ser institucional, a través de una compañía; puede ser comunitaria, a través de un grupo de gente que funciona de forma cooperativa. O puede ser la ciudad, como inversión pública.

¿En España cuántos Fab Labs hay?

Unos 48, de los que 10 están en Barcelona. Son públicos, privados, de investigación. Luego hay en Madrid, Valencia, Bilbao, Deusto, Galicia, Cuenca… La inversión inicial es inferior a 100.000 euros. Y eso resulta cada vez más barato. Dentro de los Fab Labs se pueden fabricar Fab Labs. Lo bonito de esto es que no hace falta replicar la misma máquina. Se va adaptando a cada necesidad. 

¿Se puede crear una impresora 3D con una impresora 3D?

Una impresora 3D puede imprimir plástico, y puede hacer las partes de plástico de otra impresora 3D, que es entre el 20% y el 30% de lo que es la máquina.

Luego tendrá tornillos, y materiales que necesitarán incluso de humanos…

Siempre habrá procesos que tendremos que seguir haciendo de manera estandarizada. No vamos a un reemplazo de toda la sociedad industrial.

Supongo que no cualquiera puede montarse una máquina 3D.

No. Pero estamos tan metidos en la forma en que funcionan las cosas que vemos que algo es difícil y puede no serlo. Queremos desmontar ese mito.

No podemos saberlo todo de todo.

Claro. Pero es muy interesante ver cómo va cambiando la inteligencia. La visión tradicional considera  quién puede memorizar o contener más información. La inteligencia está evolucionando en no saberlo todo, pero sí saber dónde buscarlo. En un Fab Lab la gente aprende casi todo, pero en especial aprende dónde buscar.

Habrá que especializarse…

No necesariamente. Yo soy un generalista. Mi especialidad es saber de todo un poco. 

Como un médico de cabecera. Pero luego siempre tendrá que haber un cirujano…

Sí. Para hacer un proyecto, yo puedo tener una idea, pero tengo que asociarme con un cirujano, que vendría a ser un diseñador de electrónica. Pero las relaciones son diferentes. No es que yo le contrato y externalizo. Es una colaboración. 

¿Cuáles fueron los resultados de estos Fab Labs en Ghana, India y otros?

El Fab Lab de Boston sigue existiendo, y en el de India varios chicos que empezaron allí estudian en el MIT. Gente que no tenía oportunidades las ha tenido, y capacidad de reinventarse. Algunos Fab Labs han cerrado también. No todo es bueno. Pero ahora están empezando a generar proyectos. Están comenzando a desempeñar un papel en la sociedad. Por ejemplo, hemos hecho un proyecto piloto en el barrio de Gràcia de Barcelona, que ha logrado que los vecinos demostraran al Ayuntamiento que el botellón que se hace todas las noches desde hace años en una plaza está violando las regulaciones de la Unión Europea en términos de ruido. Cuatro chicos han creado un proyecto que reduce drásticamente el consumo de agua para cultivo de alimentos. Lo han hecho en código abierto, a través de una campaña de crowdfunding.

Alguien tiene un invento pero no tiene dinero. Lo difunde buscando financiación, aparece quien tiene dinero, lo produce y se lo queda…

Ha pasado. Hay gente que en Alemania o en Estados Unidos hacen un invento, lo exponen en  Kickstarter y antes de que terminen ya lo están vendiendo en China. 

El que tiene dinero tiene poder. ¿Eso va a cambiar en algún momento?

Está empezando a chirriar. El dinero, de hecho, como lo entendemos hoy, va a desaparecer. Con la digitalización de los mercados financieros empezamos a darle valor al dinero según un potencial que tendría en ciertos escenarios.

Pero el que tiene el poder del dinero virtual sigue siendo el que manda.

Pasó con Internet. Nació como infraestructura abierta, con protocolos muy básicos, y al final con la capacidad que tienen empresas como Google o Facebook, y los que no sabemos, están secuestrando Internet. En este nuevo paradigma industrial, el que tiene el poder es el que tiene el algoritmo para extraer valor a la interacción en Internet. 

Sigue siendo apropiado por unos pocos.

Hay una tendencia de la humanidad que no sé por qué cada vez que aparece una cosa nueva tiende a organizarse de forma jerárquica. Hay gente que sostiene que la evolución depende de la colaboración. Yo tengo mucha fe en las nuevas infraestructuras que permitan esta colaboración, como los Fab Labs.

Puede venir Facebook y decir: voy a poner dinero en los Fab Labs.

Pasará. Estamos trabajando en la infraestructura financiera y organizativa para que en el momento en que pase no haya nadie que pueda apropiarse de las ideas. Es el momento de probar esta infraestructura, como el blockchain.

¿ Blockchain ?

Es la tecnología que está debajo de los Bitcoins. Básicamente es una red descentralizada de ordenadores que comparten una hoja de cálculo del registro de las transacciones de la red. Esa hoja de cálculo es abierta y anónima. Si hacemos una modificación en esa red, quien certifica ese cambio es la red y no un organismo central, como funciona hoy.

Puede venir un ciberterrorista...

Cuando se centraliza Internet hay unos puntos débiles. Cuando te metes en esos puntos débiles, afectas al resto. Si tienes una red distribuida, puedes atacar un nodo, pero tienes copias de esa información en todos los nodos. El escritor Ray Kurzweil, jefe científico de Google, que predijo el momento en que un ordenador iba a vencer a un humano jugando al ajedrez, dice que en la década próxima los ordenadores darán un salto cuántico, y van a romper la ley de Moore. Vamos a vencer las limitaciones que tienen estos ordenadores, la velocidad y la capacidad de almacenamiento. En tu casa, podrás tener en un cubo del tamaño de una lavadora todo el Internet del mundo. Cada vez que cambie algo en esa red, será la misma red la que acuerde esos cambios. Es inmanipulable.

Aunque cualquiera pueda tener toda la información del mundo en una caja, no todos serán capaces de usarla.

El activo más valioso ya no es el oro o el petróleo, sino la información. Mientras este activo dependa de la infraestructura de computación en manos de pocos replicaremos el capitalismo digital. 

Estamos en la era colaborativa , pero Uber, Airbnb, no son muy colaborativas. Y cuando se han creado estructuras como Fair-bnb, no avanzan, ¿por qué?

En Airbnb han sido capaces de captar muchísima gente. Tenemos que aprender de las cosas buenas que tiene el capitalismo de Silicon Valley, como el marketing, y aplicarlas en modelos alternativos. La gente no va a participar por el hecho de que Fairbnb sea fair (‘justo’). Hay que establecer acuerdos con estas plataformas en vez de demonizarlas. En los ayuntamientos no tienen gente tan capacitada como los desarrolladores de Airbnb.  El sector público tendría que actualizarse. Permitir que ese talento esté al servicio de la ciudadanía, y fomentar Airbnbs más justos.

¿Cómo se regula esta nueva economía?

Tiene que haber unas reglas del juego claras, simples. Hoy hay muchas capas burocráticas inservibles. La regulación cambiará gravitalmente con las nuevas tecnologías. Podremos hacer contratos inteligentes, a través de una infraestructura digital, sin un notario. 

Debemos hacer la regulación mucho más flexible; casi diría algorítmica. Cuando se producen cambios rápidos, la regulación tarda tanto en entenderlos que la lógica capitalista gana ventajas comparativas. Pasó con Uber. Hay tensiones con Airbnb, por ejemplo en Barcelona. Airbnb es una oportunidad para generar más dinero. Yo viajo el 30% del tiempo. Mi casa estaba vacía ese tiempo. Podía alquilarla. Ahora no. Habría que buscar la forma de usar Airbnb como en sus orígenes, como un mecanismo para generar confianza entre personas. Si se hubiera ofrecido un marco, desde el principio, con unos valores, un turismo responsable, habría sido muy bueno.

Marx está presente en la economía colaborativa. Aunque todo cambie rápidamente, siempre habrá gente tratando de obtener un beneficio explotando a otros.

Por eso la regulación y la infraestructura institucional tienen que hacer que estas cosas bailen, más que se confronten. No puedes llegar y decir “prohibición”. 

La regulación sirve para proteger a los débiles. La Gig economy es tan libre que no tienes ningún derecho.

Sí.  Pero está tu libertad. Decides cuándo trabajas, cuándo descansas.

Tu libertad, si te alcanza el dinero. Si no, tendrás que trabajar todo el tiempo… Los sindicatos se horrorizan porque se despedazan siglos de luchas obreras...

Yo no soy antirregulación. Pero tampoco soy prosindicatos. Creo que todo se ha desvirtuado, y lo que hay son mafias sindicales. Hay gente que está ahí para mantener su cuota. No hay que caer en fundamentalismos. A lo mejor alquilando una habitación en tu casa y con tu Deliveroo, puedes vivir tranquilamente…

No veo que puedan tomarse vacaciones...

El que trabaja con Deliveroo puede irse de vacaciones, y a lo mejor alquilar su piso por una semana. Es decir, es algo mucho más complementario. No se puede señalar a los nuevos sistemas y decir “son los malos”. Por algo tienen una demanda, se usan, existen.

Si se tuvieran que redefinir los defensores de los derechos de los trabajadores,  la OIT... ¿qué deberían hacer?

Las lógicas económicas son las mismas. El problema es el acceso limitado a los recursos. Sin embargo, el rastro que deja este sistema es que hay posibilidades para modelos alternativos. Hay que desconectarse de la lógica del patrón y el empleado. A la OIT le diría que mejor desaparezca. Eso, como muchos mecanismos que hemos generado hace un siglo. La máquina lo cambia todo. Tenemos que inventar una filosofía actual. Zygmunt Bauman nos iluminaba con la idea de la sociedad líquida, trabajo líquido, el amor líquido...

¿Nos iluminaba o nos deprimía?

Para mí fue liberador. Por fin entendía qué estaba pasando.

Un mundo muy inestable...

Claro. Pero asume la inestabilidad como un estado normal. Hay un cambio filosófico fundamental frente a los cambios que llegan con las nuevas tecnologías. Nos estamos haciendo pocas preguntas.

Usted es urbanista. ¿Cómo ve una ciudad del futuro? 

Desde nuestra lógica, Fabcity, decimos que las ciudades están pasando de un modelo en el que importan productos y producen basura a uno en el que deberían producir todo lo que consumen. Energía, alimentos, tecnologías, ropa, etc.

¿Se fundirá en un tiempo el modelo de China o Taiwan?

Los medios de producción no estarán basados en la esclavización de personas. Zara tiene unas personas trabajando dieciséis horas y cobrando muy poco. Y eso se acabará.

¿Cómo cambiará?

Los medios serán más accesibles a las personas. Ahora no lo estamos haciendo. Pero empieza a emerger una economía en paralelo, como el blockchain. Hoy puedes enseñarme cómo hacer una entrevista y yo cómo usar una impresora 3D. Hay una transacción en criptomoneda y decidimos cuánto vale entre todos. 

Dicen que no hace falta  sacarse el carnet de conducir porque en quince años llamarás a un teléfono, vendrá a buscarte un coche sin conductor y te llevará.

Pasará. Hace cien años las calles estaban llenas de cacas de caballo. Hace veinte, el símbolo de la libertad era el coche. El nuevo signo de libertad es tener un móvil que te conecte con el mundo. Los cambios que antes tardaban cien años están tardando veinte, luego serán cinco, luego un año.

Lo que quiere decir que nadie puede predecir el futuro.

Hay unas tendencias que marcan la dirección, como la economía con las criptomonedas y el blockchain, y la evolución del dinero. Eso será clave.

El futuro todavía no está aquí.

El futuro no está bien distribuido. Tendemos a la concentración de conocimiento válido. Todavía está en manos de pocos. Nuestro sistema educativo es obsoleto. Están enseñando a niños con educación del siglo XIX. Tenemos un montón de estudiantes de MBA (Master of Business Administration) a los que se les enseña un modelo económico que no tiene futuro.

[Esta entrevista ha sido publicada en el número de septiembre de la revista Alternativas Económicas. Ayúdanos a sostener este proyecto de periodismo independiente con una suscripción]

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