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Cuando matamos al Otro. Y cuando lo dejamos morir

Queda claro el solipsismo de las políticas europeas de migración, cuyo mensaje al mundo es la no admisión de ninguna existencia más que la suya propia: la de sus valores, la de su democracia y su seguridad.

Existe la creencia errónea de que el viaje de esas personas termina con la llegada al  país europeo, cuando realmente es el comienzo de uno mucho más largo, profundo y de seguro más costoso: la integración, que implica la aceptación, de ellos y nosotros, de reconocernos en una pluralidad.

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Un grupo de refugiados en Kátsikas (norte de Grecia). EFE

Europa lleva llamándose desde siempre -y nosotros así la hemos reconocido- cuna de los valores occidentales. La ilustración trajo consigo grandes pensadores como Kant y cuya ética, basada en la razón universal, constituyó unos mínimos universales que son el corazón de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que hoy conocemos. Sin embargo, habría que mirar más allá y cuestionarnos sobre el adjetivo de universalidad. ¿Qué pasa cuando no somos capaces de asumir la heterogeneidad que como seres humanos nos caracteriza y establecemos la categoría de indeseados para aquellos Otros, que, por ser distintos a nosotros, no entran en nuestro proyecto de vida? Precisamente, hay dos acontecimientos -uno muy reciente y el otro, pasado, pero aún vigente- que confirman el fracaso del proyecto ilustrado que Europa dice defender.

En cuanto al más reciente, tenemos la Reunión Plenaria de Alto Nivel de la Asamblea General de las Naciones Unidas (AGNU) sobre los grandes movimientos de personas Refugiadas y Migrantes realizada el pasado lunes 19 de septiembre en Nueva York. Deberíamos fijarnos en su relevancia; ya que es la primera vez que Naciones Unidas propone una cumbre sobre desplazados en el mundo cuya cifra, para finales del 2015, según su informe Global Trends Forced Displacement, alcanzó el nivel exorbitante de 65,3 millones. Esto quiere decir, que 5,8 millones más de personas que el 2014 (59,5 millones), han tenido que dejar sus hogares forzosamente como consecuencia de la guerra, la persecución, las violaciones de derechos humanos o por cualquier tipo de violencia generalizada que se vive en sus respectivos países.

El escenario que se nos presenta, tras esta cumbre, es nada esperanzador. Su único resultado fue la Declaración de Nueva York firmada por 193 países, incluyendo España, mediante la cual los estados han expresado su voluntad política de proteger a las personas desplazadas forzosamente. Sin embargo, son compromisos que quedan en el aire; ya que ninguna acción inmediata y eficaz será gestionada ni firmada hasta dentro de dos años en la Cumbre Internacional 2018. Es decir, dejarles morir dos años más. Por tanto, lo “celebrado” en Nueva York, fue para concluir más de lo mismo: 1) que aún los estados más ricos como Estados Unidos, China, Japón, Alemania, Francia y Reino Unido (que representan más de la mitad de la economía global) no están preparados para hacer frente a esta crisis humanitaria; 2) que  los terceros países menos industrializados y con democracias inestables y más próximos a la crisis como Líbano, Jordania, Turquía, Irán, Etiopía, Pakistán, Sudáfrica y los Territorios Ocupados Palestino siguen acogiendo al más del 50% de las personas refugiadas; 3) la indiferencia hacia las verdaderas causas del origen de los desplazamientos forzosos como son la participación de esos mismos países industrializados en guerras periféricas (lejos de sus fronteras); su complicidad con regímenes autoritarios y que perpetúan la violencia en la región; la dictadura del mercado de armamento (cuyas ventas terminan en países envueltos en conflictos armados o que estén atravesando tensión política y social); y el egoísmo de los poderosos debido a sus intereses geoestratégicos por el control de los recursos naturales de una determinada región.

La sensación que nos invade es la de que no se han buscado soluciones reales y se deja entrever la falta de ética de la responsabilidad por el Otro que Europa dice llevar como bandera. Queda claro, además, el solipsismo de sus políticas de migración cuyo mensaje al mundo es la no admisión de ninguna existencia más que la suya propia: la de sus valores, la de su democracia, y su seguridad. Esto se traduce, por ejemplo, en la falta de medidas que permitan un pasaje seguro a miles de personas que cruzan la fosa común que hoy es el Mediterráneo  ( 3.501 personas han perdido la vida en lo que va de año); en el incumplimiento de obligaciones internacionales ya existentes y firmadas por estos mismos países para proteger a refugiados y migrantes; y en la inexistencia de medidas contra aquellos que las incumplen.

El otro acontecimiento aún vigente y que nos debe interpelar, es el informe titulado Observaciones finales sobre el sexto informe periódico de España que sacó el Comité de Derechos Humanos de la ONU el 2015, el cual arroja como resultado que España ha sido suspendida en su examen sobre Derechos Humanos tomado por la propia Naciones Unidas el 6 y 7 de julio de este año. Expulsiones en caliente, violencia policial, discriminación al inmigrante, racismo policial, la Ley Mordaza, esterilizaciones forzadas a discapacitados, violencia machista, desigualdad de género, aborto ilegal y los Centros de Internamiento para Extranjeros conforman algunas de las asignaturas suspendidas por un país cuyo monarca, en la Cumbre sobre Refugiados y Migrantes, resaltó la experiencia española en garantizar la protección de las personas. 

Si repasamos alguno de estos puntos, tan sólo en inmigración los resultados no son tan buenos como recalcaba el rey. Según la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), España en el 2015 negó el 70% de solicitudes de asilo. En España hay siete Centros de Internamiento para Extranjeros en donde se vulneran reiteradamente los derechos de las personas inmigrantes. Los vuelos de deportación y las devoluciones en caliente a personas que han huido de sus países, ya sea por persecución o violencia (no necesariamente guerra), deja ver que el gobierno español no entiende que la paz es la eliminación de las causas que ocasionan cualquier dolor o sufrimiento humano. Las redadas racistas por parte de los policías, si bien no son tan visibles, siguen existiendo. Las torturas y malos tratos por los agentes del Estado y los indultos que estos reciben, ponen en evidencia la inexistencia de fiscalizadores imparciales. Y, finalmente, la creencia errónea de que el viaje de esas personas termina con la llegada a España (o a cualquier país europeo) cuando realmente es el comienzo de uno mucho más largo: la integración. La misma que implica aceptación, por parte nuestra y de ellos, de reconocernos en una pluralidad.

Una vez llegados hasta aquí, podemos afirmar que ambos acontecimientos están directamente relacionados en espacio y tiempo. Pareciera que occidente tiene claro, en su día a día, que no se debe matar al Otro; pero ¿no es de igual manera un crimen dejarlo morir? Como decía el filósofo francés Emmanuel Lévinas en su propuesta sobre la ética de la alteridad, lo primero tendría que suponernos una obligación, y lo segundo, una prohibición igualmente básica. Necesitamos como sociedad responsabilizarnos y comprometernos a revertir los resultados que nos han dejado tanto la cumbre como el informe. Porque si bien España ha suspendido su examen sobre Derechos Humanos, la reciente Cumbre sobre desplazados también lo ha hecho.

 

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