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La sutileza de discrepar

Discrepar desarrolla el músculo del intelecto, permite matizar y enriquecer el debate dando lugar a nuevas posiciones y propuestas donde no tiene por qué haber un ganador y un perdedor.

Mientras en el mundo científico, discrepar es habitual, fuera de él los debates suelen resolverse a modo de contiendas que sólo admiten un resultado, generalmente en blanco y negro.

Hay discrepancias científicas que se extienden durante décadas e incluso siglos y permiten avances en muchas áreas de conocimiento, trascendiendo la resolución de la cuestión inicial.

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La sutileza de discrepar

Ilustración de Yoana Novoa

En el mundo científico se discrepa todo el tiempo. Eso desarrolla el músculo del intelecto y pone a prueba teorías y experimentos. Tan entrenados estamos las científicos en discrepar que pensamos que eso lo sabe hacer todo el mundo. Hasta que leemos un periódico, escuchamos un debate parlamentario, vemos la argumentación a favor y en contra de los escraches o simplemente oímos una conversación en la cola del mercado. En todos estos contextos no científicos, la discrepancia se radicaliza, las cosas se vuelven binarias, sí o no, blanco o negro, a favor o en contra, verdadero o falso. Una palabra afín a discrepar es discutir,  que tiene dos acepciones (1 “Examinar atenta y particularmente una materia”, 2 “ Contender y alegar razones contra el parecer de alguien”, Diccionario RAE). Curiosamente, en el mundo científico se emplea la primera  cuando en el mundo no científico, sobre todo en países latinos, se tiende a interpretar discutir como una contienda. Los textos científicos, de hecho, incluyen una sección muy importante llamada “Discusión”, en la que se ponderan los resultados con lo encontrado  por otros científicos y se valoran sus alcances y limitaciones, mientras que una “Discusión” es algo indeseable entre vecinos, parejas y políticos según la acepción más popular del término. La línea roja que separa discrepar o discutir en su primera acepción de la idea de pelear por llevar la razón es muy sutil. Podría parecer una frivolidad abordar esta distinción si no fuera porque los efectos de tal sutileza son exactamente antagónicos: mientras lo uno enriquece, lo otro empobrece, ya que lo primero abre nuevas alternativas y lo segundo las reduce de dos a una, la vencedora única de la contienda. No hace falta que recordemos que el mundo no es ni blanco ni negro, y que con frecuencia incluso los grises son insuficientes para describir su complejidad.


Veamos un buen ejemplo de discrepancia científica. Algo tan importante como intrigante y que aún no está del todo resuelto es cómo es posible que la savia ascienda desde las raíces hasta la copa de los árboles, sobre todo en el caso de árboles de muchas decenas de metros donde vencer la fuerza de la gravedad para movilizar toneladas de agua no es en absoluto trivial. Los cálculos de la transpiración de los bosques (la cantidad de agua que pasa del suelo a vapor atmosférico a través de los árboles) tienen implicaciones no solo para entender la ecología y el funcionamiento de los mismos, sino para estimar los balances hídricos de las cuencas hidrográficas, los cuales inciden en el agua disponible para las actividades humanas y para el consumo. A pesar de ello, aun no lo comprendemos bien, y eso que el tema se lleva estudiando mucho tiempo. En 1727 Hales mostró el papel en el transporte de agua y solutos del tejido leñoso de las plantas  llamado xilema y  Dixon y Joly propusieron ya en 1895 que la savia asciende por fenómenos de tensión (se genera una presión negativa al evaporarse el agua en las hojas que produce un gradiente de presiones inverso al de la gravedad entre la copa y la raíz de un árbol) y de cohesión (las fuerzas de atracción entre las moléculas de agua que las mantienen agrupadas). La teoría de la tensión-cohesión recibió críticas, comprobaciones, nuevas críticas y en general décadas de discrepancias porque los experimentos y medidas no encajaban exactamente con las estimas teóricas.


Un capítulo emblemático que ilustra bien la importancia de saber discrepar tuvo lugar a finales de los años 90 en pleno siglo XX cuando el Dr. Melvyn Tyree, responsable de un importante laboratorio de ecofisiología de los servicios forestales norteamericanos realizó una larga estancia en el laboratorio del Dr. Ülrich Zimmerman en la universidad de Würzburg, Alemania. El objetivo era comprobar medidas, contrastar formas de estimar las presiones y tensiones en los vasos conductores de las plantas y explorar juntos las razones de las discrepancias. Zimmerman había cuestionado la teoría dela tensión-cohesión. Tyree había aportado muchas pruebas de que la tensión-cohesión explicaba el movimiento de la savia y en colaboración con Chunfang Wei había encontrado una forma de medir las presiones en el xilema que apoyaba las predicciones de la teoría de la tensión-cohesión. Tras su estancia en Würzburg, Tyre finalizó un  libro con las ideas que ambos discutieron juntos y lo publicó en el 2002 con los nombres de ambos científicos como coautores.  La comunidad científica se enriqueció con esta sensibilidad para discrepar de forma tan fructífera. Sin embargo, dos años después, en el año 2004, Zimmermann y colaboradores publicaron un controvertido artículo de revisión en la revista New Phytologist en el que cuestionaban nuevamente la teoría de la tensión-cohesión. Según ellos, las medidas de tensiones y presiones a lo largo del tronco y las ramas no eran suficientes para explicar el ascenso de la savia y postularon la existencia de toda una serie de procesos más importantes que la tensión-cohesión y que permitirían cuadrar los cálculos. El articulo generó algo más que discrepancias y ese mismo año, nada menos que 45 científicos de diversos países y prestigiosos laboratorios,  incluyendo a Tyree, escribieron a la revista para indicar que el artículo de Zimmermann contradecía el grueso de la evidencia científica y aunque las cuentas no eran exactas y los mecanismos aún no estaban bien comprendidos, la teoría de la tensión-cohesión seguía siendo la que mejor explicaba el ascenso de la savia, más de un siglo después de haber sido propuesta. No obstante, el ascenso de la savia, siglos después de los primeros estudios científicos al respecto, sigue sin estar completamente descifrado.


Como mientras hay dudas, hay debate, el asunto no quedó zanjado con esta carta. Las investigaciones continuaron. Zimmermann continuó aportando datos de que las tensiones negativas no se dan según lo esperado, pero la mayoría de los científicos de esta disciplina se han ido orientando hacia otras cuestiones relacionadas con la estabilidad del agua y la savia cuando la tensión es negativa lo cual lleva a la formación de embolias por cavitación durante la sequía (cuando falta el agua se producen vacíos en los vasos conductores de la savia y se forman “trombos” de aire que impiden el paso de ésta cuando vuelva a haber disponibilidad hídrica). Es indudable que las cuentas para explicar el ascenso de la savia siguen sin resultar cuando se afina el lápiz, sobre todo a partir de los 30 metros de altura, y hay árboles de más de 120 metros de alto. En 2011, por ejemplo, Gouin desarrolló las interacciones líquido-sólido que ocurren a nanoescalas (ultramicroscópicas) y concluyó que podrían explicar al menos parte de lo inexplicable del ascenso de la savia a la copa de los árboles más altos. Zimmermann, después de todo,  podría tener mas razón de la que pensaron aquellos 45 científicos aunque hubieran, y aún persisten, muchas lagunas en su razonamiento, en sus medidas y en sus cálculos. Y es que, a veces, ir contracorriente puede dar buenos frutos en un entorno capaz de recogerlos, en este caso, capaz de discrepar constructivamente.


La ciencia avanza gracias a infinitos refinamientos de teorías groseras y de experimentos muy sencillos. Las discrepancias normalmente  atienden a matices y enfoques, a veces a cuestiones más centrales o generales, pero con frecuencia se mantienen unos acuerdos mínimos de conceptos admitidos así como una base argumental compartida. Discrepar con sutileza es como un buen vino, lleva mucho tiempo aprender a hacerlo bien, pero cuando se prueba ya no se quiere otra cosa. Las discusiones tristemente habituales en las que nos enganchamos para convencer al vecino de tal o cual cosa, acalorándonos y admitiendo de entrada solo dos opciones (convencer o ser convencidos) son como un vino en tetrabrick frente a un Gran Reserva de Ribera de Duero. Cuando uno baja el tono, muestra todas las cartas incluyendo las que no favorecen a su argumentación, y argumenta para aprender y no exclusivamente para convencer, todos los implicados salen ganando sea cual sea el resultado final. No es que todos los debates científicos sean así. Ni mucho menos. Ya hemos insistido en que los científicos no somos de Marte. Existen numerosos ejemplos de científicos enzarzados en debates polarizados y estériles. No en vano a los científicos, como a la mayoría de la gente, nos gusta tener razón por nuestro gran ego irrenunciable. Como en las reuniones de vecinos en las que el que más grita acaba por protagonizar la reunión, los debates más encendidos entre científicos son los que más se recuerdan.  Pero no son los más abundantes ni los que hacen avanzar más la ciencia.


Muchos científicos hemos progresado como tales y también como personas cuando hemos tenido ocasión de participar en debates enriquecedores sobre temas complicados (en realidad, todos los temas son complicados) y por ello vamos buscando ocasiones para ejercitar el músculo del intelecto mediante la discusión constructiva. No es fácil, pero el resultado es tan satisfactorio que todo el que llega a probarlo quiere repetir. Aprendamos a discrepar y vayamos borrando del mapa (al menos del mapa particular de cada uno) a los dirigentes, colegas, vecinos y familiares que sólo ven el mundo en blanco y negro y quieren convencernos de que su color es el correcto


Ver página de la ilustradora Yoana Novoa



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