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El club de los bibliotecarios muertos

La Biblioteca pública de Nueva York es una de las favoritas de los grandes literatos de todo el mundo

Mónica Zas Marcos

Las bibliotecas siempre han tenido ese toque vetusto y místico capaz de inspirar a las mejores mentes de nuestra historia. Son lugares que generan obsesión, con pasillos que resguardan romances, el único lugar donde el papel nunca pasa de moda. El escritor en su paraíso (ed. Periférica) puede considerarse un repaso al 'detrás de las plumas' de los grandes literatos, pero es en verdad una oda compartimentada a las bibliotecas. El filólogo Ángel Esteban ha exprimido en sus casi cuatrocientas páginas el filón que ha sido siempre este espacio para la literatura, el cine e incluso como atrezzo de bar o tienda.

¿Se imagina entrar en la Biblioteca de la Academia Francesa en París y que le atendiese el mismo Charles Perrault? En 1673 eso era posible. Otros 29 escritores internacionales acompañan al artífice de Caperucita Roja en este oficio y beneficio del furor poético. Como escribe Esteban, “hay bibliotecarios que pasan su vida tocando los libros pero sin abrirlos demasiado; en el otro extremo, los hay cuyo puesto de trabajo es una ligera excusa para leer todo lo que cae en sus manos”. Los treinta magníficos de esta lista son de la segunda especie, de aquellos que descubrieron o afianzaron su don en estos paraísos circulares.

Jorge Luis Borges fue el primero en describir las bibliotecas como el paraíso mundano, justo al empezar sus versos del Poema de los dones: “Nadie rebaje a lágrima o reproche/ esta declaración de la maestría/ de Dios, que con magnífica ironía/ me dio a la vez los libros y la noche. De esta ciudad de libros hizo dueños/ a unos ojos sin luz”. El argentino encontró allí su obsesión y un laberinto peligroso que se materializaba en sus recurrentes pesadillas nocturnas, y que inspiraron obras oníricas como El Aleph o El libro de arena.

Las bibliotecas fueron el refugio de muchos de estos escritores, para otros la probeta donde gestar sus ideas revolucionarias y para casi todos el pan que llevar a sus familias y uno de los sueldos de final de mes. Esa es la columna vertebral que sostiene este mosaico de historia y de anécdotas personales.

Y también de desencanto. “Los libros que pudieron ser tachados de diversionismo ideológico desaparecieron de inmediato. Desde luego, también los libros que pudiesen abordar cualquier tema relacionado con las desviaciones sexuales desaparecieron... A los pocos días de aquello decidí que no podía continuar allí”, aseguraba el cubano Reinaldo Arenas en su autobiografía, sobre cómo la Revolución hizo que perdiese el gusto por el rincón que vio nacer a su Celestino antes del alba.

Los países de las Maravillas

A Lewis Carroll se le podía ver a menudo en la biblioteca Christ Church de la Universidad de Oxford resolviendo las dudas a sus alumnos. Y en ese ambiente de mandatario y de famoso profesor conoció a la niña que trasladaría su popularidad mucho más lejos del campus londinense: Alice Lidell. Lo que muchos consideraron -y aún lo hacen- como una conducta inmoral por su supuesta atracción por las niñas impúberes fue el origen de la venerada e imprescindible Alicia en el País de las Maravillas.

Es curioso que estos mundos de fantasía fuesen creados por eruditos de materias científicas, como en el caso de Carroll con las matemáticas, o de los hermanos Grimm con la política y la filología. Jacob y Wilhelm Grimm hicieron también sus pinitos en la biblioteca de la Universidad de Marburgo, pero sus labores de libreros eran más tediosas que inspiradoras. Este trabajo les sirvió de una forma muy funcional para recuperar la literatura popular, que se basaba en las aldeas más pobres y en las familias numerosas, y envolverla con un halo de prestigio. De ahí nació su legado insustituible de cuentos hogareños como Hansel y Gretel o El sastrecillo valiente.

Y así saltamos de los mundos infantiles a las maravillas del erotismo con Giacomo Casanova. La otra faceta más desconocida de este dandy atemporal nos descubre que la seducción no se limita a las artes amatorias, que una obra literaria puede seducir con la misma intensidad. Pocos saben de este donjuan que escribió más de cuarenta obras y fue bibliotecario en Bohemia. Allí decidió escribir la historia de su vida, donde contaba que, además de conquistador, fue espía, violinista, mago, traductor, matemático y cuentista. ¿Realidad o ficción?

Poetas y bibliotecarios, o viceversa

“Conseguí una especie de beca de colaboración en la biblioteca de la Universidad de Maine. Credence Clearwater Revival cantaba Green River y Kenny Rogers seguía con The First Edition. Habían muerto Martin Luther King y Robert Kennedy, pero Janis Joplin, John Lennon y Elvis Presley seguían vivos”. Así recordaba el propio Stephen King sus años mozos como bibliotecario y el nido de amor donde conoció a la que fuese el amor de su vida. Una historia bucólica que dista bastante de su Resplandor, La milla verde o Misery.

Algunos de estos escritores trabajaron mucho en bibliotecas después de abandonar su oficio en ellas, como Mario Vargas Llosa. El autor de La fiesta del Chivo siente predilección por la British Library, la Biblioteca Nacional de París, la Pública de Nueva York y la de la Universidad de Harvard. Pero su primer empleo fue en la Nacional de Perú, que compaginaba con otros seis trabajos para poder llegar a fin de mes. Igual que Rubén Darío, el gran heraldo del modernismo, que irrumpió como niño prodigio en Managua y allí logró su primer empleo fijo en la Biblioteca Nacional. Aunque leían más de lo que trabajaban: 5.000 volúmenes lo atestiguan.

La dama de la lista, Gloria Fuertes, afirmaba en su poema Todo asusta: “Dios me hizo poeta y yo me hice bibliotecaria”. Este empleo le sirvió para reivindicarse en la sociedad franquista y alentar la participación femenina en el snob mundillo literario. También era la flautista de Hamelín de los niños, les regalaba libros y leía cuentos para que a esa sociedad precaria y pobre del futuro no le faltase educación para pelear contra la dictadura. Ella sacó las bibliotecas a la calle y hoy esas bibliotecas han encontrado a la mejor de sus musas.

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