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OPINIÓN
BOTÓN DE ANCLA

España, lololololó

El presidente de la Generalitat, Juanfran Pérez Llorca, en la final del Mundial en Nueva York.
26 de julio de 2026 09:33 h

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El fútbol no me interesa especialmente. Más allá de seguir los resultados, me preocupa tirando a poco. Mejor si ganan los de aquí, pero que el Valencia o el Levante triunfen a la épica o se vayan a casa con un sonoro fracaso ni me alegra ni me fastidia el desayuno. Aun así, tampoco soy de esos cenizos que va despotricando: si al respetable le gusta, que lo disfrute. De hecho, da cierta envidia verlos a todos más contentos que a Zaplana cuando le diagnosticaron la leucemia el día que su equipo firma lo que, en lenguaje deportivo, se llama una gesta. Y ganar el Mundial lo es. Yo llevé a mis hijos a ver la final en una pantalla gigante que había en el parque, y aunque luego me tocó volver a traérmelos a casa, creo que así tendrán el recuerdo de ese día, y, entonces, les contaré que no fue para tanto. Pasa nada, dudo que me hagan caso.

El Mundial es más una metáfora que otra cosa. La zanahoria que nos dan, para que no notemos el palo. Fútbol, cómics, sellos, latas de cerveza… Tener pasiones está bien, y cuanto más absurdas, mejor. Te hace pensar en otra cosa. El problema es cuando se vuelve contra nosotros. Así, olvidamos que la FIFA, como cualquier multinacional, no tiene más patria que el dinero. Que la sede esté en Suiza no es ninguna casualidad. Su capo es Gianni Infantino, que llegó al cargo tras el ya olvidado Fifagate, una trama de sobornos internacional que se llevó por delante a su entonces presidente, Joseph Blatter. Y si se eligió a Infantino como sucesor no sería por honrado, sino porque todos confiaban en que la fiesta continuará.

Luego está la camiseta, que con tanto orgullo van a lucir niños y mayores. A los ganadores (en este caso, España) nos toca pagar un impuesto, porque la anterior ya no vale. Le falta una estrella. La nueva se hará en algún país asiático, porque los niños allí tienen las manos pequeñitas, que tan bien vienen para bordar etiquetas. Cobrarán una miseria, pero si tienen suerte y empiezan cosiendo en un garaje, el límite es el infinito. Bill Gates también empezó en un garaje, y Marta Ortega doblando camisetas. Luego, Adidas pondrá los nikis a la venta por cien euros (un beneficio que no se logra ni vendiendo coca), para los que se las puedan permitir. Luego, como la piscina comunitaria y el adosado, llegará la versión Authentic, pensada para ricos y la clase media aspiracional, que costará 50 euros más. La pagarán los que van sobrados de triunfos para aburrir y los que se crean que eso les acerca más al cielo. Pero, como se sabe, en el cielo no hay nada. El común de los mortales, seguro, optará por la versión mantero. Patriotismo de bandera made in China. En fin, un diezmo que cada uno afrontará como pueda, pero que permite dividir a la afición en seguidores de primera, de segunda y de tercera. Es la grandeza del fútbol, pero en función del bolsillo.

Se supone también que la selección nos hace igual a todos y que a todos nos iguala. No es así. Una cosa es que el equipo sea una piña; otra cosa son los piñones. Lamine Yamal, para algunos no es español independientemente de lo que diga su DNI (se fijan más en el color de la piel). Y no es lo mismo admirar a ese Nico Williams que le dio la medalla a su madre, que vino a España de ilegal —o a esa Edna Imade, que llegó en patera y ahora milita en la selección femenina—; o a Borja Iglesia, que aparcó la Roja en solidaridad con Jenni Hermoso cuando los demás callaron (o hablaron, que fue todavía peor). Por supuesto, no faltan los que prefieren al Ferran Torres, admirador a su vez de alguien tan poco digno de admiración como Ilia Topuria y que, orgulloso, lucía una gorra con la leyenda Make Spain Great Again mientras paseaba la copa por el Madrí de los Austria. Es la opción para los de la pulserita con la rojigualda. Todos, como deportistas, son de aplauso, pero como personas, unos más y otros menos. Y es que hay muchas selecciones, pero están en esta.

Pero para metáforas, las del president Pérez Llorca. Mientras se aclara con el tema de las entradas, dejó, cual Valdano de Finestrat, otra metáfora; otra que bien define lo que es el fútbol hoy en día. “Yo, como una persona normal, me he ido a ver la final […] pagándome de mi bolsillo el viaje”. Que es una persona normal o que lo normal es pagarse cada uno los vicios, eso no se lo discuto. Pero miedo me da su concepto de normalidad. Porque pillar un avión y pasarte tres noches en Nueva York a tutiplén no está al alcance de todos. De los que se benefician de las rebajas fiscales para ricos que promueve el PP sí, pero de los que padecen los recortes en gasto social que eso provoca… a esos no me los veo de escapadita a la Gran Manzana.

Pillar un avión y pasarte tres noches en Nueva York a tutiplén no está al alcance de todos

Y, cómo olvidar la reacción de Argentina. Con conspiración y todo, que no falte el delirio. Empezaron reivindicando las Malvinas y, 24 horas más tarde, la realidad les recordó que les gobierna una banda de piratas que acaba de aprobar una ley que permite vender todos los recursos (incluida la tierra o el agua) a una multinacional. Mejor pensar en fútbol que en la realidad. En el 78, ganaron al ritmo de los cánticos de ‘campeones’ que, en los centros de la ESMA, sonaban más fuertes que los gritos de los torturados. Ahora que han perdido, pataleta. El balompié es así. Puro humo.

En definitiva. Muy bien ganar el Mundial. Todos fuimos uno por una noche, como en Fiesta, la canción de Serrat. Celebró el gol el que defrauda a Hacienda y al que le recortan los derechos sociales; el racista y el inmigrante; el bueno y el malo; el machista y la maltratada; el forestal mal pagado y el que recorta en prevención; el fachapobre y el que le roba la merienda. Pero como la carroza de Cenicienta, la copa no es más que una calabaza. No nos flipemos, lolololó.

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