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Lo invisible

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A veces ocurre. Hay ocasiones especiales en las que se produce la magia y un libro te atrapa tanto que no lo puedes dejar de leer. Bastantes veces ocurre: hay personas que son capaces de sobreponerse después de haber conocido la cara más oscura de la humanidad y hasta de extraer una enseñanza de ello. Y algunas veces, además, seres excepcionales, reconvierten esas negras experiencias en una positiva forma de vida y de ejemplo para el resto.

Estas tres cosas se aúnan en La niña invisible, una novela -la primera pero creo, y espero, que no la última-, de Melisa Ruíz, una mujer que indaga en la esencia y los condicionantes de la feminidad, que un día decidió no aceptar lo que en demasiados ámbitos se consideraba la normalidad: la desigualdad y la violencia contra la mujer desde diversos punto de vista, y quiso investigar en su raíz histórica y en su implantación social y, sobre todo, se decidió a educar para erradicarla.

El grandísimo valor de este relato, contado desde la lúcida mirada de una niña de nueve años y la adolescente en la que se convierte, está en sustentarse en la vida de aquella chiquilla a la que algunos intentaron invisibilizar, la pequeña Melisa que sin duda vive en la Melisa mujer, como todas nuestras infancias residen siempre en nuestro interior por más que las demasiadas veces hagamos o nos hagan por olvidarlas. La autora habla de sí misma, y en el epílogo confiesa de forma tan valiente, hermosa y generosa que te emociona hasta el llanto la terrible parte autobiográfica de la novela. Porque es fácil decir que hay que olvidar, o que hay que perdonar, o que hay que sobrevivir, pero infinitamente más difícil es demostrar con tu propio ejemplo que es posible sufrir y, a pesar de ello, asumir, crecer como persona y mejorar la vida de los que te rodean. Eso es la Resilencia, como muy bien nos explica ella misma.

Melisa Ruíz fue víctima de la violencia que su padre ejercía en el ámbito familiar y de una experiencia terrible que no contaré por no hacer eso que ahora llaman un “spoiler” y, sin embargo, no le queda una secuela traumática de aquel episodio concreto que solemos creer imposible de superar, mientras que sí ha marcado su trayectoria y le ha costado un proceso largo y difícil llegar a sobreponerse a través del perdón, que no del olvido, de la furia verbal, el desprecio continuado y el intento de invisivilizarla que protagonizó su padre, a pesar de que nunca le puso una mano encima.  

Hoy en día, ella es licenciada en Historia y Máster en Género y Políticas de Igualdad, y se dedica a impartir charlas y talleres en colegios e institutos sobre la prevención de la violencia machista. Es, además esposa y madre de dos hijos y me consta, porque conozco a esta excepcional familia, aunque desconocía su historia personal, que conviven en un ambiente de amor, valores y lucha por la igualdad. Y esto es muy importante, porque Melisa podría haber temido compartir su vida con un hombre, podría haberle dado pánico ser madre, visto su ejemplo paternal, o podría haber imitado los patrones de una madre que, como la sociedad muchas veces empuja a hacer a la mujer, acababa consintiendo una relación tan desigual y tan perjudicial para sí y sus hijos. Pero no. Y en eso, como nos cuenta la propia autora, jugó un papel primordial otra parte de su familia, sobre todo sus abuelos y especialmente ese iaio que le hizo ver que otro modelo de hombre existe, el hombre que te ama y que te apoya y te lo demuestra día a día. Como su pareja, como tantos hombres, cada vez más, yo creo que la mayoría, gracias a la tarea de personas como Melisa, que educan en la igualdad.

Esta es otra de las grandes enseñanzas del libro y de la vida de esta escritora novel: el abrazo a la unión, al encuentro entre los géneros desde la generosidad, desde el amor, nunca desde el revanchismo, la venganza o la creación de estereotipos masculinos negativos de los que tanto se quejan, y con razón, hombres que se sienten marcados de antemano como maltratadores, como machistas, por un feminismo muy mal entendido.

Hace poco, en una página de una asociación de madres y padres que administro, compartía la realización de un taller sobre violencia de género de un ayuntamiento. La publicación –que sólo se hacía eco de una actividad que considerábamos educativa- provocó la airada reacción de dos padres –en un caso con cierta violencia verbal y acusaciones como cuánto cobraba la AMPA por publicitar el acto- que se sintieron agredidos y que afirmaban que la violencia no tiene género. Uno de ellos, por lo que pude ver en su perfil, era un padre divorciado al que le habían negado la custodia de sus hijos, y ambos se sentían discriminados como varones y progenitores. Yo me apresuré a aclarar que me sentía consciente de los abusos que en ocasiones se producían, como las denuncias falsas de maltrato, o el hecho de que aún haya una tendencia en determinadas ocasiones a conceder la custodia a la madre por sistema, si bien pienso que se ha avanzado bastante en este sentido con asuntos como la custodia compartida.

Confieso que los reiterados comentarios me hicieron dudar sobre si realmente existía una violencia contra la mujer o habríamos de hablar de violencia a secas. Al margen de los defectos que tenga la ley al respecto y la duda sobre si las medidas preventivas cuando existe una denuncia hacen que en ocasiones resulte perjudicado un inocente que, sin duda, se habría de estudiar y remediar, después de leer este libro y conocer estudios y trabajos que realizan especialistas desde la igualdad, veo muy claro que tanto desde un punto de vista histórico como en la actualidad –más si tenemos en cuenta la realidad de otros países o de movimientos como el fundamentalismo islámico- el machismo es una forma de discriminación muy real que en su faceta más extrema, pero no menos frecuente, genera violencia psicológica y física.

La niña invisible nos trae la memoria de machismos pasados aunque no tan lejanos, como esas víctimas de la guerra civil en el bando perdedor, pateadas hasta el aborto, rapadas, humilladas, asesinadas (como ya expliqué en un artículo sobre las mujeres víctimas del franquismo en la Comunidad Valenciana), o ese patriarcado que parece más light y que no deja de ser igualmente anulante de la posguerra y dictadura; o ese abuso en los patios escolares hacia las niñas con levantamientos de faldas y manoseos forzados de esos primeros años democráticos que todas las que los vivimos en la niñez recordamos, como nos cuenta Melisa, que relata la cierta y hoy incomprensible complicidad de las maestras (en femenino) que lo consideraban juegos infantiles. No hace tanto que Martes y Trece se cachondeaba en prime time a nivel estatal de las mujeres maltratadas, el hoy escandaloso y hasta hace poco risible “mi marido me pega”.

El generoso regalo que nos hace la autora de este libro es abrir su alma para llamar a no callarse, a contarlo y luchar por no dejarse borrar como persona. En la dedicatoria, Melisa desea que nunca nadie invisibilice a sus hijos y que nunca ellos hagan invisible a nadie. En esta hermosa lección y tarea de vida juega un papel primordial la infancia, la educación desde la cuna. “Tu infancia espera bajo los árboles que plantaste para recordarla un día”. Esta frase de Julio Llamazares me sirvió de cita inicial para un relato que escribí hace poco y que tiene mucho que ver con todo esto, cómo la niñez condiciona lo que somos y cómo podemos reencontrarnos y rehacernos a pesar de todos los fantasmas del pasado, recuperando lo más bello.

Igual que nos anima a hacer el Principito, que estos días estrena una magnífica versión en cine que por segunda vez en la semana me arrancó las lágrimas: nunca hay que olvidar a ese niño que llevamos dentro, el niño soñador, amador, luchador, inocente, con los ojos abiertos y la curiosidad intacta. Lo esencial es invisible a los ojos, nos dice el pequeño y entrañable personaje, pero la persona jamás debe ser invisible.

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