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Qué será de nuestros libros, discos y películas si los gigantes se desploman

Para que puedas releer tu libro favorito dentro de diez años - ese 'eBook' que compraste en Amazon -, el 'software' de Kindle tendría que seguir funcionando. No podrías reproducir las canciones que guardas en Spotify o Apple Music si los servidores de estas plataformas dejaran de estar operativos. En el mundo digital, nada es para siempre: un hilo tecnológico invisible une muchos contenidos a sus proveedores.

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El concepto de propiedad en el mundo digital es diferente al del físico

El concepto de propiedad en el mundo digital es diferente al del físico

“iTunes y sus licenciantes se reservan el derecho de cambiar, suspender, suprimir, discontinuar o deshabilitar el acceso al servicio de Apple Music y a los productos de Apple Music, contenidos u otros materiales en cualquier momento y sin preaviso”. Esto es lo que estipula la compañía de la manzana mordida entre el inmenso océano de términos y condiciones de iTunes.

Tienes decenas de canciones guardadas en tu biblioteca de música de iCloud. Bien, pues si un día Apple suspende el servicio porque − pongámonos en lo peor − la empresa desaparece, ¿qué pasaría con ellas? La pregunta también puede plantearse en torno al hipotético cierre de Spotify o Amazon. Si alguno de estos gigantes se desploma, ¿arrastrará  consigo nuestras compras o podremos seguir disfrutándolas?

La respuesta pasa por analizar el cambio de paradigma en el modelo de negocio del entretenimiento que ha facilitado internet. Andy Ramos, abogado especializado en propiedad intelectual y derecho del entretenimiento, explica a HojaDeRouter.com la clave de esta metamorfosis: “Hoy en día, el ocio se concibe más como un servicio que como un producto”.

Hace unos años, la única concepción posible a la hora de comprar música era su adquisición en una tienda física. Te llevabas a casa un soporte tangible que pasaba a ser de tu propiedad. Esta posibilidad no ha desaparecido, pero las plataformas digitales que suministran los mismos materiales ‘online’ han ganado el pulso a los establecimientos tradicionales.

El agotamiento del derecho de distribución te permite revender un soporte físico

El agotamiento del derecho de distribución te permite revender un soporte físico

Una diferencia legal, en el caso de la música, es que no puedes traspasar un archivo digital. “En el mundo analógico, está permitido revender el soporte, un CD o DVD [aunque no las copias]”, indica Ramos, algo que sería ilícito en el caso de un archivo.

“Cuando pagas por un contenido digital, la transacción constituye un híbrido entre la adquisición de un servicio digital [como una suscripción] y una compra física”, detalla. Somos propietarios del archivo, pero solo podremos acceder a él en las condiciones bajo las que se haya puesto a disposición pública.

En este marco, algunos de los contenidos pueden incluir medidas tecnológicas para evitar su copia o reproducción ilegal: se engloban bajo el término gestión digital de derechos o DRM (sus siglas en inglés). Mediante los mecanismos de DRM, los titulares de derechos de autor limitan el uso de obras digitales.

Hay diferentes tipos, aunque los utilizados por la mayoría de plataformas “están configurados para contactar periódicamente con sus servidores para verificar que la obra es legítima y facilitar o restringir el acceso a la misma”, indica Ramos. Pueden hacerlo cada vez que se ejecutan o una vez al mes, por ejemplo. Si estos chivatos tecnológicos no encontraran los servidores porque la empresa hubiera desparecido, la música o la película en cuestión sería irreproducible.

Archivos con cerradura

Si tienes una suscripción de iTunes Match, puedes descargar una copia de todas las canciones que guardas en la 'nube' − tanto los archivos originales subidos desde tu ordenador como los que hayas comprado en la tienda − sin DRM. Apple eliminó los DRM de las descargas de música en iTunes en 2009, y tampoco los utilizan Amazon o Google.

No obstante, Apple Music es un servicio de música en ‘streaming’ que también funciona por suscripción, así que pierdes el derecho a escuchar las canciones si dejas de pagar (o si la marca de la manzana desaparece). Porque esta vez sí, como ocurre con los contenidos de Spotify, la música tiene DRM. “Si no has pagado la cuota, no obtienes la llave para abrir la puerta de ese archivo, por mucho que siga estando en tu móvil u ordenador”, aclara Ramos.

El DRM de Apple, conocido como FairPlay, obliga a que las obras se reproduzcan en iTunes, con una sola cuenta de usuario y en cierto número de dispositivos. Y según han alertado los usuarios de Apple Music, todas las copias que descargues desde la librería en iCloud tendrán este sello, incluso aquellas que hayas subido desde tu ordenador, así que cuidado con borrar las originales.

¿Y si un día tu Kindle dejara de funcionar?

¿Y si un día tu Kindle dejara de funcionar?

Dos ejemplos de los riesgos de los DRM son los de Yahoo Music y MSN Music. En 2008, Yahoo  cerró la plataforma de compra y descarga de música, y con ella los servidores de autenticación de los DRM, no sin antes aconsejar a los usuarios que hicieran una copia de las canciones en un CD. Microsoft hizo lo propio ese mismo año, aunque mantuvo los servidores operativos hasta 2011.

En ambos casos, los clientes que hubieran descargado sus canciones al ordenador y no las hubieran grabado en un CD jamás podrían reproducir su colección en otro equipo (sin licencia ni posibilidad de obtenerla) o incluso la perderían si actualizaban el sistema operativo.

¿Dónde ha ido mi libro?

Por su parte, los libros electrónicos de Amazon también llevan DRM, así que solo pueden ejecutarse con el ‘software’ de Kindle. Para que te hagas una idea del poder que las plataformas siguen tendiendo sobre sus ventas digitales, en 2009, los responsables de la compañía de Jeff Bezos eliminaron remotamente de muchos Kindle los libros ‘1984’ y ‘Rebelión en la Granja’ provistos por una empresa que no poseía los derechos. Pese a ver reembolsado su dinero, a los usuarios no les hizo mucha gracia.

Y lo mismo ocurre con las películas disponibles en la plataforma Instant Video. Tienen que encajar varias piezas para que puedas seguir viéndolas en el futuro: el reproductor debe funcionar, los dispositivos han de ser compatibles con este y el fichero debe permanecer accesible.

“El concepto de propiedad sobre un archivo digital está más diluido que en el caso de un objeto físico”, sentencia Ramos. A Amazon no se le hubiera ocurrido entrar en las casas de sus clientes a quitarles un tomo de la estantería.

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Las imágenes de este reportaje son propiedad, por orden de aparición, de William Brawley Luz y Richard Masoner

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