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El Racing y la inmortalidad

El Racing ha sufrido tanto, ha sobrevivido a tantos palos, que ya ha alcanzado la inmortalidad y su pulso jamás dejará de latir.

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Una imagen de la afición durante un partido del equipo verdiblanco en El Sardinero. | RACING

Una imagen de la afición durante un partido del equipo verdiblanco en El Sardinero. | RACING

El pasado domingo tuve la suerte de volver a los Campos de Sport de El Sardinero; me gusta escribirlo así, a la antigua, con el nombre de aquellos viejos y cercanos terrenos que eran escenario de encuentros deportivos entre caballeros.

Haciendo cálculos, creo que la última vez que había acudido al campo fue para presenciar un partido de Segunda División contra el Guadalajara, un doloroso recuerdo que nos puso ya en la cuesta abajo directa hacia la Segunda B. Tuve varias etapas de socio, la última de las cuales coincidió con el regreso de mi admirado Quique Setién para verle impartir sus últimas lecciones de magisterio futbolístico sobre este césped. Fui fiel durante bastantes años, tanto en Primera como en Segunda, incluso compré algunas acciones que, después de las sucesivas ampliaciones, supongo que ya hoy serán algo así como una millonésima parte de una acción. Después, temas familiares me alejaron del estadio los domingos.

Me alegró mucho volver al campo -aunque vivo ya desde hace algún tiempo en perpetua decepción con el deporte profesional-, porque me permitió recuperar el olor a puro que asocio con un lejano día de mi infancia en el que mi abuelo me llevó a la ya derruida grada de Preferencia de los viejos campos anexos. Como no podía ser de otra manera, aquel primer e infantil bautismo racinguista fue un decepcionante empate contra el Real Oviedo.

Pero les decía que el domingo olía a farias, los niños caminaban de la mano de sus padres cumpliendo el mismo rito iniciático, ondeaban las banderas, se vendían patatas fritas y los seguidores visitantes caminaban desorientados y reconocibles con los colores de su equipo anudados al cuello.

"No son exactamente los colores de guerra, sino más bien el saludo secreto de una hermandad"

Lo mejor vino cuando me acercaba ya a la puerta de acceso a mi localidad y escuché a un señor muy mayor asegurar con toda la fe de su corazón que no moriría con el equipo en la división de bronce. Esa resistencia ciega y senil, esa declaración de principios, esa rebelión final por sostener lo que a uno verdaderamente le importa, volvió a conmoverme y demostrarme que el Racing es inmortal, que está tan grabado en la identidad de los cántabros, que late con el impulso de nuestros propios sueños.

Hace algunos años, en un remoto lugar de Grecia, cuando los paisanos locales me preguntaron por mi procedencia y les dije que era español, ante mi asombro empezaron a hablarme del Racing y de Munitis hasta conseguir que me emocionara.

Algo tiene el fútbol, mucho más allá de su discutible belleza estética, de las pasiones que levanta, de la dulzura del triunfo, de la amargura de la derrota, que adquiere un nivel de comunión primitiva, atávica. No son exactamente los colores de guerra, sino más bien el saludo secreto de una hermandad.

El Racing ha sufrido mucho a lo largo de su historia, ha paseado con frecuencia por el lado oscuro del deporte, por los tribunales, por la humillación, por la burla, por el escarnio, por la ruina. Pero es inmortal. Y su inmortalidad no está en sus gestas, ni en sus hazañas, sino en su propia locura romántica. Da igual que los videomarcadores se caigan a pedazos, que nos juguemos la vida en Mutilvera o en Boiro, que nos olvide la televisión o que se rían en Getafe.

Mientras un niño camine de la mano de su padre hacia el estadio, mientras perdure el humo de un puro que ya nadie fuma o mientras un viejo afronte la cara de la muerte preguntando cómo va el Racing, el futuro está asegurado. Y además, lo mismo que a Rick y a Ilsa… siempre nos quedará París.

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