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El fin del bipartidismo también era esto

Pocos creían que habría terceras elecciones. Ahora es prácticamente seguro que las habrá. Lo que está en duda es qué sucederá antes: que nuestros partidos aprenderán, por fin, a moverse en un panorama de cuatro y añadidos o que volverá el bipartidismo. 

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Rivera iglesias debate salvados

Rivera e Iglesias en el debate de Salvados

El fin del odiado bipartidismo parece que es, por ahora, la única buena noticia de este tiempo político. La irrupción de nuevos partidos con considerable representación parlamentaria hizo caer, por fin, una de las peores características de la política española, a decir de la mayoría de analistas.

Los grandes males del bipartidismo eran tan obvios que ni siquiera hacía falta proclamarlos. De hecho solo preguntar por ellos era ya hacerse sospechoso así que todo quedaba solucionado con una apelación genérica a los innegables males de la política, de la transición, a la corrupción y demás indignidades, todas ellas causadas -faltaría más- por el bipartidismo.

Cada cual podía, por tanto, hacer su propio menú personal de los males del bipartidismo. Me avergüenza un poco que siendo “tantos” y “tan evidentes” se me hayan ocurrido tan pocos, pero humildemente les ofrezco los míos: la tendencia a un reparto invasivo de las instituciones, la pérdida de la pasión política y el distanciamiento del votante, la creación de aparatos poderosos que cierran la puerta a la renovación…el aburrimiento y la falta de tensión informativa (ese dolía sobre todo a los medios) en fin, según los escribo me entran dudas de que se vayan a solucionar así que no sigo.

Destruida bicha semejante, llegaría sin duda el advenimiento de las soluciones imaginativas, de la frescura, la limpieza y la pasión política que despuntaba en columnas, editoriales y barras de bar.

Pero, sobre todo, el nuevo escenario iba a promover la necesidad de acuerdos multilaterales para gobernar, alejadísimos de rodillos parlamentarios o de convalidaciones de mero trámite en las Cortes de los Decretos Ley gubernamentales. La democracia, ahora sí, en acción.

Nadie nos explicó que en un ecosistema muy repartido, cada grupo político ocuparía un espacio menor, más concreto, más definido y más cómodo (para sus militantes) del que no tendría ningún incentivo para moverse.

Nadie nos explicó que en un ecosistema muy repartido, cada grupo político ocuparía un espacio menor, más concreto, más definido y más cómodo (para sus militantes) del que no tendría ningún incentivo para moverse. Todo lo contrario, ya que siempre habría votantes en disputa con los grupos ideológicamente contiguos.

Así, la lealtad a los principios se ha convertido en marchamo de honor para los leales y paradójicamente la necesidad de acuerdos globales choca ahora de lleno con la satisfacción de unos militantes encantados en su nueva, y estrecha, zona de confort. En tales condiciones no es difícil que el arreglo se confunda fácilmente con la traición y, en todo caso, lo que queda claro es que del multipartidismo no han surgido acuerdos automáticamente sino más bien líneas rojas.

Tampoco hay que olvidar que la misma opinión pública que exige a los políticos que cedan y se pongan de acuerdo, machaca sin piedad a aquel que cede (no hay más que ver lo que dicen ahora de Ciudadanos) supongo que todo el mundo debe pensar que acordar es conseguir que “el otro” haga lo que yo digo o que me deje hacer a mí lo que me parezca (tal y como atinadamente plantea Rajoy).

Pocos creían que habría terceras elecciones. Ahora es prácticamente seguro que las habrá. Lo que está en duda es qué sucederá antes: que nuestros partidos aprenderán, por fin, a moverse en un panorama de 4 y añadidos o que volverá el bipartidismo.  Este año perdido podría ser el doloroso principio de un tiempo realmente nuevo o una experiencia fallida no menos dolorosa. Lo iremos viendo en diciembre.

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