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Jesús Sanz Montes, arzobispo de Vetusta

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Oviedo. 1885. Clarín ha publicado la primera parte de La Regenta, que se desarrolla en una ciudad de provincias llamada Vetusta, nombre literario de Oviedo.

Al obispo de la ciudad, Ramón Martínez Vigil, nombrado en el cargo gracias a sus relaciones con el gobierno de Cánovas, no le gusta la novela.

Publica una pastoral atacando al libro y a su autor y propalando el bulo, posteriormente refutado, de que fue distribuida a todos los alumnos de la cátedra de derecho del autor. El libro está “saturado de erotismo”, es “un escarnio a (sic) las prácticas cristianas”, “con alusiones injuriosas a respetabilísimas personas”. Su autor es un “salteador de honras ajenas”.

Para Clarín, “el obispo es un político”. En su pastoral indica que La Regenta conculca la Constitución, un intento de judicializar la novela en contra del autor.

Siglo y medio después la ciudad cuenta con otro arzobispo, Jesús Sanz Montes, quien más que en Oviedo parece vivir en la Vetusta del siglo XIX y añorar la Constitución predemocrática de 1876 que erigía al catolicismo como la religión de la nación.

Monseñor Jesús Sanz comparte con su antiguo compañero el gusto por la religión, la política y la literatura. Cuenta con dos púlpitos, el propio de su condición eclesiástica, donde satisface su primera pasión, y el que le ofrece ABC con sus Terceras, lo que le permite aliviar el afán de sus otros dos entusiasmos.

Allí, en el ejercicio de su libertad de opinión, nuestro político se despacha contra el ecologismo; contra el gobierno “inmoral”, cuyo cambio consideraba “deseable” en las últimas elecciones; contra los indultos o contra una política gubernamental que compara con la de Cuba, Nicaragua, Venezuela, México o Ecuador.

Monseñor celebra la aportación de Trump “para poner la cultura woke en su sitio”. Considera, cariñosamente, dice, que los musulmanes son “moritos” que asesinan a cristianos en sus territorios y que el Valle de los caídos es “ese espacio monástico donde la memoria cristiana reza por la paz mientras pide para todos los caídos el eterno descanso”.

El arzobispo es un político.

Esta Iglesia quiere imponer su dominio en todos los sectores de la vida española (la política, la educación, la prensa, la cultura), invoca al Dios de los ejércitos y pretende avasallar los espíritus y los corazones por la imposición de una moral vacía y de mera fachada. Ha olvidado la vida, la sangre, la sustancia de la verdadera religión.

El párrafo anterior, que no he entrecomillado, no lo escribo yo aludiendo a este obispo, lo escribió Clarín hace un siglo y medio refiriéndose al de entonces. Nada ha cambiado.

Con todo, Clarín tuvo suerte. Consiguió establecer una relación distante, pero cordial con el obispo de la época. Nosotros tendríamos que desplazarnos en el tiempo y en la imaginación a la Vetusta decimonónica para poder hablar el idioma de nuestro eclesiástico político.

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