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¿Es dejar la universidad el nuevo doctorado?

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"College dropouts are the new Ph.Ds" (los que han abandonado la universidad son los nuevos doctores) Supuestamente escuchada en la cumbre de Davos, esta frase ha estado circulando por Internet desde hace unos días.

 

            Es verdad, aunque tópico, que una parte de la élite empresarial, sobre todo en el sector de las aplicaciones tecnológicas, está compuesta por individuos que abandonaron sus estudios académicos antes de graduarse. Hasta hace unos años tales ejemplos eran considerados brillantes excepciones, pero la convicción de que las universidades están dejando de ser el lugar idóneo para investigar y conseguir una formación de calidad está comenzando a convertirse en norma.

 

            Durante poco más de un siglo hemos asistido al enorme éxito de la institucionalización de la investigación científica. Las universidades públicas y privadas, los institutos de investigación, los centros nacionales, las fundaciones y los departamentos de investigación de las empresas (los de verdad, no esas secciones de I+D que camuflan una labor de desarrollo y mejora de productos, imprescindible pero no científica) han promovido y financiado con gran eficacia la obtención y aplicación técnica del conocimiento científico. El mundo en el que vivimos es su resultado hasta el punto de que sería ridículo pararse a dar ejemplos. Asimismo, el número de personas dedicadas a la ciencia y la tecnología en dichas instituciones nunca ha dejado de incrementarse en los último cien años. Y la práctica de la investigación científica, salvo excepciones de confidencialidad gubernamental o empresarial, ha incluído siempre la formación de nuevos científicos.

 

            ¿Qué ha cambiado? Hacer un diagnóstico completo de la situación actual es complicado, pero es posible reconocer algunos síntomas. Es cierto que existe un problema general de financiación, pero no es, ni mucho menos, el factor decisivo. Aunque parece haberse extendido la creencia generalizada de que la crisis actual es una gran estafa o una especie de fenómeno meteorológico ajeno al curso normal de las cosas, lo cierto es que las instituciones que se establecieron al principio de la era moderna ya no son funcionales en el mundo actual. Las universidades han sobrevivido a varias crisis de financiación sin cambiar apenas de estructura, pero esta vez la modificación que parece requerirse va mucho más allá de una simple cuestión de ajustes presupuestarios. Las dudas que se están planteando incluyen aspectos económicos, pero la pregunta esencial es si las universidades continuarán siendo el ecosistema más adecuado para el desarrollo del conocimiento.

 

            Hace un par de años, el neurocientífico Mark Changizi abandonó la universidad para fundar su propia empresa, uno de cuyos objetivos es el desarrollo de investigación básica en su área. Changizi escribió un breve artículo  en el que declaraba que, en su opinión, desde dentro de las instituciones académicas es ya muy difícil proponer auténticos desafíos intelectuales. ¿Es esto cierto en todos los campos del saber? ¿Es posible realizar investigaciones “independientes” de calidad fuera de las instituciones y grandes empresas? ¿En qué áreas? Por el momento, la ciencia experimental básica continúa desarrollándose donde lo venía haciendo. ¿Por cuanto tiempo? ¿Podemos hacer evolucionar las universidades y los centros de investigación existentes, o emergerán nuevas instituciones más adecuadas a la situación actual?

 

            A medida que nos damos cuenta de que la etapa de formación se extiende a lo largo de toda la vida, y de que la mayor parte de esa formación se obtiene de un modo “informal”, las hasta ahora muy exitosas instituciones de educación superior comienzan a no ser tan atractivas, a parecer demasiado caras, a resultar excesivamente rígidas y burocráticas. La ventaja que continúan presentando es la capacidad de aprender durante la obtención de conocimientos en la práctica, pero si esta práctica también puede “informalizarse”, ¿qué podrán ofrecer las universidades en los años futuros? ¿Se podrá evitar su tranformación en centros de certificación profesional para profesiones que se extinguen?

 

No tengo respuesta para estas preguntas, pero ignorarlas no nos va a ser muy útil. En España, prevalecen dos posturas conservadoras respecto al futuro de las universidades: Unos (vagamente “progres”) proponen seguir alimentando al monstruo en la medida de lo posible, mientras que otros (quienes ahora nos gobiernan) parecen preferir dejarlo morir poco a poco de inanición. Lo que sea, menos cambiar. Pero la ciencia está obligada a cuestionar el saber actual, también acerca de como se desarrolla, se financia y se transmite. Quizá quienes se están marchando de las universidades estén comenzando a construír las nuevas estructuras sobre las que crecerá lo que las sustituya. Es lo que suele pasar.

 

 

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