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¿A qué tanta crispación?

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Piscina.

Me hago hoy esa pregunta porque sospecho que tragamos el virus de la crispación,
mutado desde la otra época de la famosa crispación de los ochenta, en el agua que
bebemos y que escasea. Tiene que ser algo que ingerimos todos, sin excepción. El agua del grifo que con esto de que llueve poco, debe estar reconcentrada y lleva algo más que H2O. Lleva crispación.

Nadaba ayer tarde en la piscina, la del gimnasio, nadaba yo estirándome bien para combatir el sedentarismo, por mi lado correspondiente de la calle, por la derecha, puesto que iba y no venía, cuando me topo de frente con una señora que nadaba en sentido contrario y no por su camino, que al estar regresando era el lado izquierdo, su derecho. Pues bien. Aunque la señora no iba por donde debía, le pedí disculpas.

Perdone. Silencio sepulcral.

Continúo mi nado y recibo un lento y acuoso cachete medio en la nalga, medio en el muslo. Anda. Como sea un tío… Pienso. ¡Qué fuerte!

Y, en son de buena voluntad, vuelvo a pedir disculpas. Que digo más “perdones” en la
calle que los domingos en misa.

A lo que me responde la señora masticando cada sílaba: es que me estás viendo.
No deja de asombrarme la especie humana. ¿De verdad que lo primero que piensa
alguien a la que otra nadadora le ha rozado en la calle de principiantes de la piscina es que se le ha echado encima porque sí, pese a estar viéndola? ¿No existe otra razón por la cual alguien ha podido topar con usted, aunque le parezca que la miraba? ¿No cabe una pequeña posibilidad de que esa persona tenga problemas de visión? ¿Y si usted la estaba viendo que hace que no se aparta? ? ¿A qué viene ir tan crispado por la vida? ¿Tan difícil es pensar que esa persona que iba nadando por su lado de la piscina, por cierto, corcho en mano, ha chocado su hombro con el suyo por gusto? Y no pasemos por alto que, a pesar de las disculpas, recibo un tortazo lento y pasmoso por debajo del agua.

No piensen que no respondí a la tipeja. Duró en el agua solo un largo más. Lo que
tardó en llegar al final cabilando supongo, porque me la crucé de nuevo, deshaciéndose en disculpas, que cómo iba a imaginarse que yo no veía. Debió marcharse toda azorada, porque no me la encontré más.

Cordialmente,

Nuria del Saz

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