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OPINIÓN

Desobediencia civil, el último recurso contra el cambio climático

Miles de manifestantes se movilizan en todo el mundo contra las empresas de hidrocarburos más grandes del planeta. Deberíamos darles nuestro apoyo y, de ser posible, unirnos a su causa.

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Activistas de Greenpeace protestan frente a un petrolero cerca de la costa cantábrica.

Activistas de Greenpeace protestan frente a un petrolero cerca de la costa cantábrica. Greenpeace

En este preciso momento, miles de personas están protestando en todo el mundo contra los proyectos de infraestructura de las empresas de hidrocarburos. 

La primera protesta tuvo lugar a principios de mes, con el cierre de la mina de carbón a cielo abierto más importante del Reino Unido, al sur de Gales. El domingo pasado, en Newcastle (Australia), unas 1.000 personas lograron que se cerrara el mayor puerto de exportación de carbón del mundo. No fueron las únicas. En Filipinas, Brasil, Estados Unidos, Nigeria, Alemania y la India, otras medidas de esta clase están teniendo lugar frente a centrales eléctricas, refinerías de petróleo, gasoductos, oleoductos y minas.

Es solo una parte de la escalada de protestas prometida tras el acuerdo de París y constituye el acto de desobediencia civil más grande en la historia del movimiento ecologista. Los gobiernos se habrán puesto de acuerdo en mantener el calentamiento global en 1,5 grados centígrados, pero depende de nosotros que los combustibles fósiles permanezcan donde deben estar: bajo tierra.

La economía de muchos gobiernos aún depende de los combustibles fósiles. No podemos dejar en sus manos los cambios radicales necesarios. En los 21 años que les llevó llegar a un acuerdo (no vinculante e inadecuado), las emisiones de carbono crecieron a toda velocidad. Ahora depende de que nosotros exijamos a los gobiernos que se hagan responsables, que respondan con hechos y no con palabras. Con nuestra desobediencia masiva debemos desafiar la legitimidad de la industria de los combustibles fósiles.

Es injusto que las corporaciones y los gobiernos cometan delitos contra el planeta y la sociedad sin pagar por las consecuencias, mientras que a aquellos que luchan para impedir tales delitos se los castiga, se los asesina y se los encarcela. Pero el número de personas dispuestas a desafiar esta realidad está creciendo. Y si realmente queremos justicia para el medio ambiente, la protesta como herramienta para conseguir este objetivo se tiene que generalizar. Debemos apoyar y no denunciar a aquellos que están dispuestos a poner en riesgo su vida, ya que todos nos beneficiamos con sus actos. No todo el mundo está en posición de ejercer la desobediencia civil, pero todos podemos apoyarla.

Muchos de los cambios necesarios para combatir el cambio climático también implicarían una mejora en la calidad de vida de la mayoría de la gente del planeta. Los cambios van desde permitir que los habitantes de Pekín puedan salir de su casa sin tener que usar máscaras respiratorias hasta la creación de buenas fuentes de trabajo para millones de personas.

Las empresas mineras se defienden argumentando que con sus operaciones generan empleos vitales para la población local. Pero la industria de los combustibles fósiles no puede ofrecer un trabajo estable cuando se está desmoronando (a pesar de que recibe billones en subvenciones que se le están quitando a las renovables). La desinversión masiva, la caída de los precios, el acuerdo global sobre el clima, la creciente resistencia mundial y la cada vez mayor cantidad de pruebas científicas sobre el impacto en el medio ambiente hacen inevitable el fin de la industria de los combustibles fósiles.

Los puestos de trabajo que ofrecen las empresas de hidrocarburos no solo son inestables, sino a menudo peligrosos. El único recuerdo que tengo de mi abuelo minero es el de verlo en cama tosiendo y sufriendo por un dolor en la espalda provocado en la mina. Los efectos de su trabajo perduraron mucho tiempo después de que la mina cerrara y a él lo despidieran: mi abuelo y sus hermanos murieron por una enfermedad respiratoria causada por la inhalación de contaminantes en el aire. Los mismos contaminantes que tienen que respirar las comunidades que, por desgracia, están cerca de un sitio de extracción o de quemado de combustibles fósiles.

La extracción de combustibles fósiles por parte de las empresas también ocasiona que las comunidades locales dependan de un recurso limitado y queden a merced de una corporación cuyo principal objetivo es obtener ganancias. Cuando el petróleo se agota o ya no queda carbón, la empresa se retira del lugar, dejando nada más que pobreza y contaminación. La zona en la que vivía mi familia, una comunidad floreciente cuando abundaba el carbón, ahora es un lugar con una alta tasa de desempleo, deterioro social y pocas oportunidades de progresar.

Las energías renovables no solo pueden ofrecer seguridad laboral con trabajos más duraderos, menos peligrosos y menos dependientes de los distintos sitios de extracción, sino también la oportunidad de que haya participación ciudadana sobre las fuentes de energía y comunidades sustentables. No es difícil elegir entre energía y trabajos no contaminantes, seguros, democráticos y sustentables o energía y trabajos contaminantes, peligrosos y poco democráticos. 

En este momento, tenemos la tecnología para hacer la transición hacia un Reino Unido con cero emisiones de carbono. Pero las barreras no son tecnológicas: son políticas. Para sortearlas, necesitamos reclamar nuestro poder, tanto el que otros ejercen sobre nosotros como el que ya está en nosotros. En 2017 se dice que vence el plazo para llegar al límite de los dos grados centígrados. Este es el momento para actuar. Este tiene que ser el año de la desobediencia climática masiva.

Traducción de Francisco de Zárate

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