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De las cuotas al modelo australiano: ¿hacia dónde va la política migratoria europea?

La UE intenta aplicar ahora a escala continental lo que algunos de sus Estados Miembro llevan años practicando. Y en este campo, el Estado español ha sido laboratorio y alumno aventajado de la Europa Fortaleza

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Imágenes de los últimos saltos a la valla de Melilla. Foto: Robert Bonet

Inmigrantes encaramados a la valla de Melilla acosado por la Policía. ROBERT BONET

Hace ahora justo dos años, mientras cientos de miles de personas llegaban a las fronteras europeas huyendo del hambre, las bombas y el cambio climático, se inauguraba oficial y mediáticamente la conocida y mal llamada “crisis de las personas refugiadas”. En los meses que siguieron asistimos a una esquizofrenia discursiva por parte de las élites europeas. Primero fueron las bonitas promesas de acogida por parte de Juncker y Merkel, seguidas de las insuficientes cuotas de reubicación de las que hoy se cumplen dos años sin que su incumplimiento haya motivado terremoto alguno ni tan siquiera una mínima reflexión, muy contrariamente a lo que ocurre cuando un Estado Miembro se salta el corsé neoliberal del Pacto de Estabilidad y Crecimiento.

Como las palabras por si solas no acogían ni rescataban, la UE, convertida en un proto-Estado fallido incapaz de responder a una crisis migratoria, le pasó la patata caliente a los Estados, que entraron en una carrera por ver quién levantaba el muro más alto. Cuando a Europa le sangraban las fronteras y le brotaban las alambradas por sus cuatro esquinas, el cinismo se volvió insostenible y se cayeron definitivamente las caretas. Al ministro del Interior danés le preguntaron en aquellos días por qué no cedía los pisos de acogida vacíos para resguardar del frío a las familias de solicitantes de asilo que subsistían en tiendas de campaña en parques de Copenhague, y respondió sin tapujos: “porque entonces vendrían más”.

El argumentario debió de circular rápidamente, pues el director de Frontex reconocía poco después en una entrevista que, efectivamente, sus barcos podrían hacer más para evitar tantos naufragios y muertes en el Mediterráneo, pero que entonces “provocarían un efecto llamada para las mafias”. Por si a alguien aún no le quedaba del todo claro, el presidente del Consejo Europeo, el socialista Donald Tusk, sentenciaba a principios de 2016: “refugiados, no vengáis a Europa”.

Para entonces, la Europa Fortaleza ya estaba atada y bien atada sobre tres grandes pilares: estigmatización del “otro”, militarización de los flujos migratorios y externalización de fronteras. El acuerdo de la vergüenza con Turquía solo fue el principio. Luego llegaron otros tantos candidatos a ejercer de gendarme de fronteras a cambio de fondos de cooperación y favores diplomáticos, especialmente los países de origen y tránsito de las personas migrantes (el ambicioso Plan África actualmente en diseño). En este nuevo esquema, aquellas cuotas de reubicación no encajaban. No solo porque nacieran muertas dada la ausencia de compromisos vinculantes y de penalizaciones por incumplimiento, sino porque sencillamente eran y siguen siendo incompatibles con el nuevo plan de la UE para las migraciones. Un plan que está acercando a Europa al modelo australiano.

El modelo australiano, también llamado “la solución del Pacifico”, consiste en la tramitación extraterritorial de las solicitudes de protección internacional en las islas oceánicas de Nauru y de Manus (esta última parte de Papúa Nueva Guinea) a cambio de importantes sumas de dinero por parte de Camberra. Las personas refugiadas y solicitantes de asilo que llegan a Australia por mar son llevadas por la fuerza a lugares remotos, donde soportan condiciones crueles y degradantes, a veces durante años seguidos. En palabras de Lucy Graham, investigadora de Amnistía Internacional, “El gobierno australiano ha creado en Nauru una isla de desesperación para las personas refugiadas y solicitantes de asilo que, sin embargo, es una isla de lucro para empresas que ganan millones de dólares con un sistema tan intrínsecamente cruel y abusivo que constituye tortura”.

De esta forma, el Gobierno australiano se “ahorra” las tensiones electorales y sociales que podría generarle la presencia en su territorio de migrantes en situación irregular y solicitantes de asilo, mientras aleja de las cámaras y de su ámbito de competencia cualquier violación a los Derechos Humanos que puedan sufrir estas personas durante su retención. Hace tiempo que muchos líderes europeos sueñan con hacer en Libia, ese Estado fallido controlado por milicias y señores de la guerra, lo que Australia practica desde hace años en estas islas.

Pero, aunque el modelo australiano parece el horizonte al que se dirige esta Europa de cuotas fracasadas, muchos de los elementos de la actual política migratoria y de fronteras europea tienen una inspiración mucho más cercana. La UE intenta aplicar ahora a escala continental lo que algunos de sus Estados Miembro llevan años practicando. Y en este campo, el Estado español ha sido laboratorio y alumno aventajado de la Europa Fortaleza. En la gestión de la Frontera Sur, los sucesivos gobiernos de Aznar, Zapatero y Rajoy han ido sentando las bases de lo que hoy se cocina en Bruselas. Desde hace años en Ceuta y Melilla se erigen muros y vallas con concertinas, se deporta en caliente, se militariza la frontera, se incumple el derecho internacional, se saturan los Centros de Internamiento para Extranjeros (CIEs) y se subcontrata a los países limítrofes para que violen los Derechos Humanos por nosotros. No por nada, en la costa atlántica de Mauritania, los CIEs pagados con fondos de cooperación europeos se conocen como “guantanamitos españoles”.

En estos dos años la UE ha sido incapaz de hacer cumplir unas cuotas de reubicación que ella misma se auto-asignó. Pero no ha perdido el tiempo mientras tanto. Hoy la política migratoria comunitaria que asoma tiene marca España y vocación australiana. Una mezcla genuina que está conformando una maquinaria de violación de los Derechos Humanos que deja el muro de Trump en México a la altura de cualquier principiante.

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