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Deseos 2014

Que se rompan las patas de todas las sillas que aguantan esos culos tan poco interesados en contribuir a enderezar nuestro rumbo

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La vida es peligrosa. Decía Albert Einstein que lo es, no “por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa”. No me podría hoy identificar más con la frase de alguien que, desde su intelecto superior, es capaz de discurrir algo tan práctico y que nos concierne a todos.

Por eso mi deseo más importante, firme y, diría yo que hasta rugiente, para este año que iniciamos, es que se rompan las patas de todas las sillas que aguantan esos culos tan poco interesados en contribuir a enderezar nuestro rumbo. Un buen golpetazo en el suelo de lo real, y también una huida libre de la mente hacia la utopía de lo posible. Imaginad la tremolina, el sofoco de quienes, de repente, descubrieran que no se puede continuar contemplando la representación mientras se le da al botijo y al abanico, al "a ver cómo termina esto" y al "si no me muevo igual puede que yo no me hunda por la tempestad".

Junto con esta fantasía, quizá no tan irrealizable, que albergo -aunque, indudablemente, muy trabajosa-, y que requeriría, quizá, poner en marcha un sistema de catequesis con visitas intensivas a domicilio calcado, aunque con otros fines, de los Testigos de Jehová, tengo un sueño, mucho menos factible, que me produce, en el duermevela de cada noche, satisfacciones incomparables.

Ya sabéis cómo funciona. Poco antes de caer dormidos, en ese estado de flotación en el que nos contamos historias felices para rendirnos al sobre con placer, y durante el cual asesinamos con impunidad y solemos, en general, poner las cosas en su sitio y repartir mandobles, e incluso hacer vudú, durante esa tranquila transición de lo real a lo inconsciente, suelo desear algo que me parece el colmo del retorcimiento.

Y es que a toda la gente que han sido, que son y serán malos, codiciosos, corruptos, asquerosamente tiránicos, indefendiblemente meapilas, golpistas camuflados, hipócritas y canallas, a todos esos que vosotros y yo conocemos bien, y que sufrimos mucho peor, a todos les crezca súbitamente una conciencia. La conciencia. Y les deseo que pasen el resto de su vida mirándose al espejo y viéndose como realmente son.

Quiero que sepan, y que no se perdonen. Y que ningún dios lo haga.

No ocurrirá nunca, pero me babean las encías al pensarlo.

De cualquier modo, a vosotros os deseo lo mismo que a mí. Salud, felicidad y desobediencia.

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