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Para saber perder hay que saber jugar

¿Qué sería de nuestros dirigentes si hubieran estudiado en el colegio ajedrez en lugar de religión?

La política doméstica en nuestro país ha sido hasta ahora una especie de pelea en el barro. Bienvenida sea la propuesta de introducir el ajedrez en las escuelas: necesitamos educar a las próximas generaciones para que sepan “fracasar” mejor

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El ajedrez

Dos titanes del terror se enfrentan con elegancia (Fotograma de The black cat, 1934)

La primera toma de un extraño film, The black cat, rodado en 1934, muestra en pantalla un primer plano de Béla Lugosi ( Drácula) y Boris Karloff ( Frankenstein) enfrentados cara a cara: 

-¿Estás preparado? -pregunta Karloff.

-Estoy listo -responde Lugosi.

-Entonces, comencemos.

En ese momento los dos hombres comienzan a reír a carcajadas mientras la cámara retrocede y deja ver un tablero de ajedrez entre ambos.

Desde tiempos inmemoriales el juego del ajedrez ha venido siendo el ring elegante donde dos rivales se enfrentan sin perder la compostura. La práctica de este arte, este deporte, este juego conlleva unos beneficios tan evidentes que consigue poner de acuerdo a los enemigos más recalcitrantes. Hace un par de semanas, por primera vez, todos los grupos parlamentarios del Congreso de los Diputados se pusieron de acuerdo en algo: decidieron  por unanimidad proponer la asignatura de ajedrez obligatoria en los colegios públicos. 

Desarrollar hábitos estratégicos y organizativos, pensar lógicamente y a largo plazo, ser pacientes, escuchar al otro, prever las consecuencias de nuestros actos, encajar los fallos y asumirlos son algunos beneficios de la práctica de esta actividad. Pero en España, desde el franquismo, ha sido otra la asignatura privilegiada: la religión, materia obligatoria y evaluable con contenidos dictados por el BOE. 

Imaginemos por un momento que en lugar de religión nuestros políticos hubieran estudiado ajedrez: ¿Qué hubiera sido del pequeño Aznar teniendo que asumir sus limitaciones y su frustración ante unas reglas que tal vez no beneficiaran su juego? (“¿Quién es usted para decirme a mí las copas que me puedo beber?”) ¿Y del pequeño Rajoy teniendo que hacer un movimiento en una posición de Sugzwang? (en ajedrez se denomina así a la situación en la que cualquier alternativa es mala para quien le toque mover) (“La segunda ya tal”). ¿Serían capaces los Pujol de reconocer la existencia de sus piezas en el tablero y la responsabilidad de que sea su propia mano quien las mueva? (“No tenemos ni cinco”) Cuánto tiempo perdido, qué pena que esta propuesta en el Congreso del ajedrez como asignatura obligatoria no se hubiera hecho mucho antes.

Para fomentar su práctica y hacerlo popular el ajedrez necesita dinero, pero muy poco en comparación con otras actividades. Los posibles patrocinadores no son conscientes del potencial comercial y publicitario que podría tener el juego. Que se lo digan a los miles de seguidores del último Campeonato Mundial que disfrutamos con las miradas asesinas del Tigre de Madrás (Vishy Anand) mientras sostenía su tacita de té contra la despreocupación casi ofensiva del atractivo Magnus (¿qué pasará cuando se enamore?). Y no olvidemos a la mítica Judit Polgar, la siempre elegante Alexandra Kosteniuk o la jovencísima campeona del mundo Hou Yifan. Todas personajes por descubrir. Un torneo de ajedrez puede ser igual de emocionante que una telenovela o una saga balzaquiana.

¿Y qué pasa con el mecenazgo en España?, se pregunta Leontxo García. ¿Por qué el tercer hombre más rico del mundo, que casualmente es gallego, no invierte por ejemplo en ajedrez?, me pregunto yo. No hace mucho leí en Vanity Fair un retrato de Marta  Ortega en la que se la tildaba de persona “austera” y “normal”. “Come lo mismo que los demás”, “conduce su propio coche”, “nunca pide bebidas premium”(sic) se decía. Únicamente se apuntaba como una extravagancia haberse casado en un altar diseñado por el influyente escultor Anis Kapoor, cuyas obras se han llegado a valorar en 23 millones de euros. Vaya. No sólo en literatura un solo gesto puede definir a un personaje. 

El ajedrez es un juego extremadamente autocrítico, por eso sería tan útil para formar futuros ciudadanos comprometidos políticamente.  Hay que saber perder, desde reconocer los fallos de organización dentro de un partido o los errores individuales hasta los graves casos de corrupción y especulación que han hundido o desvalijado el país. La vergonzosa actuación de los Pujol-Ferrusola este lunes ante el Parlament catalán, negándose a aclarar las dudas sobre la procedencia de su fortuna ha sido otro ejemplo más de falta de educación cívica. Después, el martes, en el debate sobre el estado de la nación pudimos comprobar una vez más el precario nivel de juego (y no precisamente el del Candy Crush de Villalobos, que también). Al serio discurso de Alberto Garzón Mariano Rajoy respondió con desdén, criticando la corta carrera política de su oponente (¿os imagináis a Kasparov criticando la edad de Carlsen cuando éste le puso en apuros en su primera partida a los trece años?). Finalmente, la réplica del presidente del gobierno a Pedro Sánchez con ese “No vuelva usted aquí a no decir nada” demuestra no ya que el señor Rajoy no sepa perder, sino que no sabe jugar. De manera que bienvenida sea esa propuesta por unanimidad a favor de una asignatura, el ajedrez, que “enseña a aprender”, como dice Miguel Illescas, aunque para algunos ya sea tarde.

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